Hay una luz peculiar en Andalucía cuando llega mayo. Una luz blanca, limpia, que cae sobre las aceras como un juicio. Bajo esa luz, los carteles electorales adquieren una franqueza que ningún discurso consigue: los rostros ampliados; las promesas impresas; la efímera ilusión de que esta vez —esta vez sí—, las palabras serán hechos.
Cuando atienda estas líneas será lunes. Otra vez lunes. O tal vez martes. Quién sabe. El hecho ineluctable será que cerca de casi siete millones de andaluces habrán votado. Se habrán aproximado a los electorales para aprobar o suspender a su preferencia política. Atrás quedarán las semanas donde los estrategas habrán calculado, con frialdad pitagórica, cuántos puntos les separa cada jugada de la victoria o del desastre. Según el barrio. Político, entiéndase.
Por ello, procedo a realizar un análisis politológico de la campaña andaluza para, a continuación esbozar, cual Michael Robinson, ‘el día después’ de los comicios y los escenarios y mensajes que escucharemos durante la semana postelectoral tras conocer el resultado del juego político.
Porque una campaña electoral, bien mirada, no es otra cosa que un juego. Salvando mucho las distancias. Distanciándonos mucho del salvamento. No en el sentido frívolo del término, sino en el sentido riguroso que John von Neumann, Oskar Morgenstern o John Nash dieron a esa palabra: un conjunto de jugadores, un conjunto de estrategias y una función de pagos que recompensa o castiga cada elección.
La Teoría de Juegos, nacida en las aulas de Princeton para descifrar la guerra fría y los mercados, tiene aquí, en las plazas de Jaén o en la alpujarra granadina, una de sus aplicaciones más vívidas y más crueles.
El dilema del prisionero con papeleta
Toda campaña parte de un dilema fundamental: cooperar con el elector ofreciéndole verdad y programa, o defeccionar apostando por el impacto emocional y la distorsión del adversario. La teoría predice. La experiencia, alegre o funesta, confirma. Cuando ambos contendientes defeccionan simultáneamente, el resultado es subóptimo para todos: el debate degenera en ruido, el electorado se desmoviliza o vota por ira, y la democracia pierde calidad. Sin embargo, la tentación de defeccionar es siempre poderosa, porque quien coopera en solitario queda expuesto al golpe del rival que no tiene escrúpulos.

Juanma Moreno ha jugado, en líneas generales, una estrategia de cooperación laxa. Candidato del Partido Popular con las encuestas a su favor —el barómetro del CENTRA publicado el 5 de mayo le sitúa entre 53 y 56 escaños, rozando la mayoría absoluta fijada en 55— se ha permitido el lujo de gobernar la campaña desde la meseta de quien no necesita arriesgar. Ha aparecido en un videoclip con la canción de fondo, ha inaugurado obras, ha cultivado la cercanía. Es la estrategia del jugador dominante: no ataque porque la posición ya es buena; no defecciones porque el margen lo protege.
En Teoría de Juegos, el jugador con ventaja puede permitirse la virtud de la moderación. El rezagado, en cambio, necesita que el tablero cambie de forma. Para eso, a veces, rompe las reglas de la partida.
La estrategia del jugador en déficit
María Jesús Montero llegó a esta campaña en la posición más incómoda que puede ocupar un jugador: detrás en las encuestas; con el partido fracturado por tensiones internas que vienen de lejos; cargando con el peso de representar en Andalucía a un Gobierno central que, en muchos hogares de la comunidad, se asocia a cesiones al independentismo catalán y a una gestión de la financiación autonómica percibida como parcial. El PSOE la situaba, según el mismo barómetro, entre 25 y 27 escaños, una cifra que hacía del Palacio de San Telmo un horizonte ilusorio.

En tales circunstancias, la Teoría de Juegos describe con precisión clínica el menú de opciones disponibles. El jugador rezagado puede intentar cambiar la función de pagos —esto es, modificar los temas de los que se habla para que sus fortalezas sean relevantes— o puede apelar a la emoción para desestabilizar al rival. Montero ha intentado ambas cosas, y en ambas ha encontrado dificultades.
El intento de cambiar los temas fue la apuesta por la sanidad pública. «Vota sanidad pública» repitió la candidata como un mantra en mítines, cartelería y mensajes de campaña. Era una jugada razonable: la sanidad es un terreno donde la izquierda, cree, tiene credenciales históricas y donde el electorado más sensible podría movilizarse. Pero la ejecución de la estrategia revistió formas que generaron una polémica que dañó más al emisor que al receptor: llamadas telefónicas masivas a andaluces que comenzaban imitando el tono y el lenguaje del Servicio Andaluz de Salud y terminaban solicitando el voto socialista. El Partido Popular denunció la práctica públicamente, exigiendo su retirada urgente. La candidata la defendió apelando a su legalidad, pero el marco mediático ya estaba construido: no se habló de la sanidad, se habló del engaño.
El error de señalización
La Teoría de Juegos presta particular atención a la señalización: los movimientos que un jugador realiza no tanto por su efecto directo sino por el mensaje que envían sobre su carácter y sus intenciones. Un político que señala honestidad y cercanía construye un capital de confianza que se acumula partida tras partida. Un político cuya señalización resulta contradictoria —que proclama la defensa del ciudadano mientras sus tácticas se perciben como manipuladoras— destruye ese capital en una sola jugada.
El debate del lunes 12 de mayo en Canal Sur deparó a la candidata socialista el episodio más costoso de toda la campaña. Al referirse a la muerte de dos guardias civiles —el capitán Jerónimo y el agente Germán, caídos el 8 de mayo durante una persecución nocturna a una narcolancha en Huelva—, Montero utilizó la expresión «accidente laboral». La frase desató una indignación que cruzó todas las fronteras ideológicas: asociaciones de la Guardia Civil, familiares de las víctimas, y una opinión pública que en Andalucía tiene hacia el Cuerpo un afecto arraigado en décadas de presencia en el campo y en los pueblos. La candidata tuvo que salir a rectificar en redes sociales con urgencia, afirmando que se trataba de «muertes en acto de servicio».
Pero en la Teoría de Juegos, como en la vida, el error de señalización no se borra con la corrección: queda registrado en la memoria de los jugadores. Las palabras de campaña son contratos simbólicos. Cuando se rompen —aunque sea por torpeza, aunque sea sin malicia— el elector percibe que el candidato no gestiona bien lo inesperado. Y gobernar es, sobre todo, gestionar lo inesperado.
La sombra de Moncloa
Hay en esta campaña una asimetría estructural que merece atención. Moreno juega como candidato andaluz, con intereses andaluces, con un mensaje que puede territorializar. Montero juega como candidata andaluza pero con la sombra de Madrid proyectada sobre cada mitin: el peso de Pedro Sánchez, la deuda condonada que sus rivales denuncian como instrumento electoralista antes que como política de financiación, y el recuerdo vivo de que ni el presidente ni ningún miembro del Gobierno acudió al funeral de los guardias civiles de Huelva —la explicación oficial apuntó a una crisis sanitaria por hantavirus—, pero la ausencia resonó en el silencio de los pueblos onubenses.
En términos de Teoría de Juegos, esto equivale a lo que se llama un problema de principal-agente: Montero es agente de Andalucía, pero también agente de Moncloa; y cuando los intereses del principal nacional y los del electorado regional divergen, el agente queda atrapado en una posición imposible. El elector andaluz lo percibe: no vota a la mujer que tiene delante, vota también a la estructura que la sostiene. Y esa estructura, en este momento, genera sus propias resistencias en el sur.
Si hasta hace diez años la cuestión era por cuánto ganaría el PSOE andaluz, en estas elecciones la pregunta era si el Partido Popular revalidaba la mayoría absoluta o no. No se contemplaba, ni siquiera como posibilidad, un gobierno de la izquierda con M.ª Jesús Montero como inquilina de San Telmo.
El equilibrio de Nash y la jornada del domingo
John Nash demostró que en todo juego existe al menos un punto de equilibrio: un conjunto de estrategias tal que ningún jugador puede mejorar su resultado cambiando unilateralmente de posición, dado lo que hacen los demás. En política electoral, ese equilibrio es el resultado de las urnas. No siempre justo, no siempre eficiente, pero sí el único punto donde las estrategias de todos los jugadores se vuelven simultáneamente estables.
Las encuestas apuntaban a que Moreno lo habría encontrado en la cima, cerca o dentro de la mayoría absoluta. Pero las encuestas, como saben los estadísticos y los azarosos, son solo probabilidades: distribuyen los mundos posibles, no los colapsan en uno solo.

Lo que sí podemos decir, incluso antes de que la urna hablase, es esto: la campaña de Montero ha sido una lección involuntaria sobre los límites de la estrategia cuando el terreno es adverso. Ha intentado cambiar los temas y el resultado ha sido una polémica sobre sus métodos. Ha intentado emocionar al electorado y ha terminado por emocionar a sus adversarios. Ha jugado como jugadora en déficit cuando quizás debió haber jugado como líder de oposición constructiva, construyendo credibilidad para el siguiente turno.
Porque en política, como en los juegos repetidos que estudia la teoría, la partida de ayer domingo nunca es la última. Y quien pierde bien —quien pierde con argumento, con dignidad y con programa— puede ganar el derecho a sentarse de nuevo a la mesa cuando el tablero cambie.
La Teoría de Juegos puede explicar la campaña, pero el voto, en el fondo, sigue siendo un acto de confianza. Y la confianza, el alma de las cosas, no se calcula. Tampoco se negocia. Se gana o se pierde en cada palabra, en cada gesto, en cada silencio de una mañana de mayo. Un mayo, embrión de tauros y géminis, flores y luz, que nos regalará unos escenarios post-campaña dignos de esbozar a continuación.
‘El Día Después’
Hay un puerto de montaña, el de Despeñaperros, que los españoles del norte imaginan como frontera entre dos mundos. Tras el domingo 17 de mayo, lo que ocurrió al sur del puerto cruzó la sierra en apenas minutos y aterrizó en los teléfonos de Feijóo y de Sánchez con la precisión de un informe financiero. Porque Andalucía no es solo una elección autonómica. Es el termómetro más fiable de la temperatura política de España. Un termómetro ya recargado con los grados Celsius de Extremadura, Castilla y León y Aragón. El mercurio será amable, entonces, para unos. Asfixiante, o no, para otros.
Un escaño. Ese es el margen que separa dos relatos nacionales completamente distintos. No es una metáfora: la diferencia entre 54 y 55 diputados populares en el hemiciclo andaluz es la diferencia entre dos legislaturas, dos calendarios, dos Españas posibles hasta las, previsibles, elecciones generales de 2027.
Dos escenarios. Un solo final. Andalucía será gobernada, independientemente de la aritmética parlamentaria, por un bloque mono o bicolor de centro derecha.
Escenario I. Si Moreno hubiera obtenido la mayoría absoluta
Pensemos en el primer escenario: que Moreno hubiera superado los 55 escaños. Vox hubiera quedado como tercera fuerza sin capacidad de condicionar al Gobierno de la Junta. El PSOE habría registrado su peor resultado histórico en Andalucía. Y la noche del domingo, en la calle Génova, el PP habría celebrado un resultado que le pertenece a Moreno pero que inevitablemente se hubiera proyectado sobre Feijóo. El efecto nacional sería triple.
En primer lugar, el PP hubiera consolidado lo que los analistas llaman su «cinturón autonómico»: Madrid con Ayuso, Castilla y León, Comunidad Valenciana, Galicia, La Rioja, Murcia, Extremadura, Aragón y ahora una Andalucía que habría renovado su mayoría absoluta sin necesitar de ningún socio. Gobernar sobre la mitad del territorio nacional, con sus recursos institucionales, sus medios de comunicación públicos, su capacidad de convocatoria y su peso en el Senado, es una plataforma electoral de valor incalculable de cara a las próximas generales. Feijóo tendría la tentación —legítima— de leer el mapa andaluz como el preludio de una victoria nacional.
Quien controla Andalucía es muy probable que acabe controlando la nación. Sánchez y Feijóo lo saben mejor que nadie: lo que se ha jugado este domingo en los colegios andaluces es mucho más que un gobierno autonómico.
En segundo lugar, una victoria sin dependencias habría reforzado la figura de Moreno dentro del propio PP como el modelo de conservadurismo pragmático y moderado: el que gana sin Vox, el que construye mayorías amplias apelando al centro electoral, el que pesca en el caladero socialista sin espantar al votante urbano. Ese modelo podría tensionar el liderazgo de Feijóo, que en las generales de la siguiente convocatoria debería explicar si el camino es el de la moderación moreniense o el de la confrontación que algunos sectores del partido le exigen desde la tribuna de Génova.
En tercer lugar, y quizás más importante, la derrota histórica del PSOE en Andalucía pondría sobre la mesa en Ferraz una pregunta que ya nadie habría podido esquivar: ¿hasta cuándo puede Sánchez sostener su liderazgo nacional mientras su partido pierde, elección tras elección, la que fue durante cuatro décadas su principal fortaleza territorial? El PSOE ha perdido la hegemonía en Andalucía desde 2018. Una nueva derrota histórica, por debajo de los 30 escaños de 2022, significaría que en apenas ocho años el partido ha pasado de gobernar con mayorías absolutas a ser una fuerza de oposición testimonial en la comunidad más poblada de España. La presión interna sobre el secretario general sería inevitable, aunque Sánchez, que ha demostrado una capacidad de supervivencia política que ya no sorprende a nadie, intentará enmarcar el resultado como «la resistencia frente a la ola de la derecha» antes que como un fracaso de su proyecto.
En suma, Feijóo acumularía el mayor control territorial de la historia del PP en democracia. La narrativa de «la España que funciona» —autonómica, estable, sin pactos con Vox— se hubiera vuelto en argumento electoral de primera magnitud para las generales.
Moreno habría emergido como referente interno del «PP moderado», proyectando una tensión latente sobre el liderazgo nacional del partido y sobre el debate estratégico de cara a la siguiente convocatoria estatal.
Sánchez tendrá que afrontar la crisis, ¿otra más?, más grave de su etapa como secretario general: ha enviado a su número dos al mayor escenario autonómico del país y ha recogido el peor resultado histórico del partido. La pregunta sobre el «cuándo» de las generales se vuelve urgente.
Vox habría perdido su capacidad de presión institucional en Andalucía y habría quedado reducida a la oposición pura. Abascal hubiera tenido que recalibrar su discurso: sin acceso al poder autonómico en la comunidad que más le interesaba, su argumento de «partido de Gobierno» en el sur de España queda en suspenso. Ahora bien, podría haber recordado, como en Madrid, a ese argumento tan manido y en numerosas veces esgrimido por partidos a la izquierda del PSOE, como IU, cuando su resultado no es óptimo ni satisfactorio: ha ganado mi bloque, en este caso, la derecha. Sumarían porcentajes e instarían al inquilino monclovita actual a convocar a los españoles a las urnas. Ese argumento siempre sirve, o al menos parece que consuela, para vestir la derrota e insignificancia real de poder como una pírrica victoria.
Escenario II. Moreno no alcanzó la mayoría absoluta
Pensemos ahora en el segundo escenario, que es el que se ha dado: Moreno se ha quedado en 53 escaños. La aritmética cambia, y con ella cambia todo lo demás. Abascal ha sido taxativo: Vox no se abstendrá para facilitar una investidura cómoda. «En ningún caso», ha dicho el portavoz nacional José Antonio Fúster, añadiendo con una franqueza inhabitual en política que esperaba que al PP le faltasen «cinco o diez escaños». La negociación será, pues, real e incómoda.

El problema para Moreno —y para Feijóo, que es quien tendrá que asumir las consecuencias en clave nacional— es que un pacto con Vox en Andalucía no se puede aislar del contexto español. En Extremadura y en Aragón ya existe ese modelo: consejeros de Vox en gobiernos del PP, prioridades programáticas compartidas, una convivencia que los populares presentan como «acuerdos puntuales» y que la izquierda presenta como «normalización de la ultraderecha». Si ese modelo llega a Andalucía —la comunidad más grande, más visible, más mediáticamente relevante del país— el debate sobre la naturaleza del PP que aspira a gobernar España se vuelve inevitable.
Como Moreno no ha logado la mayoría absoluta y se ve obligado a encomendarse a Vox, Feijóo no podrá seguir presentándose como la alternativa moderada y de centro que el electorado del centro-derecha reclama. El PP-Vox en Andalucía sería el PP-Vox en España: ese es el verdadero significado de un escaño.
Moreno lo sabe, y por eso construyó toda su campaña sobre la apelación al «voto útil» y a la «estabilidad». Ha intentado que el miedo a necesitar a Vox funcione como movilizador de su propio electorado. Ha llegado a reconocer, por primera vez de manera explícita, que si pierde la absoluta «tendrá que gobernar» —la perífrasis es reveladora— con quien los números manden. Pero al mismo tiempo ha calificado la «prioridad nacional» de Vox como «efectista» y jurídicamente inviable, marcando distancias ideológicas que luego se verán puestas a prueba en la mesa de negociación.
En términos de política nacional, un PP andaluz forzado a pactar con Vox regala a Sánchez la única narrativa que podría salvarle de una derrota histórica: el relato del «PP de las dos velocidades», con un Feijóo que habla de moderación en Madrid mientras sus barones pactan con la ultraderecha en las comunidades. El presidente del Gobierno, que ha recorrido toda Andalucía en mítines y ha acompañado a Montero hasta el último acto, necesita un argumento que reduzca el daño de la derrota. El PP-Vox en Sevilla es ese argumento, servido en bandeja.
En suma, Feijóo se ve arrastrado a defender o a matizar un pacto con Vox en la comunidad más poblada del país, justo cuando intenta construir una imagen de alternativa de gobierno moderada y europea. La tensión entre el PP nacional y el PP autonómico se agudiza.
Vox recupera su papel de árbitro institucional en el sur de España y refuerza su argumento de ser «partido de gobierno necesario», exactamente el relato que le interesa de cara a las generales. Abascal tendrá la palanca que ha buscado durante toda la campaña.
Sánchez puede salvar parte del relato nacional: la derrota en Andalucía queda matizada por el argumento del «PP que necesita a la extrema derecha para gobernar». Es una derrota táctica que se intenta convertir en victoria simbólica, con vistas al calendario electoral que él mismo controlará.
Moreno, aunque sea presidente, pierde protagonismo e independencia. La legislatura la marcará la negociación permanente con Vox y el desgaste que esa negociación genera en su imagen de «hombre tranquilo» y gestor moderado.
El bastión socialista hecho escombros
Hay algo más profundo que estos dos escenarios inmediatos. Andalucía fue durante cuarenta años la columna vertebral del socialismo español. No era un accidente geográfico: era una elección. Los andaluces y PSOE habían construido una hegemonía que parecía eterna. El tipo de hegemonía que se convierte en paisaje. El paisaje que deja de notarse porque siempre ha estado ahí.
Ese paisaje cambió en 2018, cuando Moreno llegó al poder por primera vez. Pero fue en 2022, con la mayoría absoluta, cuando el cambio dejó de ser un accidente y se convirtió en estructura. Y aunque este domingo no se ha confirmado, con un PSOE por debajo de sus mínimos históricos, el cambio ya no será estructura: será ciclo. Y los ciclos políticos, cuando se consolidan, duran décadas.
Para el PP, la consecuencia de largo plazo de mantener el poder en Andalucía es la posibilidad real de construir la alternativa nacional más sólida desde los tiempos de Aznar. El cinturón autonómico, combinado con un buen resultado en las próximas municipales de mayo de 2027 y con el desgaste natural de cualquier gobierno nacional que lleva ya varios años en el poder, dibuja un horizonte en el que la alternancia en La Moncloa deja de ser hipótesis y empieza a ser calendario.
Para el PSOE, la consecuencia es más dolorosa porque es más estructural. No se trata solo de perder una comunidad, se trata de constatar que el partido ha perdido la capacidad de conectar con la mayoría de los andaluces en su propia lengua política: en la defensa de los servicios públicos sin que suene a retórica vacía, en el orgullo de lo andaluz sin que parezca apropiación, en la promesa de futuro sin que el peso del pasado gubernamental lo aplaste. Reconstruir esa conexión llevará tiempo, liderazgos nuevos y, probablemente, un debate interno que esta campaña ha dejado pendiente pero que Andalucía no perdonará que se posponga indefinidamente. Y gracias que existe el PSC. O tal vez todo se deba a primar al PSC.
El escaño que pesa lo que pesa España
Un escaño, como quien diría dos o tres. Un escaño es lo que puede separar dos mundos. La democracia tiene esa humildad extraña: los grandes destinos nacionales pasan por detalles insignificantes. Sánchez y Feijóo llevan semanas calculando sus estrategias con la frialdad de jugadores de ajedrez.
Pero al final, el tablero lo mueve un elector que quizás no ha pensado en la Teoría de Juegos ni en los equilibrios de Nash, sino en si la sanidad de su barrio funciona o no funciona, en si los guardias civiles que murieron en Huelva merecen algo más que una frase desafortunada, en si prefiere la estabilidad o el cambio. La confianza con memoria. La emoción con ilusión.
Y ese elector, ese hombre o esa mujer que sube las escaleras del colegio electoral con el sobre en la mano, tiene razón. Porque la política —la verdadera, no la que se diseña en los despachos— siempre acaba volviendo a eso: a la vida concreta; a las calles concretas; a los hospitales concretos. El resto es literatura. Literatura y Pedro Sánchez. Quien aventura que Sánchez adelante las elecciones generales tras el fiasco o descalabro, o ambas cosas, del PSOE andaluz, es saber más de Pedro Sánchez que Pedro Sánchez. Y Pedro Sánchez ha demostrado ser el uno. Y Uno, solo hay uno.











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