Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

De Asimov a Ishiguro: las máquinas como espejo humano

Izda.: Isaac Asimov, fotografía de Phillip Leonian. Dcha.: Kazuo Ishiguro, fotografía de Frankie Fouganthin (Fuente: Wikimedia).

Desde hace más de un siglo, la literatura ha sido uno de los espacios privilegiados donde la humanidad ha proyectado sus miedos, esperanzas y dilemas frente al avance tecnológico. Mucho antes de que la inteligencia artificial (IA) formara parte de nuestro vocabulario cotidiano, los escritores ya se preguntaban qué ocurriría cuando las máquinas no solo ejecutaran órdenes, sino que empezaran a pensar, sentir —o al menos a imitar el sentimiento— y a convivir con nosotros. En ese cruce de caminos entre técnica y ética se juega buena parte de nuestro presente y, sobre todo, de nuestro futuro.

Un punto de partida inevitable es Yo, robot, publicado en 1950 por Isaac Asimov. Esta colección de relatos no es una novela tradicional, sino un mosaico de historias unidas por una idea revolucionaria: las tres leyes de la robótica, diseñadas para garantizar que las máquinas no dañen a los seres humanos. Asimov no presentaba robots monstruosos ni apocalipsis tecnológicos, sino artefactos lógicos, a menudo más coherentes que sus creadores. El conflicto no surgía de la maldad de las máquinas, sino de la ambigüedad humana al programarlas. Ya entonces quedaba claro que el verdadero peligro no residía en la tecnología, sino en el uso —y el abuso— que hacemos de ella.

Setenta años después, la pregunta sigue vigente, pero el contexto ha cambiado radicalmente. Hoy convivimos con algoritmos que recomiendan qué leer, qué ver o incluso qué pensar; con sistemas capaces de escribir textos, diagnosticar enfermedades o generar imágenes indistinguibles de las reales. El desarrollo tecnológico se ha acelerado de forma vertiginosa: si en 1971 el primer microprocesador tenía 2300 transistores, hoy los chips más avanzados superan los 50 000 millones. Internet pasó de ser un proyecto académico en los años noventa a una infraestructura global imprescindible; los teléfonos inteligentes, inexistentes hace dos décadas, concentran ahora más potencia que los ordenadores que llevaron al ser humano a la Luna. En este contexto, la inteligencia artificial no es una promesa futura, sino una realidad cotidiana.

No es casual que, como me comentaba hace un par de años un compañero informático de mi universidad, Gonzalo Cao, gran conocedor de la aplicación de la tecnología al trabajo docente y a la difusión cultural, la aparición de la IA sea la mayor revolución tecnológica desde el correo electrónico. No se trata solo de una herramienta nueva, sino de un cambio profundo en la manera de producir conocimiento, comunicarnos y tomar decisiones. Esta inquietud contemporánea encuentra una expresión literaria delicada y profundamente humana en Klara y el Sol, publicada en 2021 por Kazuo Ishiguro, premio Nobel de Literatura en 2017. La novela nos presenta a Klara, un AA (Amigo Artificial) diseñada para acompañar a niños y adolescentes. Klara observa el mundo con una mezcla de ingenuidad, lógica y devoción, especialmente hacia el Sol, al que atribuye un poder casi sagrado. Su misión es cuidar de Josie, una joven enferma cuya vida corre peligro. La novela plantea una pregunta inquietante: ¿puede una máquina sustituir a un ser humano? En el universo de Ishiguro, la posibilidad de que Klara reemplace a Josie no es solo técnica, sino emocional y moral. ¿Qué define a una persona: su cuerpo, su conciencia, su memoria, el amor que recibe? Ishiguro no responde de forma tajante; prefiere sembrar la duda. Finalmente, Josie sobrevive y no necesita ser sustituida por Klara, pero queda flotando una pregunta perturbadora para el lector: ¿y si la fe de Klara en el Sol —ese astro convertido casi en personaje— fue, de algún modo, la causa de la sanación? La racionalidad científica y la creencia simbólica se entrelazan, recordándonos que no todo puede medirse en términos de eficiencia.

Lo más valioso de Klara y el Sol es la calidez con la que Ishiguro trata a su androide. Su prosa precisa y contenida nos aproxima al “alma” de Klara, si es que tal concepto puede existir en una máquina. Al leerla, muchos prejuicios contra las tecnologías inteligentes se desmoronan, y la sospecha se desplaza hacia otro lugar: el mal uso que los propios humanos podemos hacer de ellas. Por eso, frente a los discursos apocalípticos que anuncian la sustitución del pensamiento y el razonamiento humanos por la IA, conviene reivindicar una mirada más serena. La tecnología ha venido para quedarse, como lo hicieron en su día la escritura, la imprenta o la electricidad. Su finalidad no debería ser reemplazarnos, sino mejorar nuestra calidad de vida, ampliar nuestras capacidades y liberarnos de tareas mecánicas para dedicar más tiempo a lo que nos hace humanos: pensar, crear, cuidar, sentir.

La clave está, pues, en la formación. Formar al ser humano en el uso crítico, ético y responsable de estas herramientas. Depositar en ellas toda la responsabilidad sería nuestro final como especie que piensa y siente. El futuro no debería ser una elección entre humanos o máquinas, sino una alianza consciente entre ambos. Como nos enseñan Asimov e Ishiguro, el problema nunca ha sido la máquina, sino el espejo que nos devuelve de nosotros mismos. Leer Klara y el Sol es, por todo ello, una experiencia profundamente recomendable: no para aprender cómo serán las máquinas del mañana, sino para entender mejor qué tipo de humanidad queremos ser hoy.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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