Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Palabras

Citas

Pepe López tratando de lograr su cita previa, según Grok.

Conseguir una cita previa en una administración pública o entidad privada, como pueden ser el Ayuntamiento de Alicante, el Instituto Nacional de la Seguridad Social o en tantas grandes empresas privadas, puede resultar una experiencia agotadora. Eso bien que lo sabemos. En afortunada expresión de nuestro más laureado cineasta, Pedro Almodóvar, la necesidad cada vez mayor de tener que hacer estas antesalas administrativas en modo digital puede fácilmente ponerte al-borde-de-un-ataque-de-nervios. Si, además, el personal no es nativo digital, cosa muy habitual si se tienen cumplidos los cincuenta o sesenta años, la cosa entonces puede fácilmente virar a tintes dramáticos que rozan el insulto, el menosprecio y el maltrato más abyecto en muchas de esas ocasiones. Eso, por experiencia propia y cercana, también lo sabemos.

En este terreno es bien seguro que cada uno de nosotros podríamos contar una y mil batallas, episodios incomprensibles de esta nueva forma de maltrato, el digital, como el que —me permitirán— procedo a relatarles. Se trata del intento malogrado de lograr una simple cita previa con algún ser viviente del área de Urbanismo del Ayuntamiento de Alicante. Por razones que no vienen al caso necesitaba conocer el deambular silencioso desde hace casi dos meses de un expediente urbanístico en poder de los servicios técnicos de dicha concejalía. Y, como sé y presumo que sin cita previa en estos tiempos de citas para todo, casi todo resulta imposible, inicio mi intentona en la página web oficial del propio Ayuntamiento.

Ahí, justo en preciso ese instante, empiezas un calvario sin fin. Primero, página web municipal por medio, te ves obligado a hacer frente a una cantidad de información abrumadora, casi insultante. Escroleando —perdonen el palabro— pestaña arriba, pestaña abajo, le pregunto a la asistente virtual de la página en cuestión si era posible acortar la travesía. La respuesta es que ella —la asistente virtual— está tan o más perdida que uno. Todo, y sin resultado positivo alguno, hasta que al final de una larga caminata digital —¡eureka!— logro acceder sin saber cómo ni cuál fue el camino seguido, a una pestaña que parece la puerta de entrada para poner fin a mi desconsuelo: Cita-previa.

Pincho a continuación en los apartados, secciones, pestañas, departamentos correspondientes, etc., sin tener claro si camino o no en buena dirección. Y así, con más paciencia que el santo Job, voy rellenando una y otra vez ficheros interminables de datos que me obligan a buscar números de expedientes, papeles diversos, hasta que, sudoroso, un tanto impaciente ya, y tras unos veinte o treinta minutos de ardua y confusa travesía persiguiendo la ansiada cita previa por las procelosas aguas del mundo digital municipal, me aparece ¡por fin! el desplegable de un calendario donde —en teoría, eso creía— estarían a mi alcance los días y horas con citas disponibles. Pero resulta que tampoco. Que mirado al derecho y al revés, desplegado de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, no hallo cita libre alguna en el referido calendario… Ni en todo el presente mes de abril, ni en mayo, ni en junio, ni explicación que explique el porqué de este ilógico vacío, de este pozo sin fondo.

Mosqueado, casi derrotado ya, a punto de abandonar, como un soldado vencido que tiene que regresar a casa, decido cambiar de táctica. Consigo digitalmente un teléfono del propio Ayuntamiento donde, eso sí, una empleada de paciencia infinita escucha mi desahogo y peripecia y me informa que las citas libres de esta concreta área municipal solo se publicitan los viernes y los lunes a las 24:00h, pero que cierran sus compuertas en cuanto se rellena las de los quince días siguientes, a veces en cuestión de minutos u horas. Le pregunto si ella, ya puestos, me podía dar alguna cita de esas tan preciadas, aunque fuese a dos o tres meses vista. Y tirando de su amabilidad y paciencia me comenta que no, que eso es imposible, que el único camino es cazar al vuelo una de esas apreciadas citas de abrir y cerrar, las de las madrugadas de los viernes y los lunes.

Eso sí —¡gracias mil!— me facilita un teléfono directo (no sé si gratuito o de pago, pero eso ya como que casi no importa). Al bien hallado número llamo no menos de unas diez o doce veces en las horas siguientes sin hallar voz humana alguna al otro lado; también se me facilita una dirección de correo electrónico, a la que, sobrepuesto del esfuerzo, decido enviar un correo explicando el caso, pero a los pocos segundos es nuestro querido gmail quien, amablemente también, me dice que dicho correo no ha-podido-ser-enviado a su destinario(¿?). Y así, hasta hoy, convencido como lo está uno de que las citas previas son solo una excusa que nos alejan del buen gobierno. De que alguien tenga que responder de sus actos.

En otro terreno, pero con la misma careta, muy recientemente se están publicando numerosas informaciones que refieren el gran número de quejas ciudadanas por el mal desempeño (servidor que no funciona, problemas en el inicio de sesión, en la propia navegación…) de la nueva aplicación que la Generalitat Valenciana ha puesto en marcha denominada GVA+Salut como nuevo e infeliz intermediario entre pacientes y Sanidad. El diario Información titulaba así el pasado 2 de abril uno de esos reportajes: Los alicantinos opinan: GVA+Salut, una aplicación que abre la brecha digital. De eso hablamos. De puertas que se cierran, de brechas que se amplían a golpe de clic. Será que la brecha que había les parecía poca cosa.

Llegados aquí, lo cierto es que, producto de esta imparable colonización de lo digital en sustitución de la realidad física, cada vez son más ciudadanos los que tienen —tenemos— la impresión de que las nuevas tecnologías, la propia llamada inteligencia artificial, están siendo usadas y abusadas por las administraciones y las grandes empresas como escudos protectores contra los propios ciudadanos. Y  todo ello sin cortapisas legales que pongan coto a este desenfreno, y que cada vez son —somos— más quienes piensan que estas herramientas son, en realidad, inmensas autopistas imposibles de transitar, que son usadas y potenciadas impunemente como otra forma más de ejercer un poder autoritario de ese que llaman blando.

Que cada vez son más las entidades de todo tipo y condición las que han encontrado en ese mundo de las Apps, de los certificados digitales, de las claves sin fin, del oscuro mundo de la big data, el vellocino de oro para sí y que en contrario convierte a los ciudadanos en clientes, a los clientes en usuarios y a los usuarios en siervos sin derechos, sin caras, ni voces, ni espacios adonde dirigir el malestar y la protesta. ¿Será este el rostro del futuro? ¿Un mundo de citas imposibles? Un mundo sin ojos a los que poder mirar al otro lado para gritar ¡Ya está bien!

Pepe López

Periodista.

Comentar

Click here to post a comment