Trescientas... y pico

El túnel… con Aute al fondo

Imagen: Peter H.

De críos, bien podemos recordarlo, los túneles eran una puerta a la aventura. Apenas un hilo de miedo, porque siempre había una salida. Aparecían de pronto porque ya estaban ahí. Tenían su función de paso. De acortar distancias. Bastaba un cambio de luces temporal para atravesarlos. La aminoración de la velocidad de crucero. Hay otros que no fueron previstos. Que aparecen sin avisar. El covid-19 en el que andamos metidos estos días es, posiblemente, uno de estos últimos. Una gruta nunca antes descrita y cuyo final es una hoja en blanco. Eso lo sabemos. Por eso el miedo también es un derecho.

Sabemos aproximadamente cómo empezó, cómo llegamos, pero, difícilmente, podemos siquiera intuir cómo saldremos. A punto de enfilar la cuarta semana de silencio y oscuridad, podemos volver la vista atrás, sí, pero delante empieza a parecer un cierto vacío. El miedo a lo desconocido. Sabemos ya de algunas irreparables consecuencias. Las muertes anticipadas a su tiempo. Los millones de personas expulsadas como parias de su trabajo que ya están en las colas del paro y los que esperan. Son, muchos, víctimas sin cuidados paliativos. Las nuevas relaciones familiares que emergen. El teletrabajo que, dicen, ha venido para quedarse. Para cambiarlo todo y no sabemos si para bien. Pero la pregunta que angustia es otra: ¿Cómo saldremos? ¿Qué hay al final? De eso, solo teorías.

Oímos a los gurús pronunciar frases como salida en forma de“V”, de”L”, de “W”, de “U”…, convirtiendo el  abecedario en una sopa de letras de difícil digestión. ¿Y eso qué significa? ¿Es mejor? ¿Peor? ¿Quiénes serán, seremos, víctimas? ¿Quiénes preparan la rapiña del sufrimiento? Pura cartomancia. Adivinadores del pasado.

Oímos frases como hibernación de la economía, que pensamos eran propias del reino animal (¿seremos solo eso, animales?) en latitudes frías, que otros, como Paul Krugman, un pensador a contracorriente, tachan de palabras optimistas. Él prefiere hablar de “coma inducido”. La hibernación es volver a la vida que fue en todo su esplendor, pero un coma es otra cosa. Se sale o no se sale. Se puede vivir mientras alguien de fuera te mantenga la respiración asistida. Pero, ¿y si no hay nadie fuera? ¿y si el de fuera cae también? Es lo que deben sentir nuestros mayores, solos, aislados en sus viviendas, eso los que aún no se han ido. Otra pregunta: ¿qué significado tienen hoy  palabras como “último adiós”? Si hasta Aute se ha ido estos días aprovechando el silencio. Un mal presagio. Un aliado menos.

Y, luego, está el miedo al ruido de fuera. El bombardeo constante. Hay TV que más que telenoticias ofrecen telecoronavirus. ¿Era necesario? ¿Ayudan? Demasiadas preguntas para un pasadizo cuya salida no se atisba.

Ya digo. Desde tiempos inmemoriales, desde niños, aprendimos a cruzar los túneles que fuimos construyendo como pequeñas aventuras, victorias y derrotas encadenadas, porque ellos formaron parte de nuestro paisaje y nos acercaban a los otros. Lo peor de ahora es que no sabemos siquiera si esto es un túnel. Porque la luz al final cuesta de ver. Seguro que la hay, pero cuesta. Y el griterío que llega, la pelea por los despojos entre gobiernos, entre partidos políticos, la verdad, tampoco ayuda. Será que hemos perdido la inocencia. Nos quedan las palmas en los balcones. Los gestos de solidaridad. Y, claro, siempre nos quedará un poco de Aute. De sus ganas de libertad y de sus rosas en el mar.

Fotografía: Juan Manuel Hervás (Flickr).
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Pepe López

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