Cultura

El mito de don Juan

Don Juan Tenorio, dibujo de José Ángel Albert Boronat.

Una evocación de don Juan Tenorio, ante la representación teatral del inicio de noviembre

Don Juan es un mito universal, si consideramos universo a lo que se llama Europa. La Europa que se va formando lentamente tras la caída del Imperio Romano, pues la figura de don Juan es impensable en la cultura clásica grecorromana, porque el personaje de don Juan solo es posible en la cultura cristiana, aunque con matices. Y es que hay un don Juan del Norte y un don Juan del Sur. El don Juan del Norte es un enamorador exagerado, el don Juan del Sur es un burlador.

Y es el dramaturgo y escritor español, fray Gabriel Téllez, en el siglo XVI, Tirso de Molina, quien fue el creador del impresionante mito literario de don Juan, en su memorable obra teatral El Burlador de Sevilla y Convidado de piedra escrita hacia 1625.

Begoña Alonso nos dice en una introducción a una edición de la obra teatral del Burlador de Tirso de Molina que don Juan se nos presenta como “un seductor y engañador de mujeres”… “que rinde culto a las actitudes caballerescas, al honor y al valor, del que hace alarde”… y para el cual “su objetivo es siempre el mismo, fiel a un único impulso que le hace sentirse libre: a actuar como si las leyes humanas y  divinas no existieran”. Me parece que esta descripción de don Juan y del donjuanismo que nos ofrece dicha autora es totalmente acertada, pues nos define al personaje nacido de la pluma de Tirso de Molina.

El influjo de la figura de don Juan de Tirso de Molina será impresionante, pues tras él, vendrán los donjuanes de Corneille, de Moliére, de Rosimind, de Goldoni, de Puschkin, de Dumas, de Merimée, de Byron… aunque todos esos “donjuanes” inspirados en el Burlador de Tirso, estarán despojados, como nos dice don Federico Carlos Sainz de Robles de un elemento esencial que le impregna el fraile mercedario, “la grave lección moral que se deriva de un prototipo complicado con la teología”.

Don Giovanni

Habrá incluso un mito musical, pues resulta, nada más y nada menos, que el gran genio de la música Wolfang Amadeus Mozart, le compuso una de sus geniales óperas, “Don Giovanni”, que es como una consagración, si estimamos, como creo, que la música es el habla de los cielos. Y así, Mozart diviniza a don Juan, pero no lo explica, o al menos no nos explica la simpatía que despertó en él.

Quien haya estado en Praga, la vieja capital de Bohemia, donde la música y las pequeñas corales se asoman por cada esquina de sus calles, conocerá que uno de los acontecimientos históricos más rememorados es el estreno mundial allí, en octubre de 1787 de la ópera “Don Giovanni”, y en una versión primeria y única, pues después, tras su estreno, y al ser puesta en escena un año después en Viena, fue modificada en más de algún aspecto por su autor, especialmente en su final, pues mientras que en la versión de Praga, la ópera termina con una reunión de todos sus personajes, en el final de la versión de Viena termina con el descenso de “Don Giovanni” a los infiernos. Y así, por los cambios producidos por el genio de Salzburgo, en su segunda versión vienesa, es por lo que en Praga se presume que fue en ella donde se estrenó en una versión irrepetible la ópera en su versión original.

Don Juan es presentado en la ópera de Mozart como un personaje con absoluta falta de conciencia moral. Es un personaje malvado, blasfemo, inaceptable, pero como el personaje de Tirso que inspira el libreto de la ópera, es también un personaje irresistible dentro de un relato ambiguo y complejo. No faltará la invitación a la cena por la estatua del Comendador, padre de la seducida doña Ana y muerto por don Juan cuando quiere vengar su honor por lo hecho a su hija. Y en la versión vienesa no faltará la negativa de don Giovanni a arrepentirse, lo que implicará que la tierra del cementerio se desgarre y que don Juan sea tragado por ella y arrojado a las llamas.

Don Juan y Moliére

El personaje de don Juan también pasó a la comedia del arte, produciendo diversas obras como hemos indicado, entre las que cabe destacar la versión donjuanesca de Jean-Baptite Poquelín, esto es, de Moliére.

Moliére, que vio la luz en el año 1622, en la Francia de Luis XIII, fue un viajero cargado de sus teatros. Es un autor de farsas, en las que predominan los tipos caricaturizados. Y también ambiguos pues se mueven entre lo cómico y la crítica, sea ésta social, política o religiosa. Y es que, como dice Alain Verjat, que fuera profesor agregado de Lengua y Literatura en la Universidad de Bellaterra, en una introducción a una edición de 1981 de las obras de Moliére “Don Juan o el festín de piedra” y “El Tartufo o el impostor” que: “La sociedad francesa de 1660, que nos suelen pintar brillante y equilibrada, encubría detrás de sus elegancias de compromiso, una amplia gama de tensiones, querellas, odios y rencores, ambiciones y fanatismos de todo signo”.

Don Juan es para Moliére un hombre que quisiera creer pero no puede; es un antihéroe, que se define por una sexualidad insaciable, pero siempre huyendo ante el mundo inquietante del más allá: siempre huye, se disfraza y se esconde. Está falto de sentido moral, es ateo y cínico con su destino final.

Destino final del que es irredento: “¡No, no; pase lo que pase nadie podrá decir que soy capaz de arrepentirme!”. Rechaza el último ofrecimiento, y la estatua, cogiéndole de la mano, le arrastra. Y “Hay un gran ruido de truenos y caen rayos sobre don Juan. Se abre la tierra y los abismos. Salen grandes llamaradas del lugar en que se hunde don Juan”.

Y termina el drama con el lamento del Esgranel, criado de don Juan, gritando: “¡Ah, mi soldada! A todos alegra su muerte. Cielo ofendido, leyes violadas, doncellas seducidas, familias deshonradas, padres ultrajados, mujeres maltratadas, maridos coléricos: todos quedan contentos. ¡Yo soy el único desventurado! ¡Mi soldada! ¡Mi soldada!

Ni el gran músico de Salzburgo, ni el gran autor francés, dejan de entender sus obras más que como trasuntos de comedias o tragicomedias, simples espectáculos, sin el trasfondo espiritual que inspiró al Burlador de Tirso de Molina, como hemos dicho el creador del personaje. No olvidemos que Mozart era miembro de la Masonería, -murió componiendo su gran obra funeraria “Música para un funeral masónico”, compuesta para sí mismo-, y que el autor francés era ateo. 

Tirso de Molina

Tirso de Molina (Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).

Tirso de Molina, Fray Gabriel Téllez, nació en 1584 y murió en Almazán en 1648. Es un magnifico poeta, dramaturgo, prosista, erudito y cronista, del que no hay completa constancia documental del lugar de su nacimiento, aunque se le atribuya en Madrid. La partida de bautismo de la Parroquia matritense de San Ginés es incompleta y con tachaduras. Y recordaremos que en aquellos tiempos solo los registros parroquiales podían dar constancia fiel de lo inscrito. Digamos, mejor, más o menos fiel, pues muchas veces sus escribidores, clérigos o laicos a sus órdenes, podían incurrir en omisiones o negligencias, o acaso también en alteraciones provocadas.  

Doña Blanca de los Ríos intentó demostrar, apoyándose en una nota marginal de dicha hoja del bautismo, -nota tachada-, que pudo ser hijo natural del gran Duque de Osuna, lo que justificaría, -de ser así-, que Tirso de Molina se sintiera postergado y pobre, lo que explicaría sus chuflillas sobre la vanidad de la nobleza social:

¿Qué diferencia el cielo hace
decid, encinas y robles
entre villanos y nobles
que tanto los satisface?...
que en el nacer y el morir
unos y otros son iguales

Tirso de Molina ingresó en la Orden de la Merced, estudio en Alcalá de Henares, hizo su aventura de las Américas como muchos españoles de su época, de lo que se cansó pronto, volviendo a Sevilla en 1618, luego pasó por Toledo y Madrid. En 1632 es nombrado Cronista General de la Orden y Definidor de la provincia mercedaria de Castilla, y en septiembre de 1645 fue elegido Comendador o Prelado del Convento mercedario de Soria, donde residió hasta meses antes de su muerte en 1648 en Almazán.

El venerable Fray Manuel Mariano de Ribera, en su obra Milicia Mercedaria, le definió como “escritor insigne, muy fidedigno de su historia, de vasta literatura y de una continua e infatigable aplicación de las letras, a la indagación de la verdad y al trabajo de buscarla”.

Tirso de Molina ha sido reconocido modernamente, como un eminente escritor: Hartzenbusch, Menéndez Pelayo, Agustín Durán, Mesonero Romanos, Alberto Lista, Javier de Burgos, Hurtado y Palencia… poetas y eruditos que, como nos refiere Julián Sanz, en el prólogo de una edición de “El Burlador” de la Biblioteca de Bolsillo de “Miñón” (Valladolid, 1965), todos ellos “han volcado el cántaro de los elogios al referirse a las obras y a los entes creados por Fray Gabriel Téllez, genio asombroso que sobresale en una generación insigne donde el sentido de los adjetivos se anula ante el asombro insuperable de los poetas que la nutren, aún no superados, pese a modas y modos en ningún concepto”.

Gran admirador de Lope de Vega, y continuador de su escuela, con comedias de enredo, dramas de inspiración bíblica y autos sacramentales, su obra alcanza los niveles más brillantes de la dramaturgia barroca del siglo XVII. Yo destacaría cómo cénit de su obra estas tres: El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra, El Condenado por desconfiado, y Don Gil de las Calzas Verdes.

El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra

El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra es, acorde con su tiempo, una comedia barroca, configurada en tres jornadas, coincidiendo cada una con el desarrollo, nudo y desenlace. El drama que construye Tirso de Molina supone la unión de dos elementos tradicionales ya en la época, el seductor y engañador de mujeres y la cena con el difunto. Don Juan es apasionado, temerario y burlador, porque esa condición se superpone a la de seductor, pues seduce a las mujeres con la burla. El don Juan Tenorio de Tirso de Molina no llega nunca a enamorarse. Se queda en “burlador”.

Amparándose en su origen noble, para escapar a la acción de la justicia, afirma, “yo soy noble caballero, cabeza de la familia de los Tenorios antiguos ganadores de Sevilla”, y así, el don Juan de Tirso de Molina, comete las peores fechorías, y tanto seduce a mujeres nobles, como a la Duquesa Isabela en Nápoles, y a doña Ana de Ulloa en Madrid, como a mujeres plebeyas, como son Tisbea, la pescadora, y Aminta, la campesina,  con la que llega a casarse en un matrimonio secreto de palabra.

El don Juan de Tirso de Molina no es ateo ni blasfemo, pero como dice Ramiro de Maeztu en su obra Don Quijote, Don Juan y la Celestina, Ensayos de simpatía, don Juan Tenorio es “de tan desenfrenados apetitos y de resoluciones tan prontas, que el impulso fogoso del placer no le dejará pensar en la expiación tremenda que le aguarda”. O más bien, prefiere ignorarlo. Y así cuando su criado y cómplice Catalinón le advierte de las penas de ultratumba diciéndole: “lo que fingís y engañáis/las mujeres de esta suerte/lo pagaréis con la muerte”, responde con desdén: “¡Qué largo me lo fiais!”.

Conforme a los cánones de la época de Tirso de Molina, don Juan no puede salvarse. Estamos en la Contrarreforma. No hay perdón para él. Tiene que condenarse e ir a parar al infierno, como el don Juan de Mozart y el don Juan de Moliére, con la diferencia que para éstos, no hay cielo, pues no son creyentes, -ironías del pensamiento-: si no hay premio, no hay castigo, pero ambos en sus obras, mandan a sus donjuanes a las llamas infernales.

En Tirso, sí hay creencias, pero no se le permite la salvación cuando al final don Juan demanda el perdón y no se le concede. Don Juan tiene que ir al infierno. Es lo mandado y son los cánones. Al final, en todos, la misma solución.

A mí me parece que el Tenorio de Tirso de Molina lo que quería es burlarse más que de las mujeres seducidas, del pretendiente o pretendientes de las mismas; y así, resulta que del desenlace del drama teatral parece concluirse que Don Juan Tenorio sobra, y hay que deshacerse del mismo. Antes, el Comendador don Gonzalo de Ulloa, padre de doña Ana, lo reta, y don Juan lo mata. Más tarde, don Juan ve lo que ha dejado escrito el Comendador: que después de muerto lo sigue retando, y don Juan lo invita a cenar. Después el Comendador a su vez invita a cenar a don Juan en el lugar donde está su sepulcro. Acude don Juan y el Comendador lo coge de la mano y se lo lleva al fuego eterno. Don Juan pide confesión y el Comendador se lo niega. Al final, muerto el Burlador, todos quedan contentos. Así lo anuncia el Rey que interviene en el acto: “Y agora es bien que se casen todos, pues la causa es muerta, vida de tantos desastres”.  

Se casan. Hasta el marqués de Mota que es otro burlador que ayudó a don Juan a escapar, se casa con su prima doña Ana de Ulloa, cuyo honor tan poco le costó a don Juan mancillar; Octavio se casa con Isabela ; y como dice Batricio: “Y nosotros con las nuestras, porque acabé El Convidado de piedra”. Y culmina el Rey el drama con estas palabras: “Y el sepulcro se traslade/en San Francisco en Madrid,/para memoria más grande”.

El sepulcro del Comendador Don Gonzalo de Ulloa, claro. Y así termina el drama convertido casi en una comedia. Todos contentos, con lo que la trascendencia queda ajena, y resulta un final muy acorde con las comedias tan admiradas por Tirso, de Lope de Vega.

Y se nos queda el personaje de Tirso como un Burlador que se va al Infierno. Pero… ¿Quién fue don Juan? Tan solo un personaje tradicional como se dice, o Tirso de inspiró en algún personaje real.

Don Juan Tenorio

Se ha dicho que el modelo de don Juan que inspiró a Tirso de Molina fue don Miguel de Mañara, el famoso noble sevillano que levantó a sus expensas el Convento de la Caridad de Sevilla, para atender a pobres y desheredados, a enfermos, y a las pobres mujeres descarriadas y sin fortuna; y en cuyo epitafio colocado a la entrada del Convento se lee: “Aquí yacen los restos y cenizas del peor hombre que ha habido en el mundo”.

Don Miguel de Mañara leyendo la regla de la Hermandad de la Santa Caridad, por Juan Valdés Leal, 1681, Colección Hospital de la Caridad (Fuente: Wikipedia).

Bien parece que Mañara en su juventud pudiera cometer algunos excesos, pero su conversión a la caridad y clemencia con la erección del Convento de la Caridad, que incluso engalanó con pinturas encargadas personalmente al eminente pintor Bartolomé Esteban Murillo, no coincide muy bien con la realidad de un burlador, a pesar de lo que dice su epitafio. Incluso debe convenirse que el noble sevillano fue ante todo un místico. Su Santidad el Papa Juan Pablo II otorgó al noble sevillano benefactor el título de Venerable.

Además, es incontestable el hecho de que Tirso de Molina escribió su obra dramática “El Burlador” en 1625, y que don Miguel de Mañara nació en 1627. Por lo que, al ser escrito el drama en aquella fecha, mal pudo servirle de inspiración alguien que todavía no había nacido.

Con mayor fiabilidad el modelo del Tenorio pudiera haber sido el Conde de Villamediana. El eminente hombre de ciencia, médico y escritor, don Gregorio Marañón (1887-1960), escribió con su prosa elegante y expresiva un libro, cuanto menos curioso y entretenido, que tituló Don Juan. Ensayos sobre el origen de la leyenda, dedicado a Enrique Larreta y con prólogo del propio autor fechado en París en enero de 1940.

En realidad se trata de tres ensayos, como su propio título anuncia: Los Misterios de San Plácido, donde nos narra y desarrolla los acontecimientos heréticos de la secta “Los Alumbrados” acaecidos en 1638, en el Convento de San Plácido, que estuvo situado en Madrid hasta 1936 en la calle del Pez esquina con la calle San Roque, y en los que hubo intervención incluida del Conde-Duque de Olivares; Gloria y Miseria del Conde de Villamediana, en quien don Gregorio Marañón ve la referencia del don Juan de Tirso de Molina; y La novia de Don Juan, referida a la reina doña Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV.

El Doctor Marañón basa su idea de que el referente de don Juan de Tirso de Molina puede ser el Conde de Villamediana, concurriendo la circunstancia de que la parte culminante de su vida y de su muerte, ocurre en el año 1622 y que Tirso de Molina escribió su “Burlador” pocos años después, en 1625. Dicho personaje, histórico por supuesto, es un referente de triste destino, del que Tirso de Molina es coetáneo, y que el dramaturgo anduvo cercano a los avatares castellanos de la nobleza.

Y surge la leyenda de Villamediana, de unos supuestos amores del mismo con la Reina doña Isabel de Borbón. Esta leyenda surge a propósito del lema que figuraba en su sombrero: “Son mis amores reales”, que llevaba colocado cundo alanceó toros en la Plaza Mayor de Madrid en una fiesta solemne de la Corte, lo que dio origen a todo tipo de murmuraciones.

Don Juan de Tassis y Peralta, II Conde de Villamediana, nos dice Marañón, es “el tipo perfecto del noble español renacentista, de ingenio excelente, intrépido, lleno de todos los atractivos personales; y fundamentalmente inmoral. Sus contemporáneos coinciden en ponderar su garbo y su belleza física”. Es, además “Hijo de un gran personaje de la Corte, viajó mucho y figuró, casi desde niño en las grandes ceremonias palatinas, en las que asombraba a las gentes por la magnificencia y elegancia de sus atavíos”. Como muchos de los donjuanes, fue un gran jugador, sufrió destierros del Rey, huyó a Italia, vivió un tiempo en Andalucía, fue un poeta lírico admirable y además era muy valiente. “Solía sostener su razón o su capricho con la punta de la espada. Y sobre todo sabía,  como ningún otro cortesano de su tiempo, salir a la plaza, inundada de sol, y a caballo, alancear con arte temerario los terribles toros del Jarama”.

Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, debió ser una mujer muy hermosa, según un retrato de la misma que se conserva en el Museo del Prado de Madrid. En la Corte medra el valido Conde-Duque de Olivares, que lo hace y lo deshace todo. Corrió por los mentideros los supuestos amores de Villamediana y la Reina. Nada hay probado de ello, pero circuló una décima, atribuida bien a Góngora, o a Lope o a Quevedo, que comienza diciendo: “Mentidero de Madrid,/decidme ¿Quién mató al Conde?/”, y termina “La verdad del caso ha sido/que el matador fue Bellido./Y el impulso soberano/”.

Y es que a los pocos días de la fiesta cortesana en que Villamediana alanceó toros en presencia de los reyes, al doblar su carroza una esquina de la calle Mayor de Madrid, un asesino comprado, -un sicario-, le asestó un ballestazo, causándole la muerte.

Escena de don Juan Tenorio (Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).

La verdad es que hay elementos bastantes para abonar la tesis de que el Conde de Villamediana pudiera servir a Tirso de Molina como referencia y modelo para la creación de su don Juan Tenorio, y máxime si se tiene en cuenta, cómo afirma el historiador don José Deleito y Piñuela en su libro publicado en 1906, La Mala Vida en la España de Felipe IV, que la inmoralidad, “se manifiesta en todos los órdenes por una escandalosa corrupción de costumbres”, donde personajes como el Conde no dejaron de abundar.

Dejémoslo así, sin hacer otras suposiciones. Tirso de Molina anduvo cerca de tales ambientes y de personajes como Villamediana, que pudo ser el ejemplo para crear al inmortal don Juan Tenorio, como nos propone don Gregorio Marañón.

Sólo nos queda un reproche: el propio Tirso de Molina pone en el título del drama “El Burlador de Sevilla”, y Villamediana es de Castilla; y que el autor identifica a Don Juan, como “Cabeza de la familia de los Tenorios, antiguos ganadores de Sevilla”, y lo cierto es que Tirso de Molina, a la vuelta de las Américas, pasó por Sevilla. ¿Pudo ser pues otro personaje el inspirador de don Juan Tenorio?

El convidado de piedra

Y junto al “Burlador” y como corresponsable del mismo en toda la aventura está “El Convidado de Piedra”, tal y como el propio título del drama nos anuncia. La invitación de un cadáver a la cena es el momento álgido del drama de don Juan Tenorio, y esta circunstancia, es fruto de una tradición oral; una leyenda que corre desde antiguo por los campos de Castilla.

Menéndez Pidal, en su estudio literario Sobre los orígenes del Convidado de Piedra, nos trae un “Romance oído en Riaza”, (Segovia), donde nos dice:

Un día muy señalado
fue un caballero a una iglesia
y se vino a arrodillar
junto a un difunto de piedra.
Tirándole de las barbas estas palabras dijera:
¡Oh, buen viejo venerable, quién algún día os dijera que con estas mismas manos tentara a tu barba mengua!
Para la noche que viene
yo te convido a una cena.
Pero me dirás que no
que la barriga está llena,
la tienes angosta y larga,
no te cabe nada en ella…

El espectro se presentará en la casa del caballero, para después invitarle a otra cena en la iglesia, y:

A eso del anochecer
fue el caballero a la iglesia; viera pala y azadón
y una sepultura abierta.

Al caballero al momento se le “hiela el corazón” y el romance acaba con la advertencia del difunto al decirle:

Otra vez no hagas burla de los que están muertos
Rezarlos y encomendarlos y rogar a Dios por ellos, esto se debe hacer, y te sirva de escarmiento.

Está claro que, de esta tradición oral, Tirso de Molina tomaría el punto de partida del mito dramático de don Juan Tenorio. La cena con el difunto, “El Convidado de Piedra”.

Y El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra, será así el título del drama creado por Tirso de Molina.

José Zorrilla

No importará que el paso de los años, más de doscientos años y del barroco al romanticismo nos regrese el personaje del Burlador, ahora como Don Juan Tenorio. Drama religioso-fantástico en dos partes, de la mano de don José Zorrilla. Y no faltará aquí tampoco el Convidado de Piedra.

Fuente: Biblioteca digital de Castilla y León (https://bibliotecadigital.jcyl.e).

Don José de Zorrilla y Moral, nacido en 1818 en Valladolid es uno de los grandes poetas del Romanticismo, que se nos aparece no solo como un movimiento literario pues alcanzó también a la escultura, a la pintura y a la música.

Hijo de un alto funcionario, abandona sus estudios y su casa paterna para conquistar la gloria literaria. En Madrid, tras un tiempo sin conseguirlo y pasar no pocas penalidades, tiene la gran ocasión estelar el día 15 de febrero de 1837 cuando ante un nutrido grupo de escritores reunidos en el cementerio madrileño “del Norte” y delante del féretro de Mariano José de Larra, que se había quitado la vida dos días antes, declamó el famoso poema que comienza con los conocidos de versos de: “Este vago clamor que rasga el viento…”. Como nos dice don Federico Carlos Sainz de Robles, a pesar de ser un poema “con abundantes ripios y hasta adjetivos ofensivos para el desdichado escritor… fue tal el agrado de la concurrencia que allí mismo, sin cerrar aún el ataúd recibió centenares de plácemes y ofrecimientos de amistad y ayuda”.

Y así, la fama alcanzada por ese momento triunfal se tradujo para Zorrilla en colaboraciones en publicaciones literarias como El Español, El Porvenir, el Semanario Pintoresco Español y otros. Casó con doña Matilde Florentina O´Reilly, una viuda rica que le duplicaba en edad, cuyo matrimonio acabó en separación, tras grandes disputas.

Marchó a París, y a la muerte de su padre, se fue a México donde encontró protección en el Emperador Maximiliano I, quien le nombró bibliotecario. Fusilado el Emperador, volvió a Madrid donde fue recibido apoteósicamente. Habiendo fallecido su primera mujer, contrajo nuevo matrimonio con doña Juana Pacheco, mujer buena y abnegada, que vivió con él hasta su muerte. Fue condecorado con la Cruz de Carlos III, fue nombrado Cronista de Valladolid, fue nombrado miembro de la Real Academia Española, y en 1889 es coronado en Granada solemne y públicamente como poeta nacional.

Económicamente su vida fue un fracaso. Vendió en su día los derechos de su obra Don Juan Tenorio, y a pesar de reclamar parte de los derechos que el drama otorgaba a sus propietarios, al ser cada vez mayor el éxito de la obra no consiguió recuperarlos. Tras muchos avatares en 1886, se aprobó por las Cámaras concederle una pensión. Don José de Zorrilla murió en Madrid en 1893, a la edad de 75 años en un modesto piso de la calle Santa Teresa. Su entierro fue multitudinario y sus restos reposan en el panteón de vallisoletanos ilustres, en el cementerio del Carmen de dicha capital.

En 1844, escribió su inmortal obra Don Juan Tenorio, por encargo de Carlos Latorre, notable artista especializado en tragedias clásicas, quien le pidió que le escribiera una obra de teatro dramática; y se dice que don José de Zorrilla la escribió en 21 días, siendo estrenada el 28 de marzo de 1844 en el Teatro de la Cruz de Madrid.

Su título completo es Don Juan Tenorio. Drama religioso-fantástico en dos partes. Está dedicado a don Francisco Luis de Vallejo, “en prenda de buena memoria”. Esta dedicatoria tiene su origen en la protección que le dispensó al padre de Zorrilla y a toda su familia cuando fue desterrado a la ciudad burgalesa de Lerma a la muerte de Fernando VII, por ser absolutista, y don Francisco Luis de Vallejo, corregidor de dicho municipio le amparó. Cómo escribió Zorrilla a un amigo a propósito de la dedicatoria, “es lo menos que puedo hacer en nombre mío y de mi padre debo a la memoria de un amigo leal y del caballero amparador”.   

Don Juan, ¿de José Zorrilla o de Tirso de Molina?

Vaya por delante que, para mí, el “Tenorio” de Zorrilla, es el gran y mejor Tenorio, superior a todos los anteriores mencionados y a los sin mencionar. Y no me refiero especialmente a la rotundidad de sus rimas y versificación, pues en ocasiones el poeta incurre en rutilantes ripios, sino porque el personaje de don Juan adquiere ahora unos matices nuevos. El don Juan de Zorrilla nos llama a la trascendencia.

Ciertamente, el personaje de la obra de don José Zorrilla sigue los mismos derroteros que el don Juan de Tirso de Molina, pero aquél, a diferencia de éste, es más humano, más completo, más satisfactorio. El don Juan de Tirso de Molina es exclusivamente un burlador, y el don Juan de Zorrilla es también un sentimiento.

Don Juan Tenorio es también para Zorrilla un bravucón en los primeros actos. Basta escuchar su primera frase en la Hostería del Laurel:

¡Cuán gritan esos malditos
pero mal rayo me parta
si en acabando esta carta
no pagan caros sus gritos!

Luego don Juan es un ferviente enamorado al conocer a doña Inés. Finalmente, don Juan es un desesperado al perderla.

Esta es la primera y gran diferencia entre ambos donjuanes: el don Juan de Tirso no llega nunca a enamorarse; el don Juan de Zorrilla finalmente se enamora de doña Inés desesperadamente. Y don Juan es salvado por doña Inés del castigo de los infiernos en un acto de amor más allá de la vida. Esta es la importancia y trascendencia del don Juan de don José Zorrilla, porque el gran personaje del Tenorio creado por él es doña Inés, doña Inés de Ulloa.

Doña Inés

El propio Zorrilla lo reconoció en sus Recuerdos del tiempo viejo cuando nos dice: “Yo tengo orgullo de ser el creador de doña Inés y pena de no haber creado a don Juan. El pueblo aplaude a éste y le ríe sus gracias, como su familia aplaudiría a un calavera mal criado; pero aplaude a doña Inés porque ve tras ella un destello de la doble luz que Dios ha encendido en el alma del poeta: la inteligencia y la fe. Don Juan desatina siempre; doña Inés encauza siempre las escenas que el desborda”.

Escena de don Juan Tenorio (Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).

Ismael López Marín, en un Prólogo a una edición del Don Juan Tenorio, nos define a Doña Inés de Ulloa diciendo que “es un ejemplo de virtudes… La dama ha vivido enclaustrada toda su vida en un convento de las monjas de la Orden de Calatrava y no ha conocido allí los sinsabores de la vida humana ni del amor mundano, pues ha estado imbuida de la contemplación divina y del amor a Dios”.

Y, claro, a mí me parece que conocer a don Juan, es para doña Inés como un cataclismo espiritual, casi, casi, una “locura de amor”.

El propio Don Juan, en la carta que le escribe y que le entrega a través de Brígida, la retrata así después de decirle: “Doña Inés del alma mía”: “Luz de donde el sol la toma, hermosísima paloma/ privada de libertad”.

La obra de Zorrilla está dividida en “Dos Partes”, como anuncia en su título.

La primera parte abarca desde su reto con don Luis Mejía en el Hostal de Butarelli hasta su huida a bordo del “bergantín calabrés” al presentarse la justicia en su búsqueda por los crímenes y rapto producidos.

Se ha hablado de la cuestión del tiempo que preocupó a Zorrilla al componer su obra. Es una obra especialmente acelerada, tanto en la Primera como en la Segunda parte.

Todos los acontecimientos que suceden en la Primera Parte ocurren en una sola noche, cosa imposible temporalmente: desde las 8 de la tarde en la Hostería hasta poco antes de acabar la noche. El propio Zorrilla en sus Recuerdos del tiempo viejo, reconoce la imposibilidad de que en tan corto espacio de tiempo ocurrieran tantas cosas. Lo mismo sucede en la Segunda Parte, cuando cinco años después, don Juan regresa a España y llega al panteón familiar construido sobre el solar que dejó el derribo de la quinta palaciega. Así, se ha dicho, que el drama está dividido en dos noches: la noche de Carnaval en la primera parte, y la noche de San Juan en la segunda parte.

En la Primera Parte, concurren en el don Juan de Zorrilla todos los elementos del drama romántico: el carnaval -fiesta siempre envuelta en el misterio de la máscara-; la apuesta con el rival, don Luis Mejía; la deshonra de doña Ana de Pantoja, con quien don Luis se va a casar; y la aparición de “una monja novicia que está para profesar”, doña Inés de Ulloa. También un modelo de Celestina: Brígida; las muertes del Comendador don Gonzalo de Ulloa y de don Luis Mejía a manos de don Juan; el rapto de doña Inés y la huida de don Juan al intentar ser detenido, en un “bergantín calabrés”.

Escena de don Juan Tenorio (Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).

Toda esta Primera Parte, no es más que una especie de prolegómeno, o una especie de novela de espadachines, secuestro y venganza, o un relato de amor al tenor de la época del Romanticismo. Podría la obra dramática terminar así, y no sería más que uno de los múltiples relatos literarios de la época.

Don Juan, en esta Primera Parte, como nos dice Ismael López Ortiz, en una Introducción a una edición de la obra, “hace gala de su fama de conquistador de mujeres que luego abandona, y de su altanería que le lleva a participar en todos los duelos y disputas posibles con el único deseo que causar daño”. Y ello es así ciertamente, pero la altura de la obra se pone de manifiesto en la Segunda Parte, donde nos aparece “el drama religioso-fantástico”. El tema central del Tenorio.

En la Segunda Parte, han pasado cinco años de los anteriores acontecimientos y don Juan regresa a Sevilla tras ser indultado de sus delitos, en busca de la quinta o palacio que fue de su padre don Diego Tenorio y se encuentra con “un magnífico cementerio, hermoseado a modo de jardín” donde está el Panteón de la familia Tenorio. Es aquí cuando la obra teatral se vuelve un drama religioso-fantástico. Y es aquí cuando resulta imposible que se sucedan en tan corto espacio de tiempo tantas cosas, pero el escritor, sin consideración alguna, los encadena. Yo creo que esta licencia temporal era necesaria. Son tiempos y momentos, que no pueden desencadenarse para llegar a su glorioso final:

“¡El palacio hecho panteón!” Exclamará don Juan al verlo.

Y aparecerá aquí, un misterioso personaje: el escultor, que informará a don Juan de lo ocurrido tras su ausencia.

“Tal fue la voluntad de su dueño”, -le dirá el escultor a Don Juan- Y proseguirá el escultor diciendo a don Juan, como don Diego Tenorio, tras los sucesos ocurridos desheredó a su hijo, dispuso que se derribase la quinta y que en un panteón se entierren a las víctimas de su hijo don Juan. Y que allí están los enterramientos y las esculturas de su padre, don Diego Tenorio, del Comendador don Gonzalo, don Luis Mejía y de doña Inés.

“También murió”, pregunta don Juan. Y le contestará el escultor:

Dicen que de sentimiento
cuando de nuevo al convento
abandonada volvió
por don Juan.

Cuando don Juan se deshace del escultor, la sombra de doña Inés le dirá a don Juan: “Yo a Dios mi alma ofrecí en precio de tu alma impura, y Dios al ver la ternura con que te amaba mi afán, me dijo: Espera a don Juan en tu misma sepultura”.

Después vendrá la cena con el “Convidado de Piedra”, el Comendador don Gonzalo de Ulloa. Y a ella invita también a sus antiguos amigos, el Capitán Centellas y Avellaneda, a los que también ha encontrado. Y en su nueva casa, comprada casi de repente, encontraremos a don Juan con sus amigos y a su criado Ciutti.

Y puntual a la cita llegará don Gonzalo de Ulloa, filtrándose “a través de las paredes”.  Contreras y Avellaneda están desfallecidos, y el Comendador dirá a don Juan: “Dios, en su santa clemencia/ te concede todavía, Don Juan, hasta el nuevo día para ordenar tu conciencia. Espero, de tu valor, que me pagues la visita, ¿irás don Juan?»; “Iré. Sí”.

Marchará el espectro, y tras despertar los amigos y no creerse lo sucedido, retan a don Juan, y don Juan Tenorio es muerto por el Capitán Centellas a las puertas de su casa.

Y cuando aparece don Juan en el cementerio, respondiendo a la invitación del Comendador, y contemplar su propio entierro, exclamará: ¡Muerto yo! Y cuando la Estatua le refiere que “un punto de contrición da a un alma la salvación, don Juan dirá su frase expiatoria:

Ah, por donde quiera que fui
la razón atropellé
la virtud escarnecí
y la justicia burlé
y emponzoñé cuanto vi.
Yo a las cabañas bajé
y a los palacios subí
y los claustros escalé
y pues tal mi vida fue
no, no hay perdón para mí.

Y cuando la estatua quiere llevar a don Juan al infierno, cogiéndole su mano, Don Juan se resistirá diciendo: “Suéltala que si es verdad que un punto de contrición da a un alma su salvación de toda la eternidad/ yo Santo Dios creo en Ti, si es mi maldad inaudita, y tu piedad es infinita… Señor ten piedad de mí”. Y a pesar de la negativa de la estatua que ante su petición y replicarle que “Ya es tarde”, se abrirá la tumba de doña Inés de Ulloa para decir: “¡No! Heme ya aquí, don Juan; mi mano asegura/ esta mano que a la altura/ tendió tu contrito afán/ y Dios perdona a don Juan al pie de la sepultura”.

Y en la Escena Final, “doña Inés, don Juan los Ángeles” escucharemos a don Juan decir:

¡Clemente Dios, gloria a Ti!
Mañana a los sevillanos
aterrará el creer que a manos
de mis víctimas caí.
Mas es justo; quede aquí
al universo notorio
que, pues me abre el purgatorio
un punto de penitencia,
es el Dios de la clemencia
el Dios de don Juan Tenorio.

(Cae don Juan a los pies de doña Inés y mueren ambos. De sus bocas salen sus almas representadas en dos brillantes llamas, que se pierden en el espacio al son de la música. Cae el telón).

Nunca mejor dicho: “un Drama religioso-fantástico”.

Pero llegados a este punto nos quedará una pregunta, ¿Quién es don Juan Tenorio?

¿Quién es don Juan Tenorio?

No entraré en conceptos teológicos, ni sicológicos ni de la personalidad del burlador. Me quedaré en la superficie. El don Juan Tenorio de don José de Zorrilla es un malvado y un desaprensivo ante la vida y la muerte, al que el amor de una joven niña convierte y le lleva a la salvación.

Y don Juan Tenorio no puede ser más que un mito. Un mito de todos los tiempos en la narrativa española y desde los altos del teatro.

Y también me atreveré a decir que la obra teatral de nuestro gran escritor quizás sea la obra teatral más representada en los teatros; y que no hubo galán o actriz que no se preciara el hacer papel de don Juan o el papel de doña Inés.

Por doquier se representaba el drama, al aproximarse el día 2 de noviembre, la “Conmemoración de los fieles difuntos”.

Un ejemplo paradigmático será siempre para los que somos mayores, el don Juan de Francisco Rabal y doña Inés de doña Concha Velasco, en sus geniales actuaciones en la representación del drama en aquella Televisión Española, de 1966, de un solo canal y en blanco y negro, en el programa “Estudio Uno” dirigida por Gustavo Pérez Puig, donde Paco Rabal pronuncia su declaración de amor en la “escena del sofá”, de una forma admirable y a una Concha Velasco, -Doña Inés del alma mía-, que le replica a su altura llena de lágrimas.

¡Ah, ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más clara la luna brilla
y se respira mejor?...
¡Don Juan!, ¡Don Juan!, yo lo imploro
de tu hidalga compasión:
o arráncame el corazón,
o ámame, porque te adoro.
¡Alma mía!
Esa palabra
cambia mi modo de ser…

Y termino aquí en el recuerdo y tradición de una obra teatral, de un personaje señero y de un gran escritor que nos trajo, renovado y trascendente al burlador sevillano, a don Juan Tenorio.

Alicante 26 de octubre de 2020

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Julio Calvet Botella

Magistrado y escritor.

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