Trescientas... y pico

Sin cuentos por Navidad

Imagen: Mystic Art Design (Fuente: Pixabay).

En tiempos no tan lejanos era esta la época del año donde todo se ralentizaba, donde de una forma acordada se aprovechaba la estancia de paso para resetear el diapasón de las tareas atrasadas. El tiempo se detenía porque se preparaba el nuevo ciclo que habría de venir con el Año Nuevo y la tierra era premiada con un merecido descanso, tras su penoso esfuerzo de mieses y frutos, y en donde, entre otros, las granadas, las aceitunas, los caquis, esos frutos tardíos del calendario, se habían ganado el derecho a cerrar el cortejo que estaba a punto de apagarse.

Era aquel un tiempo en el que la tierra era nuestra principal aliada. Un tiempo donde los humanos le concedíamos (¿o era al revés?) su merecida cuarentena, una habitación donde recuperarse de un esfuerzo mayúsculo y el espacio justo para prepararse para el nuevo porvenir. Todo ello, recordémoslo, entre capas de escarcha escanciadas en noches de frío intenso, con la mirada puesta en que el futuro siempre sería algo mejor que el duro y otoñal pasado. Nada o muy poco que ver con lo de ahora, tierras malditas y castigadas a vivir sin descanso, sin ciclos, de modo y manera que antes de que acabe una cosecha ya está verdeando la siguiente, en una infernal y alocada carrera hacia ninguna parte. Seguramente sucede esto —que no hay descanso, quietud, silencio compartido— porque el descanso, incluso el desprestigiado slowly urbanita de hace apenas unos años, ha perdido la batalla de los afectos, sustituida por sus opuestos, el trabajo y el ocio encadenados, el ruido, el trajín, pastillas contra el aburrimiento.

La Navidad, lo decíamos antes, era el tiempo de paso entre un mundo viejo, a punto de irse, y otro nuevo, que aún se haría de esperar, pero que ya asomaba con sus ecos de memoria repetida generación tras generación. Nada que ver con el ahora, donde pareciera que siempre estamos de paso, tiempo sin cortes, ni cortinillas de tránsito, sin sus tiempos de siembra, de espera, de recolección.

Fotografía: James de Mers (Fuente: Pixabay).

Es, como aquella vieja historia del ciclista ciego, que no sabe donde va y que lo único que piensa es que si deja de pedalear, de seguir corriendo, será su triste final, huesos que nadie recordará, cuerpo que nadie velará. Por eso debe ser que necesitamos seguir pedaleando sin descanso, para no caernos. Cogiendo aviones y trenes sin parar. Cruzando el país sin parar. Mirando sin ver, ni ser capaces de entender que, a veces el mejor disfrute, podría ser quedarse parados, descansar como tierra en barbecho, y que el mejor meme sería el ser capaces de quedarse embelesados en el paisaje más cercano, el que se toca con la punta de los dedos de la memoria.

Son todas ellas, brumas en el libro de algunas de nuestras vidas que tanto cuesta traerlas al presente, brumas donde el mejor paisaje no estaba siempre a cinco mil kilómetros de distancia, en esa inabarcable e insaciable ansia de pedalear sin parar, de viajar hacia lugares donde no conocemos a nadie, ni nadie nos espera, alejándonos de todo eso que tan maravillosa y dolorosamente nos relatara John Berger en su libro Puerca tierra.

En tiempos no tan lejanos, la Navidad era el tiempo de la lumbre y los cuentos a la par de la lumbre, contados siempre por los mayores, gente respetada y respetable, que raramente, como sucede ahora, vivían en soledad rodeados de gente. Cuentos e historias contados también por aquellos exóticos y escasos familiares que aprovechaban las fiestas de final de año para el ritual del abrazo largamente postergado, imaginado durante meses, incluso años, abrazos soñados tantas veces porque por no haber casi no había ni teléfono, ni casi luz, ni casi basura que echar a los contenedores, esos artefactos que estos días lloran nuestra decrepitud, pus maloliente de una enfermedad hasta hace no tanto desconocida, la enfermedad de que nada es bastante.

Imagen: Mystic Art Design (Fuente: Pixabay).

Y sí, es cierto que a veces nos vienen a la memoria todos aquellos tiempos no tan lejanos y todos aquellos cuentos, y no porque se viviera mejor, que más bien eran duros y pedregosos, sin hospitales, repletos de sabañones y muertes súbitas, tiempos sin casi asfaltos, ni alcantarillados, pero seguramente lo recordamos así porque aún no estábamos empachados de los cuentos de hoy. Justo esos que llegan a nosotros envueltos en las cegadoras luces de cada una de nuestras ciudades, tan iguales unas de otras, y que nos hacen temer y pensar que lo que realmente vivimos estos días es una Navidad sin cuentos.

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Pepe López

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  • Así es !!
    Los sueños de los niños los mecen con cuentos y los sueños de los hombres los engañan con cuentos
    Hay que conocer todos los cuentos.

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