Sin religión el ser humano corre peligro cierto de animalizarse y por eso creo que se equivocaron todos los filósofos racionalistas que, en los siglos XIX y XX, se empeñaron en matar a Dios e intentar sustituirlo por el superhombre. Casi todo empezó con los filósofos de la Ilustración del siglo XVIII y los políticos laicistas de la Revolución Francesa, que lo mismo cortaban cabezas reales que se las cortaban entre ellos mismos. Libertad, igualdad y fraternidad eran los gritos maravillosos que no todos los pensadores, ni los diversos grupos políticos, entonaban de la misma manera. Eso sí, casi todos los intelectuales tenían en común el anticlericalismo, el odio a la Iglesia.
Es altamente llamativo que un fruto de la Revolución Francesa, Napoleón, tras el descabezamiento de Luis XVI, se convirtiera en emperador y que la ceremonia de su coronación tuviera lugar en la catedral de Notre Dame, acto al que obligaron a asistir al papa Pío VII, un papa cobarde que permitió (dicen algunos historiadores que la cuestión estuvo pactada) que Napoleón le quitara la corona de las manos para autocoronarse.
Napoleón era profundamente anticlerical y utilizó la figura papal para humillar al catolicismo. La catedral parisina, lastimosamente, fue convertida en un almacén general, sobre todo de vino, almacén para abastecer a las tropas del emperador, casi permanentemente metido en campañas de conquista de Europa (España fue una de las víctimas) y parte de África. Lo más parecido a un super Trump en los finales del siglo XVIII y principios del XIX. Los revolucionarios, con el asentimiento de la corte napoleónica, causaron destrozos materiales en Notre Dame, entre otras barbaridades descabezando numerosas esculturas, especialmente las que tenían conexión con la religión.

En la segunda mitad del siglo XIX, Nietzsche y Marx lideraron a los filósofos ateos. El primero sentenció, por medio de su personaje Zaratustra, que “Dios ha muerto”; que Dios había desaparecido de la civilización occidental debido al avance de la ciencia, al triunfo de la razón sobre la fe, una razón capaz de sustituir al ser supremo por el superhombre. El segundo sembró el terror en todos los países donde se implantaron gobiernos comunistas, empezando por Rusia, donde, como ya les conté un día, en 1918, un año escaso tras el triunfo de la revolución, un tribunal juzgó a Dios, lo condenó por genocidio y ordenó su fusilamiento, sentencia que se cumplió con un pelotón de soldados disparando al cielo.
Del siglo XX podría citar, entre otros pensadores ‘ilustres’ que se proclamaron ateos, a uno de los padres del ‘existencialismo’, acaso su figura más destacada, el francés Jean-Paul Sartre, autor, entre otras obras, de El ser y la nada y La náusea. Tuvo enorme éxito y rechazó el Nobel de Literatura en 1964. Consideraba la existencia de Dios como un límite a la libertad humana y a la capacidad del ser para definirse a sí mismo. Aunque tuvo un acercamiento a lo religioso con su obra teatral Bariona, con argumento en torno a la Navidad, mientras estaba preso de los nazis en 1940, en Alemania, su visión del cristianismo era puramente filosófica, con una doctrina que él consideraba una más para la convivencia entre seres humanos. No arrió su ateísmo nunca. Y nunca superó el nihilismo inherente al ateísmo.
No ocurrió lo mismo con el pensador español y político destacado en los años 30 del siglo pasado, Manuel Azaña, que pasó de ministro de la Guerra en el primer Gobierno de la Segunda República a presidente de 1936 a 1939, toda la etapa de la gobernación del Frente Popular. El 13 de octubre de 1931, diputado en las Cortes Constituyentes, pronunció un discurso que tuvo máximo eco en la prensa, hasta el punto de que uno de los más prestigiosos periódicos, El Sol, en su portada abría, a toda página, con su frase más memorable: “España ha dejado de ser católica”. Las Cortes estaban redactando la Constitución, con una ideología muy de izquierdas que no gustó a varios de los intelectuales que habían luchado por el fin de la monarquía y el advenimiento de la república, entre ellos Ortega y Gasset, quien pronunciaría una conferencia criticando la parcialidad izquierdista del texto constitucional que se elaboraba y que él veía excluyente para media España. Su frase lapidaria sería: “No es esto; no es esto”. No le hicieron caso. Las cosas fueron a peor y tras la derrota militar, ya exiliado en Francia, Manuel Azaña, que había sido tildado de cobarde por socialistas y comunistas por ser partidario de negociar una paz con Franco y poner fin a la Guerra Civil, se reconcilió con la Iglesia en su refugio de Montauban, protegido por el Consulado de México. Trabó amistad con el obispo de esa diócesis gala, que también tenía autoridad eclesiástica sobre Lourdes. Murió cristiano y arrepentido de la sangre inocente derramada por milicias, generalmente incontroladas, del Gobierno del Frente Popular y, al final, por los ‘incontrolados’ de la Generalitat de Catalunya con el molt honorable Lluís Companys al frente.

Creer en Dios, es decir no ser ateo, ha sido consustancial a la historia del ser humano. Todas las civilizaciones, por muy antiguas que sean, han tenido dioses. Yo intuyo que en todo ser humano hay un espíritu (lo llamo alma) en el que va grabado el nombre de Dios. Hasta los que disparaban contra Dios lo echaban de menos. O de más. ¿Es ilógico? Yo digo que es perfectamente lógico que algo pueda (incluso deba) no tener principio, porque Él sea el principio. En el principio existía Dios. Dios es el principio. Antes que Él no hubo nada, ni siquiera la nada, porque Él es la existencia misma; su esencia es la existencia porque si siempre existió algo, ese algo es Alguien y es el principio de toda la creación. Él es el creador. No hay otra. Es difícil de entender porque es evidente y lo evidente no precisa demostración. Descartes dijo “cogito, ergo sum” (“pienso, luego existo”). Dios no es pensamiento, Dios es amor y el Big-Bang es una explosión de su amor; eso es la Creación de los Cielos y de la Tierra. Y en la esencia amorosa de Dios abundan, hasta el infinito, la omnisciencia, la omnipresencia y la omnipotencia.
Somos criaturas nacidas del amor de Dios y sabemos por la Biblia que nos hizo libres y que todos los males espirituales nos vienen por el mal uso de la libertad, ese don tan valioso, que deberíamos utilizar para hacer el bien a todo el mundo. No echemos la culpa a Dios de nuestras maldades. Se la echemos, si acaso, por los desastres y desgracias naturales, un seísmo, una avalancha de nieve, un cáncer, un infarto fulminante… Si crees en Dios, incluso en los momentos de las peores desgracias con consecuencias mortales, sábete al fin querido por Dios y estate seguro de que vas al Cielo; recuerda aquellos versos de santa Teresa, “vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero”. En la otra vida vamos a ser bienaventurados por los siglos de los siglos. No pasa nada por vivir unos pocos, o muchos, años menos en este mundo porque nos espera toda una eternidad en el otro. Con Dios se vive y se muere con esperanza, de donde deduzco que ser ateo es tener muy mala suerte en esta vida, sobre todo si has sido una mala persona. Porque si has sido buena persona, igualmente te encontrarás con Él, en su reino, como el buen ladrón, para siempre, por siempre, amén, que quiere decir así sea. Hasta que me llegue el final, estoy seguro de que ni Dios ha muerto (murió Jesucristo y resucitó, que se entere Zaratustra), ni España ha dejado de ser católica, de lo que ya se enteró Azaña.













Querido Ramon Gomez Carrion gracias por tu artículo. Yo tanbien creo como tu.
Un abrazo. Julio Calvet.
Otro abrazo grande.
Me cuesta tener una fe tan firme, pero espero que España no deje de ser católica o no será
La cuestión religiosa es más grave aún porque la ausencia de principios humanos y cristianos se ceba en todo Occidente. Parece que surge una juventud hastiada de tanta basura como les ha inyectado la perversa ideología de género; brotes nuevos esperanzadores. Un poco de luz en el túnel.