Cuando se celebra una efeméride sobre una cuestión relevante tratamos de buscar el origen, la causa, el elemento que promueve y activa el recuerdo, pues el recuerdo hace que las cosas permanezcan vivas. De este modo, podemos decir que hay aniversarios que no deberían celebrarse con nostalgia, como es lo habitual en un mundo que tiende a la despersonalización bajo el dominio de la inmediatez, sino con grandes dosis de responsabilidad. Este es el caso de una publicación que despertó en mí la curiosidad, el interés y también, por qué no decirlo, el cariño. Se trata de la Hoja del Lunes, una publicación que ha alcanzado algo más que la mayoría de edad, pues se publica su número 500. Esta cifra no es únicamente una cifra redonda, ni una excusa amable para felicitarnos entre quienes, de un modo u otro, hemos escrito alguna vez en sus páginas. Es, sobre todo, un pretexto para plantearnos una pregunta dirigida a nuestra conciencia pública: ¿qué hemos hecho con la palabra en un tiempo que la consume deprisa, la transforma en consigna y la abandona antes de que pueda convertirse en pensamiento? Que una publicación local alcance 500 números en su etapa digital es algo más que una continuidad editorial. Se podría afirmar que es una forma de resistencia cívica.
Conviene decirlo sin solemnidad impostada, pero también sin rebajar su importancia. La Hoja del Lunes no compite con el ruidoso primer plano de las publicaciones que buscan el impacto y los resultados comerciales, y quizá por eso merece ser leída. No se presenta como un escaparate de estridencias, sino como un lugar donde todavía cabe la reflexión pausada, la mirada sobre lo cercano, el respeto por la firma, la pluralidad de temas y la confianza en que la ciudadanía no necesita ser tratada como una audiencia distraída a la que hay que conquistar mediante sobresaltos. En tiempos de titulares diseñados para provocar un clic antes que una reflexión, una cabecera que sigue apostando por artículos, colaboraciones, memoria, cultura, educación, opinión y vida provincial nos recuerda que el periodismo no nació para gritar más fuerte, sino para mirar mejor con los ojos de la realidad, de una realidad percibida y tamizada por la humanidad, una realidad veraz que se confunde con la identidad de un pueblo plural y, al mismo tiempo, particular.
Desde que el almanaque forma parte de nuestras vidas, cada lunes tiene algo de comienzo. Aunque el calendario nos haya enseñado a recibirlo con resignación, el lunes conserva una energía simbólica que no deberíamos despreciar. Es el día en que se reordena la agenda, se retoman las obligaciones, se revisan las promesas incumplidas del viernes y se intenta dar forma a la semana que empieza. Por eso, que una publicación se llame Hoja del Lunes no es un detalle menor que deba pasar desapercibido. Es casi una declaración pedagógica: empezar la semana leyendo, pensando, reconociendo a quienes escriben desde la experiencia, la profesión, la sensibilidad o la memoria compartida. En el fondo, toda sociedad necesita sus lunes, sus momentos de recomposición, de regreso a lo esencial, de conversación pública antes de que el vértigo vuelva a ocuparlo todo en lo cotidiano.
Cuando recibí la invitación para escribir con motivo de este número 500, me detuve en una cuestión aparentemente sencilla: qué supone para mí la Hoja del Lunes. La respuesta fácil sería decir que se convierte en un espacio de expresión personal a través de una tribuna para la publicación. Y lo es. Pero sería una respuesta incompleta, demasiado administrativa y, se podría decir, casi fría. Para quienes trabajamos en investigación educativa y divulgación, encontrar un espacio donde poder hablar de manera directa y clara sobre la convivencia, la adolescencia, la violencia, la inteligencia artificial, la soledad, el respeto, la compasión, la escuela, la familia o la ciudadanía no es un lujo. Es una necesidad que va más allá de lo personal, es una necesidad democrática. Porque muchos de los temas que afectan de verdad a la vida de las personas no siempre encuentran sitio en la agenda pública hasta que estallan. Y cuando estallan, a menudo ya llegamos tarde.
Ahí reside una de las funciones más valiosas de la Hoja del Lunes, ya que permite actuar de manera preventiva para que la ciudadanía sea consciente de que algunos asuntos, nacidos en nuestro entorno, pueden convertirse en una tragedia irreparable, en un expediente que no debió comenzar, en un conflicto judicial que jamás debió nacer, en un escándalo o, simplemente, en una estadística aséptica ligada a algunos comportamientos poco humanos. Así, hablar de acoso escolar cuando no hay un caso mediático en portada es prevención. Hablar de violencia cuando no hay una cámara buscando lágrimas es responsabilidad. Hablar de educación emocional cuando todavía no se ha roto el vínculo es pedagogía. Hablar de inteligencia artificial antes de que la escuela la asuma sin criterio o la prohíba sin comprenderla es lucidez. Hablar de soledad, de envejecimiento, de juventud, de familias, de cultura, de salud comunitaria o de convivencia no es rellenar páginas, sino trabajar para construir una comunidad capaz de pensarse a sí misma.
Desgraciadamente, en la actualidad, cuando la información y la desinformación se han convertido en fuente de poder, estamos expuestos a graves peligros. El gran peligro no es solo la desinformación, sino la pérdida de profundidad. Podemos saber muchas cosas y comprender muy pocas. Podemos estar informados todo el día y, sin embargo, vivir cada vez más desorientados. Podemos recibir noticias, alertas, vídeos, opiniones, mensajes, campañas y estadísticas, pero perder la capacidad de unir los puntos, de preguntarnos por las causas, de escuchar al otro, de distinguir entre emoción y argumento. En ese contexto, escribir en la Hoja del Lunes me ha permitido detenerme. Y detenerse, hoy, es casi un acto educativo.
Detenerse no significa quedarse quieto ni refugiarse en la nostalgia. Significa mirar con atención. Significa no aceptar que los problemas complejos se resuelvan con frases perfectas para ser mostradas en las redes sociales. Significa recordar que detrás de cada debate hay personas concretas: adolescentes que sufren en silencio, docentes agotados, familias que no saben cómo acompañar, mayores que se sienten invisibles, mujeres que viven con miedo, jóvenes que buscan referentes, profesionales que intentan sostener servicios, asociaciones que trabajan sin demasiado foco, ciudadanos que necesitan comprender el mundo sin que nadie los infantilice. La Hoja del Lunes, cuando abre sus páginas a estos temas, no solo informa o entretiene, también educa la mirada.
Y aquí conviene detenernos en una idea que me parece fundamental: toda publicación educa, aunque no se lo proponga. Educa por los temas que selecciona, por el tono que utiliza, por las voces que legitima, por la forma en que trata el desacuerdo, por la importancia que concede a la cultura, por la manera en que mira a su entorno. Un medio de comunicación no es únicamente un canal de contenidos. Es una escuela informal de ciudadanía. Enseña qué merece la pena que se le preste atención y qué puede ser tranquilamente ignorado. Enseña si la vida, a una escala local y cercana, tiene dignidad o si todo lo importante parece ocurrir siempre lejos. Enseña si la opinión consiste en descalificar o en argumentar. Enseña si el lector es un consumidor voraz de contenidos o una persona capaz de pensar y reflexionar de forma activa.
Por eso me gusta la Hoja del Lunes. Porque, con sus límites, sus ritmos y su estilo propio, conserva algo que no deberíamos perder: la confianza en la inteligencia del lector. No todo texto tiene que ser breve hasta la mutilación. No toda reflexión tiene que convertirse en una lista rápida. No todo asunto debe reducirse a una frase impactante. Hay ideas que necesitan una respiración pausada, un contexto claro, unos matices que ayuden en el detalle y un cierto respeto por la complejidad. La pedagogía, igual que el periodismo, fracasa cuando confunde claridad con simplificación. Ser claro no es empobrecer la realidad y cambiar u ocultar la verdad. Ser claro es ayudar a reconocerla y verla mejor.
En mi caso, la Hoja del Lunes ha servido para dar visibilidad a temas que forman parte de mi profesión y de mi vocación: la educación como herramienta de prevención, la convivencia escolar como responsabilidad colectiva, el acompañamiento emocional como necesidad social, la violencia como fenómeno que no aparece de la nada, la adolescencia como etapa vulnerable y poderosa, la escuela como lugar donde se juega una parte decisiva del futuro. Me ha permitido escribir sobre lo que ocurre antes del titular: la broma que humilla, el silencio del grupo, el control disfrazado de amor, la soledad que no hace ruido, el algoritmo que educa sin pedir permiso, la familia que comunica incluso cuando calla, el aula que puede ser refugio o escenario de daño.
No escribo sobre estos temas porque estén de moda. De hecho, cuando un problema educativo se pone de moda, conviene desconfiar un poco del modo en que la conversación pública lo trata. Durante unos días, todo el mundo opina; después, la urgencia se desplaza hacia otro asunto. La educación, sin embargo, no funciona por oleadas de indignación. La convivencia no mejora porque un tema sea tendencia. La prevención no se construye con un cartel anual, una charla aislada o una campaña que tranquiliza más a quien la organiza que a quien la necesita. Se construye con continuidad, con coherencia, con jóvenes y adultos formados, con instituciones que escuchan, con familias implicadas y con medios que ayudan a mantener viva la conversación cuando el foco mediático ha desaparecido.
En ese sentido, la Hoja del Lunes representa una forma de permanencia, de presencia, de llamada a una sociedad en calma que necesita ser despertada. Y la permanencia, en una época obsesionada con la novedad, tiene un valor profundamente crítico. Permanecer no es resistirse al cambio, sino impedir que seamos arrastrados por cualquier corriente. La prolífica vida de la Hoja del Lunes demuestra que una cabecera con historia puede habitar la tecnología sin perder su alma. No se trata de elegir entre papel y pantalla como si estuviéramos ante una guerra sentimental. Se trata de preguntarnos qué hacemos con la pantalla. Podemos usarla para dispersarnos o para encontrarnos. Podemos llenarla de ruido o convertirla en archivo, memoria y conversación. Podemos aceptar que todo sea instantáneo o defender que también en lo digital cabe la pausa.
La Hoja del Lunes tiene, además, una virtud que quizá no siempre valoramos lo suficiente: no habla desde ninguna torre lejana. Habla desde Alicante, desde su provincia, desde una tradición periodística concreta, desde una asociación profesional que sabe que la palabra pública tiene consecuencias. Y lo local, en contra de lo que algunos piensan, no es pequeño. Lo local es donde la vida ocurre. La educación de un adolescente no sucede en abstracto, sino en un centro, en un barrio, en una familia, en un grupo de iguales, en una plaza, en una pantalla que lleva en el bolsillo mientras camina por una calle concreta. La cultura no vive solo en grandes discursos, sino en personas que crean, enseñan, organizan, cuidan, recuerdan y participan. La democracia no se defiende solo en los parlamentos, sino también en las conversaciones de una comunidad que no renuncia a informarse y a reconocerse.
Por eso me preocupa tanto la fragilidad del periodismo local y asociativo. Cuando desaparecen los espacios de proximidad, no solo perdemos noticias, perdemos tejido. Perdemos relato compartido. Perdemos la posibilidad de que muchas voces que no pertenecen al centro del poder puedan ser escuchadas. Perdemos una parte de la memoria colectiva y cotidiana, esa que no siempre entra en los grandes archivos pero que explica cómo vive una ciudad, qué teme, qué celebra, qué olvida, qué necesita. Una sociedad sin medios cercanos se vuelve más pobre, aunque tenga fibra óptica, redes sociales y miles de canales de televisión. Puede tener más información disponible y, al mismo tiempo, menos conversación significativa.
La crítica también debe dirigirse a nosotros, los lectores y colaboradores. No basta con lamentar la crisis del periodismo si después no leemos, no compartimos, no apoyamos, no cuidamos los espacios que aún sostienen una conversación honesta. Nos hemos acostumbrado demasiado a la gratuidad absoluta de los contenidos, como si escribir, editar, seleccionar, coordinar, revisar, publicar y mantener una cabecera no exigiera dedicar tiempo, mantener un criterio claro y establecer un compromiso fiel con la sociedad en la que nace. Detrás de cada número hay mucho trabajo visible e invisible. Hay llamadas, correos, decisiones, fotografías, maquetación, dudas, correcciones, renuncias y una voluntad colectiva de que el lunes vuelva a existir. Celebrar los 500 números debería servir también para tomar conciencia de esa tarea.
La invitación de Rosalía Mayor, presidenta de la APPA, y de Marisa Ayesta, redactora jefa, tiene algo que va más allá de una petición formal. Cuando alguien te pide un artículo “con todo el cariño y toda la ilusión del mundo”, está recordando que los medios también se sostienen con vínculos. La profesionalidad no está reñida con la calidez. De hecho, una publicación como la Hoja del Lunes existe porque hay una comunidad de personas que creen en ella: quienes la editan, quienes escriben, quienes leen, quienes comentan, quienes la recomiendan, quienes la conservan en la memoria, quienes la descubren por casualidad y vuelven.
En mi relación con la APPA y con la Hoja del Lunes he encontrado una oportunidad para unir dos dimensiones que a veces se presentan separadas: la reflexión profesional y el compromiso ciudadano. Como investigador, pero sobre todo como divulgador educativo, no me interesa escribir solo para especialistas, aunque los especialistas sean necesarios. Me interesa tender puentes. Traducir problemas complejos sin vaciarlos de contenido. Acercar la investigación, la experiencia y la sensibilidad pedagógica a personas que quizá no trabajan en educación, pero que educan todos los días: las madres, los padres, los abuelos, los periodistas, los responsables públicos, los monitores, los entrenadores, los vecinos, los ciudadanos. Porque educar no es solo impartir clase. Educar es influir en la forma en que alguien mira la vida, se relaciona, se comunica, cuida, decide y convive.
La Hoja del Lunes ha sido para mí un lugar donde poder insistir en esa idea: la educación no pertenece únicamente a la escuela. La escuela es esencial, pero no puede cargar sola con todas las fracturas sociales. Pedimos a los centros educativos que resuelvan la violencia, la desigualdad, la salud mental, la convivencia digital, la inclusión, la falta de límites, la desmotivación, la soledad y hasta la crisis de atención, pero muchas veces no les damos ni el reconocimiento ni los recursos ni la alianza social que necesitan. Un medio que permite hablar de estas cuestiones está contribuyendo a algo importante: sacar la educación del rincón técnico y colocarla en el centro de la conversación pública.
También me ha permitido escribir desde una perspectiva que intenta no caer en el pesimismo paralizante. Es verdad que vivimos tiempos difíciles. Hay violencia, polarización, cansancio, superficialidad, desigualdad y una preocupante tendencia a confundir opinión con ataque. Pero la pedagogía no puede limitarse a diagnosticar el desastre. Debe abrir posibilidades. Debe recordar que siempre hay una palabra a tiempo, un adulto que escucha, un grupo que protege, una institución que puede mejorar, una familia que puede aprender, un adolescente que puede cambiar, una comunidad que puede organizarse. La esperanza no es ingenuidad cuando se acompaña de trabajo. La esperanza es una forma de responsabilidad.
En los artículos que he publicado o que he querido publicar en la Hoja del Lunes late siempre la misma preocupación: qué tipo de sociedad estamos enseñando a ser. Porque educamos incluso cuando creemos que solo estamos opinando. Educamos cuando hablamos de las mujeres, de los jóvenes, de los mayores, de las personas vulnerables, de quienes piensan distinto. Educamos cuando toleramos la humillación como espectáculo. Educamos cuando convertimos el sufrimiento ajeno en contenido. Educamos cuando compartimos una noticia sin leerla. Educamos cuando tratamos la cultura como adorno y la educación como gasto. Educamos cuando dejamos que la prisa decida por nosotros.
Frente a todo eso, un artículo largo puede parecer poca cosa. Una columna de opinión, un gesto mínimo. Pero las sociedades también se construyen con gestos mínimos mantenidos en el tiempo. Quinientos números no son un grito aislado, sino el ejemplo de la constancia. Y la constancia tiene una fuerza que no siempre se ve desde fuera. En educación lo sabemos bien: casi nada importante ocurre de golpe. La confianza se construye conversación a conversación. La convivencia se mejora gesto a gesto. El pensamiento crítico se cultiva lectura a lectura. La sensibilidad se despierta historia a historia. Tal vez por eso me parece tan coherente celebrar este número 500 no solo mirando hacia atrás, sino preguntándonos qué lunes queremos construir a partir de ahora.
Me gustaría que la Hoja del Lunes siguiera siendo un espacio donde la provincia se piense sin complejos. Donde la educación no aparezca únicamente cuando hay un conflicto. Donde la cultura sea tratada como alimento y no como relleno. Donde la memoria no sea una vitrina inmóvil, sino una herramienta para comprender el presente. Donde la tecnología se mire con criterio, sin fascinación ingenua ni rechazo automático. Donde las asociaciones, los profesionales, los creadores, los docentes, los investigadores, los periodistas y la ciudadanía encuentren un lugar para cruzar miradas. Donde se pueda disentir sin destruir. Donde escribir siga siendo una forma de servicio público hacia la ciudadanía.
Porque escribir para la Hoja del Lunes, al menos para mí, tiene mucho de servicio. No en un sentido grandilocuente, sino sencillo, ya que se pretende poner una reflexión a disposición de los otros. Ofrecer palabras que quizá ayuden a alguien a comprender mejor una situación, a iniciar una conversación en casa, a mirar de otra manera a un alumno, a no minimizar una señal de violencia, a pensar antes de compartir, a valorar la importancia de la convivencia, a recordar que la educación es una tarea común. A veces no sabemos quién lee, ni cuándo, ni con qué efecto. Pero esa incertidumbre no le resta valor a la escritura. Al contrario, la hace más humilde.
El número 500 llega en pleno verano, ese tiempo en que parece que todo se detiene un poco, que las ciudades cambian de ritmo y que incluso las preocupaciones se tumban a la sombra durante unas horas. Que ese número permanezca fijo durante agosto es algo más que un símbolo. Mientras descansamos, la palabra queda ahí. Mientras algunos se van de vacaciones, la memoria sigue disponible. Mientras el curso se interrumpe, la conversación espera. Quizá sea una buena imagen de lo que significa una cabecera con historia: no exigirnos atención constante, pero estar cuando volvemos. No invadir, pero permanecer. No imponerse, pero ofrecerse.
Celebrar la Hoja del Lunes es celebrar también a quienes han entendido que el periodismo no es solo contar lo que pasa, sino ayudar a una comunidad a no perderse dentro de lo que pasa. Es celebrar a quienes sostienen una publicación cuando sería más fácil dejarla caer. Es celebrar a quienes creen que Alicante y su provincia merecen relatos propios, pensamiento propio, memoria y voces propias. Es celebrar la continuidad de una tradición que ha sabido atravesar épocas, formatos, interrupciones y transformaciones sin renunciar a su nombre ni a su sentido.
Pero toda celebración verdadera contiene una exigencia. No podemos conformarnos con decir “qué bonito haber llegado hasta aquí”. La pregunta importante es qué haremos para que los próximos 500 números tengan sentido. Qué temas nos atreveremos a mirar. Qué silencios romperemos. Qué voces incorporaremos. Qué debates elevaremos. Qué errores corregiremos. Qué lectores jóvenes seremos capaces de atraer sin traicionar la profundidad. Qué relación construiremos entre periodismo, educación y ciudadanía en una época que necesita más criterio que nunca. La mejor manera de honrar una historia no es embalsamarla, sino continuarla con honestidad.
Por mi parte, escribir en la Hoja del Lunes me ha recordado que la divulgación educativa no termina en el aula, ni en una conferencia, ni en un informe, ni en una formación. También sucede en un periódico digital de provincia, un lunes cualquiera, cuando alguien abre un artículo quizá sin saber exactamente qué busca y se encuentra con una idea que le acompaña durante el día. Tal vez esa sea la mayor aspiración de quienes escribimos: no imponer una conclusión, sino dejar una pregunta fértil en la que arraigue la reflexión. No cerrar el pensamiento, sino abrirlo. No llenar el ruido con más ruido, sino ofrecer una pausa.
Por eso, en este número 500, mi gratitud va más allá de la cortesía. Es una gratitud consciente, crítica y esperanzada. Gracias a la Hoja del Lunes por sostener un espacio donde todavía se puede escribir con calma. Gracias a la APPA por mantener viva una cabecera que forma parte de la historia periodística alicantina. Gracias a quienes editan y coordinan cada número con una mezcla admirable de oficio, paciencia e ilusión. Gracias a quienes leen, porque ningún medio existe del todo hasta que alguien lo recibe. Y gracias, especialmente, por permitir que la educación, la convivencia y la dignidad de las personas encuentren aquí un lugar desde el que seguir llamando a la puerta de la conciencia pública.
Quizá dentro de unos años alguien mire este número 500 como hoy miramos otras huellas de la historia de la Hoja del Lunes. Tal vez vea nombres, fechas, fotografías, artículos de opinión, temas de una época, preocupaciones que cambiaron y otras que siguieron doliendo demasiado. Ojalá también vea algo más: una comunidad que no se resignó a perder la palabra. Porque cuando una sociedad pierde la palabra serena, pierde también parte de su capacidad de cuidarse. Y cuando una publicación ayuda a recuperar esa palabra, aunque sea una vez por semana, aunque sea desde la modestia de un lunes, está haciendo mucho más que publicar. Está educando. Está acompañando. Está recordándonos que todavía podemos pensar juntos.













Más que un artículo es una lección magistral.
Ramón, viniendo de ti, esas palabras son un verdadero honor. Muchísimas gracias. La Hoja del Lunes merece precisamente eso, que la miremos con respeto, con memoria y con la responsabilidad de saber que sigue siendo un espacio necesario para pensar, contar y reflexionar. Un abrazo enorme.