Opinión

17 colillas

Fotografía: Gábor Andoyi (Fuente: Pixabay).

En 1986, Iberia abrió un vuelo semanal a Nairobi y Johannesburgo desde Madrid. Viajes Ecuador invitó a una docena de empresas a realizar un safari fotográfico en Kenia en colaboración con la línea aérea y otra agencia mayorista para tratar de animar el envío de grupos de incentivos a tan sugerente destino. En nuestra provincia, la invitación se cursó a la Caja Provincial, a la empresa alcoyana Germaine de Capuccini y a la CAAM, entidad que me designó para realizar un viaje que duraría una semana.

El segundo día de estancia atravesábamos el Parque Nacional de Aberdare, cuya extensión debe ser más del doble de la provincia de Alicante; viajábamos en dos furgonetas con techo abierto, lo que nos permitía ponernos de pie y realizar fotos o grabar vídeo asomados al exterior; en un recodo del camino, en una amplia explanada, casi tropezamos con una manada de elefantes, la primera que veíamos, y como es lógico nos afanamos en dirigir nuestros objetivos hacia el grupo animal. Cuando habíamos satisfecho nuestra ansia reportera, la primera furgoneta comenzó a moverse lentamente, mientras la segunda, en la que yo viajaba, se mantenía con el freno puesto; cuando ya nos habíamos separado unos doscientos metros, alguien le dijo al chófer nativo: ¡Let´s go!, pero éste continuó impertérrito y se limitó a señalar una cajita de Kodak que en el movimiento de recambio, con tanto frenesí “fotero” se me había caído fuera del vehículo. Avergonzado, me apeé de la Volkswagen, recogí el cartoncito y tras subirme, el conductor aborigen reinició la marcha.

He recordado este suceso cuando, al ir a tomar un bus urbano, en la avenida de Maisonnave, en la acera de El Corte Inglés, he visto a unos veinte metros como un hombre despreciaba una colilla lanzándola al suelo; y se me ha ocurrido recorrer de esquina a esquina de la manzana para contar las que hubiera. Y he sumado 17 (lo escribo en dígitos numéricos para que se capte mejor), más una media docena delante de la parada, en la calzada. La avenida tiene cinco bloques o manzanas de viviendas y comercios a cada lado, en total como 10 tramos de acera similares al que yo he recorrido; lo que sumaría 170 desperdicios tabaqueros sólo en esta vía, sin contar los existentes por donde no circulan peatones. Son especulaciones, claro, pero sobre un dato cierto comprobado; muchas otras se hacen con menos fundamento.

Pero sigamos imaginando, y pongamos un guardia municipal a recorrer desde la glorieta o plaza de la Estrella a la Cruz de los Caídos o plaza de Calvo Sotelo. ¿No atraparía al menos un diez por ciento de los fumadores en el acto de arrojar al suelo sus desechos? 50 euros de multa por caso harían 850 de ingresos para nuestro Ayuntamiento ¡diariamente…! Claro está que podría proceder como mi castigador keniano y obligar a los infractores a recoger las colillas y hacerlas apagar y depositar en la papelera más cercana. A ver si se avergonzaban, como yo mismo entonces.

Afortunadamente en Maisonnave no es fácil observar ninguna defecación perruna, lo que prolifera en otras zonas de la ciudad, menos comerciales. Y donde también sería más que aconsejable la presencia de la policía local, si no multando, al menos llamando la atención de aquellos dueños de canes que no tienen la prudencia de llevarles allá donde sus detritus ensucien menos, tanto las aceras como a los zapatos de los viandantes que no se percatan de lo que pisan.

No quiero ni pensar cómo me hubiera castigado aquel nativo de haber ido por allí con el perro que tuve y haber permitido que hiciera sus necesidades sin control alguno cerca de los paquidermos. Y sin embargo aprendí la lección.

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Toni Gil

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