Opinión

Los amos del agua

El Ebro, a su paso por Tarragona (Fotografía: Toni Gil).

Si el agua viene del cielo, sea en formato amable o con peligro para los terrícolas, cabe discutir de quien es la propiedad del preciado líquido. Que yo sepa por encima de nosotros no se ha parcelado, más allá de las fronteras aéreas que se citan con aires más o menos belicistas.

Poco antes de la pandemia pasé por Tarragona, donde obtuve la foto que ilustra este comentario. El Ebro bajaba con tan suficiente agua que haberle mermado un diez por ciento apenas se hubiera notado ni en las riberas ni en el delta. Y hace unas semanas, río arriba, ha vuelto a destrozar propiedades y sembrados con su fuerza y su exceso de vitalidad, pero aragoneses ellos siguen manteniendo que la culpa es que no se cuidan los cauces y por eso se desbordan.

Desde el Gobierno central, desde el castellano-manchego y hasta desde la comunidad de Madrid, se defiende limitar los excedentes del Tajo para que vayan de camino a Almería, Murcia y Alicante, mientras se excede en cifras enormes de hectómetros el agua que llevamos hasta la frontera portuguesa. Del trasvase Júcar-Vinalopó, que muere y resucita con cierta frecuencia, como es de nuestro entorno autonómico casi no se discute. Y ahora, voces villeneras apuestan para que los capitalinos bebamos agua del mar y la de sus acuíferos allí se quede. Solidaridad nacional es lo que hay.

Así que como el agua es “de ellos”, de donde cae, no cabe estudiar soluciones que a todos acomode. No vale la pena teorizar sobre si es posible la unión de cuencas, para desviar lo que sobra cuando de verdad sobre, eliminando riesgos y destrozos. No vale la pena invertir en infraestructuras para ser utilizadas cuando convenga. No vale rentabilizar las ya existentes argumentando que desperdiciamos o simplemente que es de su propiedad.

Mis cuatro arbolitos del campo en Agost se riegan, si no estoy confundido con una mezcla de agua de La Foya de Castalla y de una depuradora de Alicante, y gota a gota ayudo a mantener un espacio más o menos “verde”, antaño cuatro tahúllas de erial. Hasta ahora no se nos ha negado, pero todo es cuestión de tener paciencia.

Aprovechemos el líquido con mesura, trabajemos para que esté a nuestro servicio –el de todos– y olvidémonos de esas humoradas sobre la propiedad del agua. De lo contrario, acabaremos pidiendo a los pseudoturistas del interior que cuando nos visiten se traigan el agua a cuestas que precisen para su servicio personal.

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Toni Gil

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  • No hay un plan hidrológico nacional de cuencas en España porque nos la hemos cargado. Ahora somos 17 reinos taifas. Los aragoneses prefieren ahogarse ante de permitir un trasvase Ebro-Jucar-Vinalopo-Segura, porque quieren contraprestaciones, y cobrar un peaje.

  • Toni: Oportunísimo tu artículo. En alguna ocasión he defendido lo mismo que tú propones: la comunicación entre cuencas hidrográficas. Es lo que se deduce de la solidaridad entre regiones que consagra nuestra Constitución. Pero ni Aragón ni Cataluña quieren dar ni un vaso de agua al sediento Sureste. Obras públicas generadores de empleo y trasvases promotores de riqueza son posibles y necesarios. Las autonomías, en esto como en otras cuestiones, nos llevan al fracaso. Y en, lugar de negociar este y otros asuntos trascendentes, las conferencias de presidentes las dedicamos a peleas tan absurdas como la del uso de las mascarillas. Feliz Año Nuevo,

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