Trescientas... y pico

La PIC: tiempo de despedida, tiempo de decencia

Teresa de Nova recoge el Premio Adrián López (Fotografía: Pepe López).

Alicante es posiblemente hoy, como ayer, como anteayer, una ciudad que no sabe muy bien hacia dónde va, ni hacia dónde caminar, una ciudad que sigue desnortada, que viaja de la mano de un devenir incierto, como sin rumbo, como esos barcos perdidos en la niebla y cuya tripulación añora al buen capitán que casi nunca tuvieron. En eso parece que poco se ha cambiado.

Sin embargo, Alicante es, posiblemente, hoy también una ciudad más respirable que ayer, que anteayer. Una ciudad que ya no sería carne de meme por las extravagancias de algunos de sus conmilitones. Tampoco sus principales referentes políticos, cargos, alcaldes, concejales, empresarios, ocupan las negras páginas que ocuparon no hace tanto, ni salen con asiduidad y escarnio en los pocos periódicos de papel que van quedando, ni sus voces son hoy piezas de la crónica negra de la corrupción que otrora la cubrió.

Alicante, sus dirigentes, no están hoy para mal en los prime time de los informativos nacionales, ni aparecen en los telediarios nacionales por sus andanzas y corruptelas, por sus concupiscentes fiestas de pijamas en andorranas tierras y yates propiedad de un omnipresente empresario. Hoy Alicante es, posiblemente, y como felizmente la describía en una conocida red social el artista local Javier Pastor, una “ciudad desangelada”. Y aunque no sea mucho el cambio, quizás habría que felicitarse por ello. Desde esta atalaya quizás pueda construirse algo en positivo, desde aquella no lo parecía.

¿Qué lugar, qué papel, ha jugado en este cambio de rumbo y en este nuevo decorado, en esta evolución desde aquella putrefacción institucional a la cierta tristeza y tranquilidad de hoy, la Plataforma de Iniciativas Ciudadanas de Alicante, más conocida por su acrónimo PIC —su primer gran éxito— y el color amarillo chillón de su cartelería, ese mismo color que, combinado con el riguroso negro, ha formado parte de su cartel de despedida intitulado La PIC se despide?

Seguramente su aportación ha sido menor de la que algunos de sus principales protagonistas puedan creer —a veces la historia se hace a pesar de sus protagonistas—, pero, también y seguramente, más de la que sus acérrimos enemigos de entonces y melifluos críticos de hoy creen y piensan. (Para incautos, y para aquellos que puedan pensar que estas palabras son solo de parte, confesaré que tuve la fortuna de formar parte de la PIC, bien que solo en sus últimos años, no en todos aquellos gloriosos acontecimientos donde se forjó su imagen y memoria, y muy especialmente aquellos que hicieron posible eso que alguien ha recordado estos días como la reedición de la bíblica derrota del gigante Goliat ante el pequeño David al lograr paralizar el aberrante Plan Rabasa que impulsara el empresario Enrique Ortiz con la concupiscencia de PP y PSOE locales).

Mesa redonda sobre el futuro de Alicante, penúltimo acto de la PIC, celebrado el 8 de noviembre de 2022 (Fotografía: Pepe López).

De modo que sí, que las ciudades que miran al futuro confiadas, seguras, y Alicante, pese a todas las evidencias y traumas recientes, debería aspirar a formar parte de ese privilegiado club, se comportan casi siempre como seres vivos esperanzados. Lo que son hoy es en parte consecuencia de lo que fueron ayer, fruto de lo que soñaron cuando eran más jóvenes, más inexpertas. Como los propios seres vivos crecen y, con mejor o peor fortuna, se adaptan al medio, para ir envejeciendo, también con mejor o peor fortuna, según las leyes que rigen la propia naturaleza. Una juventud sana es promesa de una edad adulta más saludable, de una vejez más sabia.

Sucede entonces que Alicante era en aquel tiempo —hablamos de los primeros años dos mil, cuando la PIC era solo la Plataforma Stop Rabasa— una ciudad enferma, mayormente gobernada —se ha dicho tantas veces que cansa repetirlo— por una panda de presuntos corruptos, de megalómanos sin límite, de eslóganes vacuos como el Alicante ponte guapa, de ciudades de luces que acabaron siendo sepultura de sueños, tierra abonada para ególatras e impostores que obedecían a un solo interés: el suyo y el de sus insaciables bolsillos.

Público asistente al penúltimo acto de la PIC, celebrado el 8 de noviembre de 2022 (Fotografía: Pepe López).

Fue en ese caldo de cultivo, donde la sola discrepancia estaba penalizada con la pena de cárcel civil, en el que surgió la PIC. Y lo hizo al modo como actúa en la naturaleza el sistema inmunitario ante una grave enfermedad: a modo de antídoto, de vacuna, que, al menos, frenase la extensión del mal, acaso la parálisis y putrefacción generalizada.

Entiendo que se trataba, pues, de atacar la fiebre, aunque sus causas profundas estaban tan incrustadas en su pasado que llegar hasta ahí no era, no fue, fácil, a veces tampoco posible. Con estabilizar el paciente a la espera de nuevas oportunidades ya era más que suficiente. En eso, creo, metafóricamente, consistió la PIC. Esa, quizás, es su principal herencia. Echar una mano a la naturaleza para evitar la metástasis institucional y abrir un boquete al futuro.

Por eso, quizás, lo sucedido ahora, su adiós programado, su dulce entierro civil, con sus dos últimos actos, uno primero, donde se trataba de mirar al futuro, y un segundo de cierre definitivo, donde tratar de hacer un recuento del pasado a través de la voz de sus expresidentes Manuel Alcaraz, José María Perea y Manuel Marco, se ha debido de hacer convencidos de que su tiempo ya era pasado, que las circunstancias y los medios hoy son otros —la ciudad sigue igual, sin rumbo, pero también es otra— y a la espera de que otros recojan el testigo del buen Alicante que aguarda y espera.

Acto de cierre (Fotografía: Pepe López).

 ¿Ha servido, entonces, para algo la lucha de estas decenas de personas para mejorar la vida en la ciudad?, podemos volver a preguntarnos. No creo que sus impulsores soñaran con tanto, bastante fue hacer de dique a la fiebre del oro y a la feria de la vanidades en la que estaba sumida la ciudad. Algunos, más críticos, más desconfiados, dirán, dicen estos días si aguzas el oído, y no les falta algo de razón, que también sirvió para forjar, amparar, propulsar, carreras políticas, para cobijar intereses políticos no siempre confesables. Esto último, posiblemente, también sucedió. Pero sucedió porque forma parte de la vida misma, porque todos tenemos algún interés más o menos confesable que esconder y eso no siempre debiera ser tachado de perverso.

Todo eso no resta, no debería restar, valor a su exitosa trayectoria y a su cierre en paz. Pero a la hora del adiós definitivo, bueno sería también reconocer que el éxito, incluido el de aquel primer acrónimo —PIC—, no habría sido tal sin la colaboración y el esfuerzo silente de decenas de personas que nunca, o casi nunca, aparecieron en las páginas de los periódicos, de las que casi nunca fue oída su voz. Eso también sería de justicia dejarlo por escrito. Sin ellos, sin ellas, no habría sido posible. Ellos también formaban parte de aquella primera Plataforma de Iniciativas Ciudadanas —antes Stop Rabasa—.

Teresa de Nova muestra el Premio Adrián López (Fotografía: Pepe López).

Y permítanme que cierre esta crónica a modo de epitafio con la descripción de la fotografía que preside este artículo, la de la persona galardonada con el último premio Adrián López a los valores ciudadanos y democráticos en defensa de la ciudad de Alicante. Ahí vemos a Teresa de Nova agradeciendo a los presentes en la sala Rafael Altamira de la Sede de la UA —Gracias por haber conseguido que esta ciudad no esté perdida del todo— el haberle otorgado el último galardón de este reconocimiento. Teresa mirando arriba, un poco también al cielo, donde descansa su compañero, el hombre que diera nombre al propio galardón. Teresa ofreciendo a un grupo de amigos el propio galardón, obra del artista y ceramista alicantino Morán Berruti, uno más de esas decenas de  nombres casi anónimos sin cuya aportación esta historia no habría sido posible.

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Pepe López

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