Hay silencios que alivian, que ordenan el pensamiento, que nos devuelven a nosotros mismos. Y hay otros que pesan como una losa, que esconden, que degradan. En Alacant, estos días, el silencio no ha sido refugio, sino vergüenza. Una vergüenza espesa que compartimos quienes vivimos —o hemos vivido— aquí y conocemos de primera mano lo que cuesta encontrar una vivienda digna, lo que supone compartir piso con sueldos básicos, lo que implica sostener una vida precaria mientras otros parecen jugar con lo público como si fuera un botín. El estallido del caso del residencial de Les Naus ha sido, para muchos, la confirmación de algo que se intuía pero que dolía formular: que la gestión de la vivienda pública puede convertirse en un espacio opaco, donde el silencio no es casual, sino estrategia. Esta semana, el programa Equipo de Investigación, de La Sexta, dedicó un especial al escándalo. Y lo que vimos no fue solo un relato de irregularidades o sospechas: fue una puesta en escena del silencio como forma de poder.
Porque todo empezó, como tantas veces, con una grieta mínima: un mensaje de WhatsApp enviado a una periodista del diario Información, Mercedes Gallego. “¿Sabes algo de las adjudicaciones de Les Naus? ¿Te gusta investigar?”. Una frase casi anodina que, sin embargo, abrió la puerta a tirar del hilo. Y cuando se tira del hilo, a veces lo que aparece no es solo un error administrativo, sino una forma de entender la política: callar, esquivar, resistir hasta que pase la tormenta. El silencio, en este caso, no ha sido ausencia de palabras, sino exceso de cálculo. Se ha convertido en política. En escudo. En una manera de negar a la ciudadanía su derecho más básico: conocer la verdad. Porque cuando un ayuntamiento gestiona recursos públicos, no administra favores ni privilegios; administra derechos. Y el silencio institucional, cuando se enfrenta a preguntas legítimas, es una forma de vulneración.
Lo vimos en las imágenes del programa: responsables públicos evitando a los periodistas, esquivando preguntas incómodas con una mezcla de incomodidad y desdén. La anterior concejala de Urbanismo, responsables de contratación, cargos técnicos… Nombres propios que deberían dar explicaciones y que, en cambio, optan por el mutismo o la huida. Incluso la escena casi grotesca de un arquitecto municipal saliendo apresuradamente del edificio donde trabaja, escapando por la calle como si las preguntas fueran una amenaza. De vergüenza, no hay otra palabra… Esa huida no es anecdótica. Es sintomática. Porque el silencio, cuando se institucionaliza, se convierte en modus operandi. Se trata de dejar que el escándalo se enfríe, que la indignación se diluya, que la memoria colectiva haga su trabajo —ese trabajo tan útil para quienes gobiernan mal— de olvidar. Y entonces, volver a presentarse a las elecciones con la misma sonrisa, con el mismo discurso vacío, confiando en lo fácil que resulta manipular a una ciudadanía cansada.

El silencio es, en este sentido, el arma preferida del mal político. Del que miente, del que oculta, del que protege intereses propios o ajenos a costa del bien común. No hace falta negar abiertamente: basta con no responder, con no explicar, con no asumir responsabilidades. El silencio como táctica. El silencio como desprecio. Pero hay otra forma de silencio que, aunque se produce en un ámbito distinto, comparte la misma raíz de poder y dominación. Es el silencio del maltrato. El silencio con el que los agresores castigan, controlan y anulan a sus víctimas. En la novela Comerás flores (2025), de Lucía Solla, ese silencio aparece como una presencia constante, asfixiante. Una herramienta de humillación y desprecio. “Y que no me gustaba que me dejase de hablar cada vez que se enfadaba”, se desprende de la experiencia de quien ha sobrevivido al maltrato psicológico.
Ese silencio no es vacío: está cargado de intención. Es el silencio que ignora, que invalida, que convierte a la víctima en nada. El silencio de quien se cree superior, de quien ejerce el poder desde la ausencia de palabras. Y, como en la mala política, sus efectos son devastadores: hunde, desgasta, transforma la identidad de quien lo sufre hasta hacerle dudar de sí mismo. La comparación no es caprichosa. En ambos casos —en la gestión pública opaca y en el maltrato psicológico— el silencio funciona como herramienta de dominación. En ambos casos, hay una voluntad de evitar la confrontación con la verdad. En ambos casos, quien calla lo hace para protegerse, no para proteger a otros.
Y, sin embargo, qué distinto es el silencio cuando nace de la elección, del descanso, de la necesidad de parar. Ese silencio que nos permite pensar, respirar, recomponernos. Ese silencio sí es humano, incluso necesario. Pero el otro —el que esconde, el que manipula, el que hiere— es profundamente ruin. Mezquino. Cobarde. Nadie se merece el silencio cuando lo que necesita son explicaciones. Nadie debería tener que convivir con la ausencia de respuestas cuando hay derechos en juego. Ni en la esfera pública ni en la privada. Quien lo aplica —sea un cargo público que rehúye su responsabilidad o un maltratador que ejerce control— no solo es un mal gestor de lo que tiene entre manos: es, sobre todo, una mala persona. Porque al final, todo vuelve al principio. Hay silencios que construyen y silencios que destruyen. Y la ciudadanía merece respuestas, explicaciones, porque de lo contrario, nos sentimos maltratados por quien considera que está por encima del resto de la sociedad. Rompamos, pues, el silencio.













Comentar