Opinión

No somos islas

Fotografía: Dim Hou (Fuente: Pixabay).

Las personas, desde los albores de la humanidad, vivimos inmersos en una especie de estructura social en la que compartimos esfuerzos y repartimos el trabajo para poder subsistir. Y para poder vivir dentro de esa estructura se necesitan unas normas y un sistema que las regule, unas actividades económicas, tener una lengua común para poder comunicarnos y actividades de ocio que compartir, así como una cultura y unas costumbres que nos unan.

El hombre es un ser social por naturaleza y nuestra supervivencia no sería posible sin el intercambio y el apoyo de otras personas gracias a lo cual nos comunicamos, reproducimos, evolucionamos y nos encontramos fuertes en comunidad ante lo imprevisto, ante las complicaciones, ante los avatares funestos y nos sentimos bien cuando compartimos nuestras experiencias positivas. La vida en sociedad es necesaria.

Cazadores recolectores

La necesidad de vivir en comunidad del ser humano se pierde en los albores de su existencia, como hemos dicho. El género humano permanecía unido para facilitar la búsqueda de alimentos basada en la recolección de vegetales, raíces y frutos, siendo completada su dieta con piezas de caza; y además, vivir en grupo fortalecía su propia defensa. Pero para poder cazar con éxito, aquellos individuos necesitaban unas estrategias en el arte de la caza y esas estrategias también debían ser realizadas en grupo, pues no sólo era el disparo el que garantizaba la caza, sino que antes había que explorar el terreno y era necesaria la persecución de los animales, y esto se hacía en grupo. También era fundamental el conocimiento de sus costumbres, además de la efectividad en la caza, pues es más fácil cobrar una pieza lanzando varias flechas que disparando una o clavando unas cuantas lanzas sobre el cuerpo de un gran oso de las cavernas que enfrentarse un único cazador.

Fuente: Pixabay.

Las sociedades de cazadores recolectores se organizaron socialmente en torno a las necesidades que implicaban el proceso de la caza. De esta organización aparecería la estructura de las sociedades y la necesidad de compartir los conocimientos y la experiencia con sus descendientes. Las mujeres, por otro lado, al tener que criar y cuidar de sus hijos reforzaban la unión entre ellos restringiendo su actividad y dando lugar tanto a una primera fase en la formación de la unidad familiar como a una división de funciones por sexos. Pero todos los que forman el grupo se tenían que implicar para aportar alimentos para los componentes del poblado: los hombres cazaban y las mujeres recolectaban, aunque según Harris y Ross, contemplan la posibilidad de que durante el Paleolítico las estrategias de caza hubieran sido transmitidas a individuos de ambos sexos, en gran parte debido a la probable alta mortalidad y la peligrosidad de la caza. Así que tanto hombres como mujeres aportaban alimentos, en mayor o menor cantidad, tanto de la caza como de la recolección. Estos pueblos no tenían sentido de la propiedad: el que cazaba una pieza debía repartirla con el resto si no quería quedar fuera de reparticiones posteriores. De esta manera se aseguraba que la alimentación fuera lo más variada posible. Los productos recolectados se consumían dentro del núcleo familiar.

También habría que señalar el valor que le daban aquellos hombres al intercambio, tanto de productos como de alimentos, con otros grupos humanos para el establecimiento o mejora de relaciones sociales que les permitían compartir los progresos unos de otros y la unión temporal cuando les fuera necesario por el exceso de recursos alimenticios como podía ser la caza.

De esta forma vemos cómo la necesidad de vivir en comunidad es ancestral. Y durante toda la historia de la humanidad ha seguido siendo la clave de la forma de vida creando estructuras más complejas de organización y de convivencia. Pero en toda relación de convivencia hay complicaciones que empujan a disolver las sociedades, los grupos y las naciones. Aunque siempre se forman otras nuevas, pues la única forma de subsistir como especie es en comunidad.

‘La fábula del puercoespín’

Es conocida la pequeña ‘fábula del puercoespín’ como paralelismo a la convivencia en sociedad del ser humano. A esa necesidad de vivir en comunidad.

En dicha fabulilla se cuenta como, ante una gran ola de frío, los puercoespines decidieron vivir juntos, de tal manera que con el calor de sus cuerpos se dieran calor unos a otros. Pero esto tenía sus complicaciones, pues con sus púas a veces se pinchaban unos a otros y decidieron separarse. Algunos puercoespines iban muriendo de frío y vieron que era mejor vivir juntos y soportar el efecto de sus espinas que morir. Y volvieron a reunirse aprendiendo a convivir con esas esporádicas molestias.

Fotografía: Ángel Plasencia (Fuente: Pixabay).

La necesidad que siente el ser humano de vivir con otros (convivir), de no sentirse aislados, nos ayuda a ‘conformarnos’ (darnos forma con los otros) como personas; nos ayuda a delimitarnos socialmente y como individuos y esto nos hace vernos de forma más objetiva, sin excesos de egocentrismo o, por el contrario, con falta de autoestima por ser rechazados, dependiendo del estado de ánimo en el que nos encontremos.

Bien es verdad que, como veíamos en la fábula del puercoespín, en toda relación con los demás se producen tropiezos, encontronazos y situaciones incómodas porque somos personas diferentes que pensamos de forma distinta, tenemos maneras diversas de reaccionar ante los mismos hechos o interpretamos las cosas desde distintas perspectivas. Estos momentos o situaciones suelen ser pasajeros y deben serlo, pues convivir en armonía nos enriquece a nivel emocional haciendo que estemos más alegres y, por tanto, seamos más felices impulsándonos a vivir más plenamente; y también a nivel práctico, ya que obtenemos beneficios de toda índole. Por eso se debe “dar calor” por el lado de la barriga (si fuéramos puercoespines, que es la parte que no tiene espinas). Nosotros, como personas humanas, debemos mostrar nuestro lado más amable, poniendo buena cara y ofreciendo nuestra sonrisa para crear un clima agradable en el que convivir y mostrarnos amables y educados en nuestras relaciones.

Para ello contamos con las herramientas necesarias para relacionarnos con los demás y hemos adquirido una serie de habilidades sociales a lo largo de los años que nos permiten vivir en comunidad.

Ya desde recién nacidos, como venimos al mundo siendo seres inmaduros, necesitamos de la ayuda de nuestros padres, hermanos mayores, de los abuelos…, que nos enseñan a relacionarnos con el mundo que nos rodea, con las personas que están junto a nosotros. En la escuela aprendemos a convivir con otros individuos de nuestra edad (nuestros compañeros) y con los adultos que nos enseñan normas de respeto a las personas con las que convivimos y con el resto de personas (nuestros maestros).

Fotografía: Denise Husted (Fuente: Pixabay).

Según Aristóteles se “es” en tanto se “co-es”. Esto viene a decir que el ser humano se va desarrollando con las características sociales de donde nace y su relación con las personas con las que convive o interactúa. Y la adquisición de unos principios y valores determinarán al individuo y a su relación con el resto de personas que conforman la sociedad en la que va a vivir mediante su socialización. (Ver mi artículo publicado en Hoja del Lunes: Educación: familia y escuela).

Necesitamos ser aceptados

Todos necesitamos ser aceptados, ya que a través de las relaciones interpersonales construimos nuestra identidad. Sin esta relación con los demás nos vamos a sentir perdidos a un lado de la sociedad o apartados de los grupos que fluyen a nuestro alrededor. Esa es la razón de que exista el miedo al rechazo, a no ser valorados o queridos o aceptados; porque no sentirnos acogidos por el grupo supone vernos sumergidos en la soledad, en el aislamiento. Y esto hace que perdamos la autoestima y nos hundamos en una profunda tristeza.

El miedo al rechazo social se expresa a través de un temor persistente de que los demás no acepten nuestros comportamientos y, como consecuencia, perdamos su aprobación. La persona que le teme al rechazo no piensa en lo que quiere o necesita realmente, sino que intentará hacer todo lo que esté a su alcance para obtener la aprobación de otros. Estos comportamientos suelen dar paso a una profunda insatisfacción, sobre todo en los jóvenes que necesitan del refuerzo de los lazos del grupo de amigos.

Hay casos en los que el miedo al rechazo se expresa evitando las relaciones sociales. Se van excluyendo las mismas, y al final se termina sufriendo lo que tanto se temía: el aislamiento social.

La experiencia de rechazo provoca daños en la imagen de sí mismo, en la autoconfianza, y puede generar depresión. La persona que tiene miedo al rechazo puede llegar a comportarse de forma sumisa o poco asertiva o, por el contrario, tener explosiones de ira como respuesta si se ha aguantado mucho tiempo ese rechazo. El hecho de percibir que podríamos ser rechazados nos hace comportarnos de manera más agresiva y egoísta como mecanismo de defensa que nos ayuda a prevenir futuros rechazos, pero en realidad nos está alejando de los demás. A veces sale nuestro individualismo, nuestro ‘genio’, nuestro egoísmo, la tendencia a que prevalezca ‘lo nuestro’, a mostrar nuestras heridas (en ocasiones fortuitas o que se nos han producido sin querer) y respondemos de forma ‘punzante’.

Imagen: Public Domain Pictures (Fuente: Pixabay).

En realidad sí contamos con las herramientas necesarias porque en infinidad de ocasiones las empleamos: esas herramientas las hemos aprendido en nuestra familia, en el colegio o en nuestras relaciones cotidianas en el grupo de amigos… como decía en el reportaje Educación: familia y escuela, arriba citado; aunque haya veces que perdamos el control de nuestras emociones y, cuando nos sentimos heridos o perjudicados surge nuestro “yo” enfrentándose al “yo” del otro: “Yo soy y ninguno otro en mi lugar” (Jemeinigkeit), y reaccionamos protegiéndonos o contraatacando pensando que no hay mejor defensa que un ataque. Aunque nos han enseñado que la mejor manera de resolver conflictos es el diálogo, la forma más racional es la palabra (“hablando se entiende la gente”). Es sabido que lo más difícil es aprender a ceder, pero debemos estar dispuestos a ello por el bien común y para solucionar conflictos.

Pero también hay otra herramienta muy poderosa en los casos de difícil solución y es el perdón, que pertenece al lenguaje del amor. Por amor olvido y vuelvo a vivir contigo (a convivir). Pues por amor me realizo y crezco como persona humana.

Esta concepción de hombre o mujer no siempre es real, no es la que impera hoy en día (y quizá tampoco a lo largo del tiempo). El ser humano es excesivamente práctico centrado en su propio beneficio y se relaciona en muchas ocasiones con los demás por interés, para sacar partido. Se centra en buscar su bienestar personal, en satisfacer su placer enfocado en nuestra sociedad actual, principalmente, en consumir y en obtener riqueza, objetos o triunfos que superen a los demás o que nos llenen de vanagloria. Aunque también son muy perjudiciales aquellas personas que se encuentran ya establecidas y sienten miedo de ser desplazadas o eclipsadas y su forma de actuar es ninguneando, poniendo zancadillas o tratando de apartar del camino que otros se proponen para descabalgarlos, por si acaso llegan a brillar; o los que luchan con malas artes por conseguir lo mismo que quienes les rodean y no les importa los métodos a emplear.

Esto tiene su contrapartida, debido a que la no obtención de las metas propuestas, a veces fuera de nuestro alcance, puede producir frustraciones, y ello trae la desesperación y el decaimiento.

En conclusión: no somos islas, hemos nacido en un grupo (familia) para convivir en sociedad relacionándonos con los demás, aprendiendo de los otros, tan protagonistas de sus vidas como nosotros de las nuestras. Se nos ha enseñado unas habilidades sociales para tener una convivencia positiva y un lenguaje, el del amor, cuya herramienta es el perdón, que nos hace más humanos. Es importante vivir en armonía con quienes nos rodean, de esa forma vivimos más alegres, aprendemos unos de otros, nos ayudamos unos a otros, evolucionamos conjuntamente y somos más felices.

Fotografía: Anemone123 (Fuente. Pixabay).
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Juan Antonio Urbano

Soy profesor de Educación Primaria, profesión-vocación que volveré a repetir en la próxima vida, pues el trabajo con chavales te enriquece como persona. He publicado cuatro libros, dos en valenciano, 'El seu nom era Pere Bigot', del que se hizo una adaptación teatral, y 'L’arbre màgic'; y otros dos en castellano, 'El misterio de la cueva', con adaptación teatral también, y el poemario 'Camino entre versos', todos publicados por la Editorial Club Universitario. Actualmente estoy ultimando otro poemario. He publicado en diversas Antologías de poesía y artículos en distintos medios.

En noviembre de 2016 creé el grupo poético PARNASO perteneciente al Ateneo de Alicante. He organizado numerosos recitales poéticos entre los que destacan el I encuentro de poetas alicantinos y otros con el grupo PARNASO dedicados a Miguel Hernández, Federico García Lorca, Rubén Darío, Antonio Gracia, J.L. Rico, Mariano Sánchez Soler...

Recibí el segundo premio del Certamen Poético Numen (2013) y el 2º premio de poesía Hispano-Argentina en el Real Casino de Murcia en diciembre de 2019.

Me encanta escribir en mi estudio del campo.

4 Comments

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    • Gracias, Ramón. La verdad es que deberíamos cuidar las relaciones sociales para ir formando lazos que fueran fortaleciendo nuestra convivencia en comunidad de forma positiva para evitar los conflictos que nos separan.

  • Excelente artículo, con el que estoy plenamente de acuerdo. Me gustaría que lo leyeran nuestros políticos, sobre todo Zapatero y Pedro Sánchez, empeñados en no perdonar, que, como bien dices, es no amar. ‘Amor es perdón’, escribes. Y escribes bien. Un abrazo. Ramón Gómez Carrión.

    • Gracias Ramón Gómez. Amor es perdón y amor es crear un buen ambiente para construir situaciones sociales que nos ayuden a convivir (que significa vivir con… otros).
      Otro abrazo.

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