La historia del arte universal está llena de nombres de creadores expatriados, de artistas desconocidos u olvidados en su país de origen que, sin embargo, alcanzan el éxito fuera de su entorno natural. Ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo en cualquier punto del planeta, pero se da con mayor frecuencia en las sociedades totalitarias, en las que el pensamiento que difiere del patrón oficial es objeto de coerción o castigo. Lo tiene bien sabido el artista errante, ese que vive lejos de su patria, que contra viento y marea se mantiene fiel a su vocación y a su trabajo creativo, que se sacrifica, sufre y, pese a todo, en ocasiones triunfa. Aunque también fracasa. Al principio sueña con no ser olvidado en su tierra, mas luego se conforma con su suerte y, arrojando de sus hombros el fardo de la nostalgia, sigue su camino con la vista puesta en un mundo más ancho.
Casi nunca regresa a su Ítaca natal, entre otras cosas porque la razón que lo hizo abandonarla se hace eternamente larga, más larga que su propia vida. El tiempo, sin embargo, es capaz de obrar milagros y consuma algún que otro retorno, aunque sea in memorian. En cualquier caso, no deja de ser una ironía que, una vez muerto, la vuelta del antiguo paria sea administrada por las autoridades locales según criterios de un momento específico. Se lava lo que se pueda de la imagen del difunto y se recupera parte de la obra “tolerable”. Se oyen frases que hubieran sido insólitas un poco antes: “después de todo, no estaba tan en contra…, si no hubieran sido tan injustos con él…, eran otros tiempos…, las cosas han cambiado mucho en el país”. Y todos tan felices. El daño, sin embargo, ya está hecho. Me refiero al daño infligido al creador y a su propio país, que será siempre difícil de reparar. Bien analizado, nadie podría decir qué se gana con esconder parte de este legado cultural al pueblo, que tendría que ser el primero en disfrutar de él; pero eso parece no importar mucho a los guardianes que velan por la pureza de la ideología nacional.
En este proceso de combustión del patrimonio intelectual del país todo son pérdidas, realmente. Pero, ¿quién pierde más? ¿El artista o el estado totalitario que lo excluye de sus registros? Cierto que hay familias separadas, sueños extraviados, carreras interrumpidas, vidas destrozadas por la frustración, obras que naufragan en la profundidad de las gavetas, ansiedad sin límites, zozobra capaz de consumir la vida de los creadores que vagan como almas en pena por el mundo. Y en muchos casos, olvido; nadie en su patria que los reconozca o los aprecie. Pero hay una pérdida mayor aún, porque es la suma de todas esas pequeñas pérdidas individuales: la que sufre la cultura nacional con la existencia de varias generaciones de artistas desparramados por el mundo, toda una purga genética que muchas veces se lleva una valiosa semilla para que vaya a germinar en otro suelo. Allí dará sus frutos y contribuirá al enriquecimiento material o espiritual de un pueblo que ya no será el pueblo del artista errante. Una enorme cosecha de talento que el país pierde, sin que su receptor natural se entere siquiera de que existe.
Fotografía de www.depositphotos.com.













¡Cuánto dolor crean las sociedades totalitarias y cuánto desperdicio de talentos provocan! Así es, y el mundo está lleno de artistas errantes.