Trescientas... y pico

Enric Valor, una bandera y el virus de la intolerancia

Enric Valor (Fuente: Revista Canelobre, número 37-38: Enric Valor, 86 anys, 1997).

Quizás haya algo más grave, más peligroso y destructivo que la propia censura, y ese algo podría ser la autocensura. A aquella se la ve venir, se la puede reconocer y combatir, denunciar, puede ser incluso en determinadas situaciones motor de creatividad, mientras que esta segunda el miedo a decir, a hacer, a decidir, a pensar– es tan dañina que su sola sombra es ya en sí misma la constatación de que el cadáver de la libertad está putrefacto. ¿Es compatible la autocensura con la democracia? De eso van estas palabras. Y de Enric Valor y de una bandera que tampoco era.

La autocensura es, seguramente, tan destructiva para las comunidades en las que se instala, que las sociedades que se ven infectadas por ella les cuesta incluso reconocerla. Tan dañina es que bajo su manto de supuesta corrección solo puede crecer la mediocridad, quizás porque su trasfondo es casposo, cobarde, y nos habla de miedo y de derrota sin pelea y sin posibilidad siquiera de ejercer el derecho de réplica.

Vivimos, bien lo sabemos, tiempos revueltos y no es este el titular de un culebrón venezolano de principio de siglo. Los dos asuntos citados antes –Enric Valor y la falsa bandera republicana en el CP Voramar– que han sacudido en los últimos días la actualidad informativa, con réplicas hasta en el mismísimo Consejo de Ministros, pueden ser aparentemente hechos inconexos, pero tienen la misma raíz, más allá de su coincidencia en el tiempo y en el espacio geográfico en el que han sucedido: son fruto de la intransigencia y de una cierta xenofobia cultural si se permite la expresión. Y diríase que persiguen también un mismo y oculto objetivo: que el miedo y la autocensura acaben reinando entre nosotros, emponzoñando nuestras relaciones más cotidianas, nuestros gestos más comunes.

Patio del Colegio Voramar durante la actuación (Fuente: Perfil @ceipvoramar del Colegio Voramar en Instagram).

En el chusco y tristísimo caso de Mutxamel y la decisión inicial de su Ayuntamiento de retirar del callejero el nombre del escritor y lingüista Enric Valor nacido en Castalla (Alicante), uno de los máximos valores en la recuperación del valenciano, se trata seguramente de uno de esos asuntos en los que sus promotores han traspasado todas y cada una de las líneas de la decencia política para entrar de lleno en el museo de los horrores culturales.

Tal es la gravedad del oscurantista pensamiento que lo ampara y trata de justificar, tal la ignorancia que lo sustenta, tanto el odio que lo envuelve, que diríase que lo que hay detrás es simple y llanamente una vuelta a la barbarie incompatible con una sociedad que se dice democrática. Ni siquiera mejora el capítulo de los horrores la posterior y parcial rectificación del gobierno formado por PP-Cs y apoyado en la siempre útil muleta de Vox.

Pero si aquello es ya grave, el caso de la “falsa bandera republicana” en el patio del CP Voramar de Alicante durante el Día del Libro, es de traca de fiesta mayor, como lo es el amplificado eco prestado por algunos medios de comunicación que, sin contraste ni verificación alguna, tan prestos y deseosos parecen estar casi siempre de ser altavoz de unos hechos como de ocultar otros.

Pero es, además, más grave porque parte de una burda mentira, ya que los colores de las telas utilizadas en el patio del colegio no eran los de la bandera republicana, sino una burda manipulación a base de capas de Photoshop, y cuyo objetivo no es otro que extender el muro de la sospecha continua en el medio educativo. La creación, la educación, el arte, la cultura, la política, necesitan de un amplio margen de libertad y tolerancia para cumplir con su función esencial: hacer posible la convivencia y el respeto entre diferentes, sin matices, sin medias tintas, sin subterfugios. Lo otro, es el reino paralizante del miedo.  

El actor y director de cine norteamericano Clint Eastwood dirigió como sabemos en 2006 dos memorables películas sobre un mismo hecho histórico de la II Guerra Mundial: la batalla de Iwo Jima, un encarnizado y hasta puede que inútil episodio bélico por el control de un diminuto islote del Pacífico y en el que perdieron la vida unos veinte mil soldados japoneses y unos siete mil en el lado del ejército americano, trabajos con los que consiguió incluso el reconocimiento de la academia de cine japonés.

En una de estas cintas –Banderas de nuestros padres– el laureado director norteamericano pone el acento y el objetivo de su cámara al lado de los soldados norteamericanos para ofrecernos su punto de vista; y en la otra cinta –Cartas desde Iwo Jima– gira su cámara 180º y la hace coincidir con la visión que se debió tener del conflicto desde el lado de los soldados y kamikazes nipones, hasta el punto de que esta segunda película fue rodada íntegramente en japonés y es desde ese ángulo desde el que construye la historia del film.

¿Cuál sería aquí el lado bueno?, podríamos preguntarnos. La respuesta razonable debería ser, claramente, que ninguno lo es en realidad. Que ambos se complementan, que ambos, como casi siempre sucede, son necesarios para explicar la tragedia de lo ocurrido, más allá del maniqueísmo de unos y de otros. Pero seguramente, aquí, en España, en la Comunidad Valenciana, en Alicante, en Mutxamel, esos mismos políticos y medios de comunicación que han patrocinado, auspiciado y empujado los dos recientes affaires antes citados –Enric Valor y CP Voramar– no dudarían en condenar al cadalso y al olvido al propio Clint Eatswood si menester fuera. O, al menos, a una de las dos partes de su historia de Iwo Jima.

Es lo que hay. Porque para una parte de nosotros mismos solo sería correcta y aceptable una de las dos visiones de Eastwood. Y en esa ecuación, claramente, sobraría Enric Valor, como sobran las banderas que no son las suyas. Puro aviso a navegantes. Puro virus de la intolerancia y la autocensura habitando entre nosotros.

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Pepe López

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