Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Palabras

Sionismo

Aveaham Burg. Fotografía de Itzhak Harari. Archivo de la Knesset (Wikimedia).

No hace mucho, tras la última manifestación en Alicante del No a la guerra, recuerdo al término de la marcha una distendida conversación con una persona a la que quiero y admiro. Comentaba dicha persona, sindicalista y mujer por más señas, con algo de dolor y desánimo, su desesperanza por la tibia respuesta ciudadana a las protestas contra la guerra de Irán. Mi respuesta, improvisada, me salió del alma: “Poco te puede extrañar lo de ahora, si como sociedad casi nos hemos limitado a ver por televisión el genocidio de Israel en Gaza…”.

Y es que quizás el problema sea ese. Que llevamos demasiado tiempo limitándonos a ver por las pantallas las cosas que importan. Mirando, paralizados, temerosos, porque seguramente hemos dado por hecho cosas que no eran, no son, exactamente ciertas. Que, otra vez, no acertamos a ver de dónde venía el peligro real. Que Israel no es ya una democracia, si no más bien un estado totalitario hacia fuera que sólo conserva el envoltorio y ciertos formulismo propios de un país que se rige por los derechos y las libertades más esenciales.

Herederos como somos de películas como La lista de Schindler, de autoras como Hannat Arendt y su revolucionaria banalidad del mal, de tantas y tantas obras que nos describieron la gran tragedia sufrida por el pueblo judío en la Alemania nazi ante un mundo que, como ahora, se limitaba a mirar y celebrar la fiesta como fin en sí misma. Y, posiblemente, de tanto mirar nunca entró en nuestra cabeza pensar que los hijos y nietos de quienes sufrieron el Holocausto pudieran un día copiar aquel horror contra sus vecinos, los palestinos, los libaneses, los sirios. Ese no era el plan y ese puede haber sido nuestro gran error de cálculo. En mayor o menor medida, nos hemos resistido, como sociedades avanzadas y democráticas, a pensar que quienes fueron víctimas podrían un día convertirse en los más implacables verdugos contra otros pueblos sin atisbo alguno de misericordia ni piedad.

Hannah Arendt, 1958. Fotografía de Barbara Niggl (Wikimedia).

Pero si el silencio de fuera, el nuestro propio, el de las sociedades occidentales, es, en mayor o menor medida, aterrador y cómplice, casi duele más el de dentro, el de la propia ciudadanía de Israel, el de la comunidad judía internacional con honrosas y rarísimas excepciones. Una de esas escasas voces que se han atrevido a romperlo y hablar alto ha sido la de Avraham Burg. Quien fuera líder del Partido Laborista israelí, presidente del Parlamento y jefe de la Agencia Judía, se atrevió a romper ese sepulcral silencio y declaraba en una reciente entrevista en Eldiario.es que “esta guerra es la misión de vida de Netanyahu, con la que sueña desde hace 34 años”. Y, tras analizar los diferentes factores que, a su juicio, intervienen en la barbarie en marcha, iba mucho más allá y se cuestionaba públicamente por el derecho a existir del propio Estado de Israel, un estado-nación que para él ya ni es democrático, ni tiene futuro. “Tenemos —afirmaba en la citada entrevista— que enfrentar la verdad: Israel, sin un fundamento ético, no tiene justificación para existir”.  

Pero la realidad se impone. Pese a tanta muerte y destrucción, frente a tanto genocidio en marcha, ahí seguimos. Paralizados. Con declaraciones de condena sin casi trascendencia política alguna. Buscando las respuestas que nunca llegarán en las imágenes del horror. Tanto que una postura tibia de denuncia como la del presidente del gobierno de España casi siempre parece una excepción. El genocidio en Gaza, que se ha cobrado la cifra de decenas de miles de víctimas civiles y el silencio, cuando no la complicidad y el aplauso, del resto del mundo, ha llevado a Israel y a su genocida primer ministro Netayahu a creer que puede hacer lo propio en Líbano hoy, quizás en Siria mañana. En eso está sin que suceda nada y de forma indisimulada. La reciente reforma legal que respalda la pena de muerte “solo para los palestinos” es mucho más que un paso en esta deriva totalitaria.

Y quizás, sí, el problema sea ese. Que, de alguna manera, el gran error es que seguimos creyendo que el Israel de hoy en día, mesiánico, sionista, genocida, es, pese a todos los horrores y evidencias, deudo y heredero de aquel pueblo perseguido hasta acabar en las cámaras de gas. Y quizás la única salida, como señala Burg, sea cambiar el punto de mira. Denunciar y empezar a señalar a los culpables de ahora como lo que verdaderamente son. Y, sobre todo, empezar a pedir y exigir a nuestros gobernantes la ruptura total de las relaciones diplomáticas con el Estado sionista de Israel, la ruptura de los tratados comerciales de la UE con el estado sionista, la ruptura y cancelación de todos los convenios y acuerdos deportivos y culturales que permiten a día de hoy la presencia de equipos y representantes israelitas en numerosas competiciones deportivas y festivales que tienen lugar dentro de la Unión Europea. Reconocer, como de alguna manera hace Burg, que el sionismo genocida es la única realidad política hoy en Israel. Y que todo sucede porque estamos, otra vez, inmersos en una nueva banalidad del mal que lo está permitiendo…

Mientras, eso sí, miramos a cada rato la televisión, pedimos que la música y la fiesta no paren de sonar. Y, si acaso, nos limitamos a horrorizarnos y extrañarnos del escaso apoyo activo y en la calle y en la política real al No-a-la-guerra.

Pepe López

Periodista.

2 Comments

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  • Además de los genocidas hay otros asesinos. Este mundo que habitamos está lleno de genocidas y asesinos de todas las especies. Todos ellos repugnantes. Estoy contra todos ellos. Hay que estar contra todos. Contra todo terrorismo; contra los que matan con guerra y contra los que matan sin guerra. Un abrazo.

    • Querido Ramón, un terrorista que mata y asesina es siempre un terrorista que mata y asesina, pero un estado como es el caso de Israel que se reclama a sí mismo como democrático, no debería nunca convertirse en un estado terrorista, que para conseguir sus fines acaba utilizando las mismas armas de destrucción y muerte contra la población y las infraestructuras civiles… si lo piensas bien es una diferencia no menor que nos debería llevar a ser mucho más exigentes con los gobiernos y los estados (Israel, EEUU…) que utilizan armas propias de los terroristas contra civiles inocentes… y la condena, creo, no debería quedar en el mismo punto. Ser equidistantes puede acabar confundiendo nuestros principio… ¿El insufrible terrorismo de ETA legitimaba a los diversos gobiernos a hacer lo mismo que está haciendo Israel en Gaza o Líbano?