Director de un centro de mayores de Elche, diplomado en Trabajo Social y licenciado en Antropología Social y Cultural acaba de publicar Historias de Aspe cuyos beneficios de venta se destinarán a la Asociación APDA.
En Apda nos encanta nuestro pueblo, nos entusiasma conocer los hechos que suceden y los que sucedieron años atrás; aquellas narraciones que nos cuentan los abuelicos y las abuelicas e, incluso nuestros padres o madres, que recuerdan con anhelo y añoranza, que parecen muy alejadas de nuestro tiempo pero que, sin embargo, no son tan remotas y, ante todo, no debieran ser olvidadas. Estas historias de nuestro pueblo, Aspe, las ha recogido Fernando Davó Urios en un entrañable libro, Historias de Aspe, y en él nos narra un montón de acontecimientos, anécdotas y sucesos que son pura memoria de su gente. Y en Apda hemos tenido el placer de recibirle, de conversar con él y de adentrarnos en su obra y, con ello, de satisfacer nuestra curiosidad por los lances que cuenta.
También hemos podido agradecer a este escritor, director de un centro para mayores de Elche, que los beneficios que se obtengan de la venta del libro sean donados a nuestra asociación.
Apda (Manuel).— ¿Qué te ha motivado a escribir este libro?
Fernando.— Me gusta mucho recordar cómo eran las cosas antes. Y la única manera de que no se olviden es escribirlo o grabarlo. Ahora con un móvil lo grabamos fácilmente. Lo importante es no olvidar lo que había antes. En el libro aparecen imágenes de utensilios que se utilizaban para muchas cosas y cómo han ido evolucionando, desde cosas tan sencillas como una escoba. O cómo ordeñaban las vacas o las ovejas y llenaban las lecheras. Ahora los niños ven la leche embotellada sin saber de dónde procede o ni siquiera han visto una vaca. Los niños se sorprenden de conocer todas estas historias de vida.
Apda (Victoria).— Fernando, me gustaría saber la historia de la tierra blanca.
Fernando.— Es una historia muy interesante. En la zona del instituto nuevo de La Nía, hace unos 50 años más o menos —y más atrás en el tiempo—, la gente excavaba un poco y extraía unos trozos de piedra que llamaban “tierra blanca” y que, realidad, no eran tierra sino trozos de piedra, no muy dura que, al mojarlos con el agua, se deshacían y se usaban como jabón para lavar la lana porque, según cuentan, era lo que mejor la limpiaba. Es que antes no había tantos productos como ahora para limpiar y la gente se arreglaba con lo poco que tenían. Aquella lana de oveja se usaba para rellenar los colchones.

A base de tanto excavar, se formaban cuevas por donde la gente entraba. Y, por otro lado, se echaba también la tierra blanca en un dulce que se hace en Aspe con la uva: el arrope. Así, la uva que no vale se exprime, se obtiene el zumo, se hierve en una olla mucho tiempo y se convierte en un líquido dulce al que, cuando le echaban la tierra blanca a ese mosto, no se ponía ácido.
Apda (David Bravo).— Cuando no existían los hornos de leña, ¿qué había?
Fernando.— Yo creo que esos hornos son los que han existido siempre; lo que no había son los eléctricos ni los de gas. Ten en cuenta que leña siempre ha habido, árboles que se secan ha habido siempre y los hombres primitivos ya la usaban. Afortunadamente aún quedan algunos, cada vez menos, pero aún siguen en funcionamiento porque dan más faena (recoger la leña, no es barata, almacenarla, echarla poco a poco, etc.), pero el pan sabe mucho mejor.
Apda (David Bravo).— Antiguamente había acequias para regar, ¿verdad?
Fernando.— Las acequias se lograban cavando en la tierra y haciendo un surco; se aprovechaba que la tierra estaba blandita y con la azada o la legona iban cavando y poco a poco surgía una zanja. La tierra la repasaban con la azada golpeándola para que se quedase dura y no chupara el agua y así se convertía en acequia. Con los años llegó el cemento y ya se han hecho con este material. Antes había que trabajar más y ahora, a cambio, se pagan los materiales. El trabajo en el campo es muy duro.
Apda (Guillermo).— Me gustaría saber sobre la moneda, sobre la peseta, desde cuándo se empezó a usarla.
Fernando.— No te sé decir muy bien, pero algo más de cien años. Tenéis que pensar que, igual que el euro está compuesto por céntimos (cien) y hay monedas de diez, de veinte, de un euro o de dos, la peseta también estaba formada por céntimos. Había monedas de un céntimo, de cinco o de diez y así hasta completar los cien céntimos que valía una peseta. Luego las cosas han ido costando más y por eso había billetes de mil pesetas o dos mil o cinco mil.
Apda (Guillermo).— Antes no había El Corte Inglés. (Risas)
Fernando.— No, esa fue una de las primeras tiendas grandes que ha habido en España. Cuando yo era pequeño en Aspe no había supermercados; sólo había tiendas pequeñitas y todo se pagaba en pesetas.
Apda (Victoria).— ¿Has escrito algún libro más o este solo?
Fernando.— Escribí uno más hace quince años sobre la repostería, los dulces de Aspe. Se vendieron aquí, en Apda, llegando a venderse más de mil libros y aún hay gente que los sigue pidiendo pero no quedan ejemplares. En ese libro aparecían todos los dulces que se hacen en nuestro pueblo: polvorones, rollicos de mistela, de anís, de vino, las toñas, las monas, las torrijas que comemos el día de la Jira y más.

Apda (Vicente).— La historia de la misa que cuentas en el libro. ¿Es verdad que regalaban un coche?
Fernando.— Ah, sí. Eso fue cuando hicieron la iglesia de la Coca, El Buen Pastor, que era un local muy pequeñito y el cura, para hacerlo más grande, rifaba un Ford Fiesta. Y los niños que hacían la primera comunión allí no cabían y se tenían que ir al horno Pepito que era enorme y allí comulgaban. Es la iglesia que sigue existiendo y ahora ocupa casi una manzana.
También hay una historia muy chula que es la del perro Tarzán que, probablemente, hayáis oído.
Apda (Todos).— Sí, sí, hay una estatua en la Posada.
Fernando.— Por el puente El Baño hay un parque para perros que se llama Parque Tarzán, junto a la estación. Fue un cachorrito que se estaba ahogando en el río y al que rescataron unos niños y cuidaron de él. El perro tenía que ser tan bueno que todo el mundo lo cuidaba en la Plaza Mayor y hasta entraba en la iglesia, iba detrás de los novios cuando había una boda, acompañaba a los niños en los bautizos hasta su casa y se quedaba allí esperando que le echasen algo para comer e, incluso, acompañaba a las familias en los entierros. Muy curiosa la historia. Y hasta aparece en un video.
Apda (Todos).— Hemos cambiado mucho en la sociedad.
Fernando.— Sí, mucho, mucho y en muchas cosas para bien. Como también aquí en APDA ha habido cambios. Yo conocí este centro hace muchos años y vine a hacer un reportaje exactamente donde estamos ahora, en lo que se llamaba el colegio Infanta Elena, que era un colegio muy pequeñito al que venían unos quince alumnos nada más. Estas instalaciones que tenéis no existían; en los colegios éramos por lo menos cuarenta en una clase.
Apda.— Como ves, Fernando, nos gustan las historias y las añoranzas del pasado. Visitamos el museo de la Casa del Cisco todos los años.
Fernando.— Eso está muy bien. Allí encontráis objetos con mucha historia como la balanza romana, algo tan sencillo que se utilizaba para pesar los productos como las naranjas, por ejemplo. Una cesta a cada lado con las naranjas y en la otra unas pesas de distintas medidas que se iban poniendo hasta que la barra se equilibrase. Ahora hay básculas de aguja o digitales.
Apda.— La verdad es que son historias muy interesantes. Te felicitamos por esta obra y te agradecemos mucho que los ingresos por la venta sean donados a nuestra asociación. Y muchas gracias por acompañarnos hoy y contarnos estas bonitas historias de nuestro pueblo.
Fernando.— Lo que más me alegra es que el libro os guste. Gracias a vosotros por la invitación.













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