Reportajes

Emiratos árabes, es oro todo lo que reluce

Museo del Futuro, Dubái (Fotografía: M.ª Rosa Mirasierras).

No he ido a Emiratos Árabes en busca del Emérito, sino para asistir al milagro de una civilización que tiene más o menos cincuenta años. La conocida como Costa de los Piratas en el pasado, en la península Arábiga, no es más que un desierto de los de verdad, con sus dunas móviles y sus camellos. Así era en 1960 cuando varias tribus nómadas dedicadas a la recolección de preciadas perlas, siempre recogidas a pleno pulmón, vieron aparecer los pozos de petróleo.

El Imperio británico se asentó en las primeras décadas del siglo XIX para controlar la piratería, llegando a constituir un protectorado que duraría hasta 1971, años en que les dio tiempo de descubrir reservas petrolíferas y poner a punto esta industria que fue inteligentemente absorbida por el jeque fundador de Emiratos Árabes Unidos (EAU), Zayed bin Sultan Al Nahayan, a quien se considera alma mater de este ingente proyecto. Él fue el visionario. Así constituyó la unión de siete poblaciones empobrecidas y que vivían en chozas hechas con hojas de palmera y que en la actualidad ocupan 86.000 kilómetros cuadrados.

Palacio presidencial de Abu Dabi (Fotografía: M.ª Rosa Mirasierras).

Aunque tienen autonomía política, judicial y económica, Abu Dabi, Dubái, Sharja, Ajman, Ras al-Jaima, Umm al-Caiwain y Fuyaira dependen de la última palabra del emir de Abu Dabi, que es el que tiene más reservas de petróleo. Es aquí donde el Emérito ha formado su hogar, no se sabe si desconocía que la mayor parte del año la temperatura puede alcanzar los 50 grados y nadie sale a la calle.

El actual presidente de este emirato, que cuenta con dos millones y medio de habitantes, Jalifa Bin Zayed Bin sultán Nahayan sigue con el proyecto visionario y ambicioso de su padre. Está claro que ambos pensaron que el dinero ha de servir para vivir como jeques, pero a la vez engrandecer a sus ciudadanos y transformar el país considerado más pobre del mundo en un emporio que mira al futuro; sobre todo energías renovables, carrera espacial, reutilización del agua del mar, educación gratuita para todos los locales (así se autodenominan los nacidos allí) no los trabajadores que acuden desde todos los países. La élite del país la constituyen doce familias riquísimas y 18 muy ricas que se casan entre ellos y no permiten intrusiones de extranjeros.

Mezquita de Abu Dabi (Fotografía: M.ª Rosa Mirasierras).

Abu Dabi posee un Museo del Louvre impresionante y el palacio presidencial de las Mil y Una Noches, Qasr al Watan, abierto al público en 2019 y donde se recibe con el más lujoso y refinado esplendor a los líderes extranjeros, desde el papa Francisco a la reina de Inglaterra. Creo que no he visto nada tan elegante en años. Está considerado como uno de los veinte mejores monumentos artísticos del mundo.

Además de su skyline neoyorquino, de su paseo de la Corniche francés, a lo largo de la extensa playa donde se bañan los trabajadores extranjeros entre parterres muy cuidados de césped y flores que se riegan con agua de mar reciclada, la ciudad cuenta con una de las más espectaculares mezquitas del mundo. Los mármoles, taraceas, filigranas y cúpulas impresionan a todo aquel que logra entrar tras cubrirse el cuerpo y el cabello totalmente.

Es marzo y ya hace mucho calor, en unas semanas estar por la calle será prácticamente imposible.

Lo más alto, lo más grande, lo más brillante

A una hora de Abu Dabi por una autopista casi siempre concurrida, se encuentra Dubái, emirato que ha apostado por la investigación, el futuro y el turismo. Allí hay petróleo, gas natural y una industria inmobiliaria y de construcción digna de encomio. Se celebra la feria de industria de viajes más importante del mundo, la Arabian Travel Market.

Zoco del Mercado del Oro (Fotografía: M.ª Rosa Mirasierras).

Como era de esperar es oro todo lo que reluce, desde el Mercado del Oro a los rascacielos, que pugnan por ser los más bellos o los más altos. Todo está impoluto gracias a los cientos de emigrantes indios, pakistaníes o de Bangladesh que, escoba y recogedor en mano, barren hasta el último grano de polvo. Allí compiten edificios diseñados por los más prestigiosos arquitectos, desde la famosa Vela (Burj al Arab), hotel de 7 estrellas inaugurado al borde del cristalino mar arábigo en 1999 que cuenta con una suite de 780 metros cuadrados. Desde 2.500 euros noche a 40.000, uno se puede dar el lujo de pernoctar con desayuno. Si te dejan entrar, un té cuesta 200 euros.

Hotel Burj Al Arab, Dubái (Fotografía: M.ª Rosa Mirasierras).

Emaar, la gran constructora estatal preside la mayoría de los edificios. Torres de apartamentos donde viven los profesionales extranjeros que nunca serán oficialmente aceptados, pero que en diez años vuelven a sus países forrados de dólares. La vida es cara, pero los sueldos son espléndidos y no se pagan impuestos. Otra cosa son los emigrantes indios o filipinos, que pueden alcanzar unos 600 euros al mes y son reclutados en sus aldeas para trabajar en la construcción o la limpieza. Se les ofrece alojamiento y manutención, pero en el extrarradio de las grandes urbes.

Apartamentos de Emaar. (Fotografía: M.ª Rosa Mirasierras).

No son ciudades para pasear, el coche es esencial para el desplazamiento, pero cuentan también con una red de metro sin conductor que circula al aire libre.

Torre Burj Khalifa, Dubái (Fotografía: M.ª Rosa Mirasierras).

Como todo es más grande o más alto, hay que subir al piso 124 de la torre Burj Khalifa, de 828 metros de altura y cuyos ascensores ascienden a 36 kilómetros por hora. Desde ese punto, Dubái aparece como un Manhattan árabe, con su famosa Palmera Jumeirah, con la que han casi doblado los kilómetros de litoral y donde viven ricos riquísimos. Hay chalets y torres de apartamentos, todo de una gran belleza y al fondo, como un marco triunfal de las Mil y Una Noches, el Hotel Atlantis, de 1.537 habitaciones.

Dubái invita al paseo por su Marina, recorrido alrededor de un brazo de mar rodeado de rascacielos luminosos. También a visitar su Dubái Mall, que como es normal, es el gran almacén más grande del mundo, con cascadas, acuario y la tienda de caramelos más extensa de la tierra.

Hotel Atlantis, en La Palmera (Fotografía: M.ª Rosa Mirasierras).

En marzo se clausura la Expo 2020 Dubái Internacional, un esfuerzo increíble donde el pabellón de España ha apostado por las nuevas tecnologías y la sostenibilidad; y si se va a Emiratos, no se puede dejar de ver su Miracle Garden, donde las petunias han ganado terreno a las dunas o recorrer el desierto, que está a la vuelta de la esquina.

Miracle Garden, Dubái (Fotografía: M.ª Rosa Mirasierras).

No se sabe cuánto durará el petróleo, pero es cierto que el plan estratégico del emir de Abu Dabi y del emir de Dubái no está estancado. Su último hallazgo, el Museo del Futuro, guarda en ese anillo maravilloso de letras árabes un plan: no ser sólo un edificio, sino la plataforma del talento, la innovación, la investigación, la ciencia y la tecnología. Dentro, 2.400 especies de plantas que esperan colonizar las dunas.

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M.ª Rosa Mirasierras

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