Opinión

Recordando a la parca

Fotografía: Thomas C. Rosenthal (Fuente: Pixabay).

“Ven, muerte, tan escondida
que no te sienta venir, 
porque el placer de morir
no me vuelva a dar la vida”

Cuando ya hemos llegado, incluso pasado, de una determinada edad, que unos definen como tercera edad, otros llaman entrar en la vejez, y aquellos que la padecemos o la sufrimos porque en y con palabras castizas empezamos a “chochear”, “renquear”, “olvidar” y ya no digamos en acuciar, exhibir, aquejar, toda esa amalgama sindrómica típica de la senectud. Es entonces, con mayor o menor frecuencia, cuando empezamos a pensar que se nos acerca la parca, cuando no, son los médicos, que con mayor tolerancia nos atienden, esperando nos rejuvenezcan o nos quiten todas aquellas molestias a las que nunca nos acostumbramos con la pérdida de la juventud; los que ya de una manera u otra, nos dejan entrever que el final se acerca. Es por ello que he querido empezar este escrito, con esos versos tan maravillosos de nuestra Santa Doctora de la Iglesia Católica, santa Teresa de Jesús, que nos vienen a recordar que nuestra finiquitud en esta vida terrenal, no supone ni significa nada con aquella otra que se espera, claro está, para los creyentes y que confían.

¿Por qué se teme a la muerte?, extraña pregunta de difícil contestación y más difícil aún de concretar, de definir según las respuestas que nos den los creyentes, los no creyentes, los que se dicen y concretan como agnósticos y ya no digamos de los indiferentes a todas estas cuestiones. La realidad, se diga lo que se diga y a pesar de que sabemos y se sabe que por ahí hemos de pasar todos, el escalofrío y repelús ante la pregunta sin duda es de impacto a la persona que se le haga.

Desgraciada o afortunadamente por inherencias a mi profesión y especialidad médica –de Medicina Intensiva, para otros de Cuidados Intensivos–, a lo largo de toda mi vida he tenido que asistir, cuidar y tratar a muchas personas que, en algunas ocasiones, acababan en deceso. La experiencia adquirida en estos trances finales de muchas de esas personas asistidas y acompañadas hasta ese último momento es la que me ha llevado a escribir estas líneas. Las he visto agitarse, gritar, sudar, proferir mil y un improperio contra las personas que queríamos ayudarles a solventar esos momentos; las he visto resignadas pidiendo ayuda y consuelo en esos trances; las he visto acusándose del mal que hubieran hecho a sus familiares, a sus deudos, a las personas con las que a lo largo de su vida y en el entorno hubieran tratado, pidiéndoles su perdón; he asistido a otras que urgentemente me han demandado auxilios espirituales; he atendido a algunas otras que al insinuarles si necesitaban asistencia espiritual o de algún sacerdote me han rechazado e increpado…

Y, asimismo, he vivido casos que han dejado una huella imborrable en mi espíritu y que no podré nunca olvidar, como aquel caso de un paciente ya de mucha edad, pero con una mente lúcida, que durante su segundo reingreso en UCI, tras unos dos años de haber pasado su primer infarto agudo de miocardio, me llamó para decirme: “Doctor, ¿es usted creyente?”, como yo le contesté que sí, que lo era; él me recriminó y me dijo que cómo podía yo hacer tal cosa, ya que el me consideraba un científico, un estudioso, un biólogo, etc.; como yo le contestara que eso no era óbice para ser creyente y tener Fe, y que para mí, si no fuera así, y esperase y tuviera fe en otra vida con justicia, la de este mundo no me convencía. Se quedó pensativo, mas por su delicado estado que ya empezaba a hacer sus efectos más o menos preterminales dentro de la gravedad de su reinfarto y por los tratamientos que llevaba, así como por mis consejos de que no se excitara y se tranquilizara…

En la tarde de ese mismo día, como yo siguiera de guardia, mandó a una enfermera para que me llamara, que quería hablar conmigo; fui de inmediato, para ver lo que quería y me espetó:

—¿Puede usted doctor escucharme un momento?

—Pues claro está, señor Pepiquet, estamos para esto y para tratarles a ustedes en todo lo que nos demanden.

—¿Usted sabe que yo hice la guerra que tuvimos los españoles y que participé en la quema de algunas iglesias y que matamos a algunos curas y frailes y que Franco me ha tenido treinta años en la cárcel y que me han tratado de fusilar tres veces, con algunos otros de los que estuvieron en la cárcel conmigo; que a mí nunca me mataron de verdad, aunque en dos de las ocasiones cayera desmayado al lado de los que sí fusilaban de verdad?,  ¿usted cree, doctor, que yo, que no he ido nunca a misa, ni he creído en Dios ni en su Santa Madre, si yo me confesara ahora, ese o alguno de esos del cuello blanco me habría de perdonar mis pecados de todas aquellas fechorías que en su tiempo hice?

—Sin lugar a dudas, señor Pepiquet, sin lugar a dudas. En los Evangelios, Jesucristo ya les dijo a sus discípulos: “Y todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo y todo lo que desatéis, así mismo será desatado”, así que, y vuelvo a repetirle señor Pepiquet, yo no tengo dudas.

Entonces me contestó: “Pues, usted que es mi médico y que me sacó de mi proceso agudo y tan grave que tuve hace dos años, si usted me lo aconseja, mándeme al cura ese joven que pasa todas las mañanas a visitarnos, que quiero hablar con él”. Así lo hice, y el cura joven vino aquella tarde, las enfermeras lo aislaron con un paraban en la cama del señor Pepiquet con el cual estuvo hablando un buen rato e incluso le dio la Sagrada Comunión. El sacerdote, joven de treinta y cinco años, ordenado tras su licenciatura de Medicina y de ejercerla durante tres años, vino a mi despacho llorando a decirme que el señor Pepiquet quería hablar conmigo. Fui a verlo y me dijo: “Doctor, siéntese a mi lado, pues tengo que decirle que nunca en mi vida he sido tan feliz como lo estoy siendo ahora y pienso que algo se lo debo a usted, por eso quiero darle mis más expresivas gracias”. Su voz era apenas perceptible y su respiración entrecortada, sus ojos en aquella cara rugosa de ochenta y siete años expresaban una ligera sonrisa… y todavía, con el cura y las enfermeras tras de mí lo oímos decir: “Gracias a todos, muchas gracias”, y expiró.

Imagen: Mulyadi (Fuente: Unsplash).

Como este, algún otro caso más he tenido a lo largo de mi vida profesional. Para los que hemos ejercido nuestra medicina vocacionalmente, tengo que decir que se pasa muy mal ante tales trances y nunca nadie se acostumbra. Claro está, que el sentimiento de dolor ante tales hechos es muy subjetivo para la persona que ha de cumplirlo, pero así mismo pienso que la naturaleza nos ha creado y hecho y condicionado para unas formas de vivir, una formas y maneras para procrear, una formas y maneras para desarrollarnos y así nos condiciona y prepara de una manera u otra para morir.

Sirvan pues estas líneas para recordarnos aquella otra sentencia de los monjes cartujos, que se decían el uno al otro cuando se cruzaban por los claustros: “Hermano, morir habemos”, y el otro le contestaba: “Ya lo sabemos”. O retrotrayéndonos al tiempo de los romanos, cuando se ensalzaba al guerrero triunfador en las batallas y se cubría su cabeza con laureles y se paseaba por las calles de Roma, bajo arcos triunfales, el esclavo que llevaba a su lado, de trecho en trecho, le iba repitiendo: “Mira para atrás y no olvides que eres hombre”. Pienso que nuestra Iglesia Católica nos quiere recordar en su liturgia que el Día de todos los Santos lo dedica al recuerdo de todos lo muertos que nos han precedido y, al mismo tiempo, nos recuerda a nosotros que también hemos de pasar por ahí.

Y por fin, quiero acabar estas letras, como va siendo mi costumbre, con otros versos de un poeta español, casi desconocido, llamado Francisco Álvarez Hidalgo que escribió en Madrid, en abril de 2017. En su poema viene a concretar y consolidar a aquellos otros con los que hemos empezado y que para mí no tienen desperdicio alguno.

¡Ay, cómo tarda esta muerte
que me ronda y no me llega;
cómo avanza y se repliega, 
cómo juega y se divierte, 
y se ofrece, y no se entrega!

Ya cansada de bregar,
cubierta de cicatrices,
siento secas mis raíces,
y sólo ansío volar
hacia campos más felices.

Concluye esta servidumbre
que al alma en el cuerpo encierra;
si mis pies son de la tierra,
ya han alcanzado la cumbre 
más crecida de esta sierra.

Llégate, muerte, y extiende
en torno de mí tu abrazo;
que no hallarás el rechazo 
de quien hostil se defiende
a yacer en tu regazo.

Llégate, que en esta espera
nadie obtiene beneficio;
es el momento propicio:
Concluida mi carrera,
completado mi servicio.
Sending
User Review
5 (1 vote)

Ángel Mota López

Licenciado en Medicina y Cirugía en 1969, por la Universidad de Valencia; diplomado en Sanidad Pública Nacional, Gerencia de Jefes de Servicio, Estudios Clínicos Controlados y RCP; titulado en Especialista en Medicina Interna y Especialista en Medicina Intensiva y Máster en Gestión y Dirección Hospitalaria.
He realizado docencia para posgraduados en la Unidad de Cuidados Intensivos entre 1982 y 1987 en el Hospital de Elche y en la facultad de Medicina de la Universidad de Alicante y he dirigido cursos de RCP y el I Curso de Medicina de Urgencias, entre otros. Además, he sido profesor del Máster de Urgencias de la Universidad de Alicante entre 1989 y 1992.
Fui jefe de sección de UCI en el Hospital General de Elche hasta 1993, año en que pasé a ser médico jefe de Servicio de UCI, siendo también miembro de la Junta Facultativa de dicho hospital y exdirector gerente-médico del Hospital General Universitario de Alicante y fundador de la Sociedad Medicina Intensiva del País Valenciano (SMI-PV).
Fui nombrado Hijo Predilecto de Pinarejo (Cuenca) en 1998 y Alicantino de Adopción en mayo de 2019. En junio de 2019, el Colegio de Médicos de Alicante me entregó un diploma conmemorativo por haber cumplido 50 años de profesión médica.

1 Comment

Click here to post a comment

Responder a Antonio Balibrea González Cancel reply

*

code

  • Y en la segunda mitad de los 70 organizaste con otros compañeros las UCI- entonces UVI- en el Hospital de Alicante donde atendiste a mi padre. Un abrazo.

Patrocinadores

Pactos