Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Cuerpo a tierra

La dieta post navideña

Julia Roberts en "Caza de brujas", su última película. Fotograma de Sony Pictures.

Leo en estos días que a Julia Roberts le han llovido las críticas recientemente por su aspecto físico, a pesar de que siga siendo una mujer bella, elegante y estupenda. Algunos críticos —serán unos críos e idiotas, además— dicen que parece de setenta y seis en lugar de cincuenta y seis, lo que es absurdo, ofensivo y profundamente machista. Le alabo el gusto a la Roberts por no querer empezar a pincharse viva, como hacen muchas para tratar de frenar lo irremediable, desfigurándose con ello el rostro. La cara es el espejo del alma, dicen, y el saber aceptar el paso del tiempo es una decisión valiente y sabia en esta sociedad absurda del consumismo y el canto a la eterna juventud.

Todo esto me ha hecho reflexionar sobre el envejecimiento y, coincidiendo con ello —si es que las coincidencias existen—, y sin mediar palabra sobre el tema, mi prima Gin me manda precisamente hoy domingo, cuando suelo escribir mis columnas, un divertido artículo de Rosa Montero. En él cuenta que no se reconoce con los setenta y cinco años que tiene, sino que se siente como siempre, a pesar de que su cuerpo haya envejecido. Y es que, en el fondo, aunque cumplamos años seguimos siendo aquellos que con dieciséis quedaban con sus amigos para tocar la guitarra y enamorarse a la luz de la luna.

Las mujeres somos cuestionadas permanentemente por nuestro aspecto físico, cosa que no veo que les suceda a los hombres. Ellos pueden tener arrugas, canas a porrillo o perder pelo, estar más feos que un pie y echar tripa al modo Papá Noel, sin que nadie los mire mal por ello. Perfecto, estamos conformes con que no se la vean, con tal de que no nos dejen tuertas con el botón de su camisa, lanzado a presión por sus desafiantes lorzas. No nos importa. A nosotras, cuando nos gustan, nos gustan como son, y punto. Pues bien, algunos de esos mismos embarazados ven con desagrado y hasta se permiten el lujo de criticar nuestros michelines, cuando calladitos estarían mucho más guapos. O menos feos, vamos.

Las mujeres nos machacamos, pero bien, para poder cumplir con lo que se espera de nosotras -aunque, a veces, bajamos el listón de la exigencia y lo hacemos solo para poder seguir metiéndonos en nuestra propia ropa. Ni hablemos de los excesos navideños… ¡horror! Pasadas las fiestas nos torturamos con el ayuno intermitente, o nos ponemos a plan severísimo para mitigar el efecto polvorón, lo que se podría compensar con alguna dieta efectiva como la del cucurucho, o bien seguimos alguna de las revistas, como la concebida para perder dos kilos en tres días comiendo solo uvas. Cuánto embuste, por favor, si lo único que funciona de verdad es cerrar el pico de por vida, a lo que yo, al menos, me niego. Esa cervecita del domingo no la perdono por nada del mundo. Que se nos nota en seguida, lo de la dieta, digo, porque se nos pone una mala leche… que yo la dejaré mejor para el mes que viene. Procrastinando, que es gerundio.

En nuestra loca carrera por la belleza, las féminas nos machacamos con peluquería, maquillaje, la crema base, la hidratante de día, la de noche, la de quitarse el maquillaje —Señor, qué cruz—, y el gimnasio, al que apuntadas estamos, que por algo se empieza, así que habrá que ir algún día, digo yo. Ah, y las compritas para estar monas. Vámonos de rebajas, que aún queda saldo en la tarjeta. Total, para acabar poniéndonos siempre lo mismo, después de la movida de cambiar la ropa de invierno del armario que nos pegamos mi santa madre y yo hace un par de fines de semana, que esta vez casi nos pasamos de estación con tanto sarao y tanta fiesta. ¡Organización!

En fin, se hace lo que se puede, pero, señoras, hagan el favor de vivir, que son dos días. Sigan siendo ustedes mismas a los cincuenta, a los sesenta, a los setenta y mucho más, con su belleza en madurez, con su óvalo imperfecto, con sus patas de gallo y sus ojeras, porque son galones que nos hemos ganado a pulso. Cuídense sin arrasar con su expresión facial, hagan ejercicio sin machacarse y, sobre todo, sean felices, que es lo más importante y lo que aporta más belleza al rostro y al cuerpo. Mantengan el espíritu juvenil, la sonrisa y las ganas de vivir, que el guapo viene de dentro también. Y, si no, vean a Julia Roberts, mamá ejerciente de tres hijos y abanderada de la belleza natural y de la aceptación de la madurez. Ya lo dijo en Notting Hill, que ella era solo una chica delante de un chico, pidiéndole que la quisiera, y cumplió ese sueño sencillo como cualquier mujer normal. Eso es lo verdaderamente hermoso. Y, si ellos no lo entienden, o no les gusta, peor para ellos porque esos hombres, definitivamente, no nos interesan.

Mónica Nombela Olmo

Abogada.

1 Comment

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  • Reapareces como un Guadiana majestuoso, tajante pero comedida, sin inundar: moderada y exquisita: bella en el decir y acertada presentando a Julia Roberts como modelo de sensatez acumulando felicidad con el paso de los años.
    Releo eso de «aunque cumplamos años, seguimos siendo aquellos que con dieciséis años quedaban con sus amigos para tocar la guitarra y enamorarse a la luz de la luna» y me encanta.