Sociedad

El científico mejor pagado del mundo

Steven Weinberg en 2008. Fotografía: Larry Murphy (Fuente: The University of Texas at Austin).

La ciencia, en general, es un mal negocio… para los científicos.

Si echamos la vista atrás, sólo una posición económica desahogada, un espíritu inquieto y una inteligencia sobresaliente lograban que el conocimiento fuera avanzando.

Y hacía falta al menos, la concurrencia de esas tres circunstancias que no son (y mucho menos eran) de las más comunes.

El gran (pero que muy grande) Arquímedes, en el mundo antiguo, dispuso de tiempo y recursos para desarrollar muchísimo más que el principio que lleva su nombre gracias a su parentesco con el tirano de Siracusa, Hierón II. 

Ya en tiempos más cercanos Darwin, Cavendish, Maxwell y otros muchos procedían de familias acomodadas o directamente ricas.

Buena parte de los que pudieron dedicarse a la investigación no tenían que ocuparse de su sustento. Claro que siempre hubo excepciones como Newton, Abel o Faraday, porque cuando el talento y la inteligencia son tan abrumadoras acaban despuntando, por pocas oportunidades que tengan.

La investigación, como decía al empezar no permitía ganarse la vida con “decencia” a sus protagonistas. Marie Curie recorrió un duro camino y el mismo Einstein, hasta que logró cierto reconocimiento, pasó mil penalidades. Incluso, siendo ya “Premio Nobel” (increíblemente sólo le dieron uno de los al menos cuatro que tenía merecidos) y toda una celebridad, trabajando en la Universidad de Princeton le obligaban a dar clases (cosa que detestaba) y hasta tenía que hacer “bolos” por aquellas “Américas” explicando esas teorías tan raras e increíbles que había desarrollado el hombre. Ya saben, que el tiempo transcurre de manera distinta según la velocidad o la gravedad a la que se esté sometido, que el espacio y el tiempo son dos aspectos de una misma naturaleza, la correspondencia entre masa y energía (la célebre E=mc2), que no se puede alcanzar la velocidad de la luz y un etc. muy largo…

Marie Curie visitando la Standard Chemical Company (Fuente: Wikimedia).

Pero como los tiempos avanzan que es una barbaridad, las cosas se miran hoy desde más puntos de vista. 

Por utilizar un ejemplo deportivo, que algo tendrá que ver con el “desenlace” de este escrito, ahora, ya no sólo valoramos al que marca el gol sino al que le facilitó el pase. Le llamamos asistencia (los de la NBA, siempre más “científicos” hace muchos años ya que contabilizan esos otros aspectos del juego que hacen culminar al rematador) y no son pocos los centrocampistas tan o más valorados que los goleadores. 

Los científicos (sobre todo los que se dedican a la ciencia fundamental) son esos abnegados “centrocampistas” que durante mucho tiempo hicieron posible el triunfo de sus equipos y la gloria de sus compañeros sin el reconocimiento de lo vital de su trabajo para la consecución de los objetivos. 

Un tal Thomson en 1897, intentaba comprender unos curiosos “rayos” cuando aplicaba tensión en los extremos de un tubo de experimentación. Pudo deducir que eran partículas portadoras de carga eléctrica por lo que lo denominó “electrones”. No tenía ninguna utilidad para ellos, pero acumuló datos y estudios sobre esas “cositas” tan novedosas ¿Imaginan nuestra vida sin electrónica? 

El mismo Albert Einstein (que estaba en todas las salsas), desarrollando la teoría de la incipiente mecánica cuántica en 1915, sugirió que como consecuencia de la nueva teoría habría una manera distinta de producir luz que “calentar cosas”. Y sería muy interesante porque la luz así obtenida sería de un único color (frecuencia) y vibrarían al unísono (coherencia) no como las fuentes conocidas que emiten en todos los colores a la vez y en todas direcciones como una bombilla. Convenientemente tratada, formarían un haz muy compacto, pero no se tenía ni idea de cómo materializar esa predicción de la teoría. En 1960 funcionó el primer Laser (como fue denominado por un acrónimo del inglés) y no fue hasta 1969 cuando se le encontró la primera aplicación industrial. Más de 50 años se tardó en “rematar” ese centro.

Ninguno de los pioneros ganó dinero por su descubrimiento. Pero al menos ya sí que se empezaba a gozar de prestigio y reconocimiento.

Alfred Nobel en 1896. Fotografía: AlphaZeta (Fuente: Wikimedia).

Y de prestigio va la cosa. Hoy, y ya hace algún tiempo, premios como los Nobel (ya sabía el viejo Alfred que esta gente andaba tan sobrada de sesera como de falta de medios), los Abel y Fields (Matemáticas) y otros muchos, van logrando que grandes científicos disfruten, no sólo del justo reconocimiento y prestigio sino también de una consideración económica acorde con sus méritos. 

Hay países (los más avanzados) donde las universidades miden su calidad por los logros de sus alumnos en su desempeño futuro. Tanto méritos académicos como los mencionados, altas magistraturas del estado o relevancia social. En el nuestro, he llegado a ver a algún rector blasonar del aumento de matriculados en sus aulas (como mérito)… aunque no faltan instituciones universitarias patrias que luchan por la excelencia con los medios (muy limitados) de que disponen.

Por otro lado, aumentan su atractivo hacia los alumnos incorporando a los mejores profesores que su economía les permite porque contratar a un “Nobel” por ejemplo, se cotiza ya hace algún tiempo.

Soy seguidor de contenidos científicos en general y en particular de varias tertulias que en formato “podcast” repasan la actualidad de estos temas. Hace unas semanas comentaron en una de ellas (Coffee Break, señal y ruido) una anécdota que ya había escuchado alguna vez, pero no tenía identificado al protagonista y va referido al título de este escrito. Hablaban de la reciente muerte de Steven Weinberg. Un destacadísimo físico con importantes contribuciones a la ciencia y a la divulgación. Su obra fue extensa, conocida y reconocida en su ámbito, llegando a recibir el Nobel por su colaboración al establecimiento del “modelo estándar de la física”. Un complicado sistema matemático que explica con gran precisión casi todas las partículas subatómicas conocidas, las interacciones entre ellas y, como es exigible en una buena teoría, ha sido capaz de predecir casi todos los resultados que la experimentación ha ido desvelando.

Weinberg trabajaba en una universidad californiana cuando fue galardonado. Andaba por entonces la Universidad de Austin buscando mejorar su plantel de profesores y le hizo una oferta interesante. Weinberg no le hizo ascos, pero puso una condición que consistía en que, dada su condición de “premio Nobel” y que sería el único en esa institución, debía cobrar, al menos, un dólar más que el que más cobrara de los contratados por la Universidad.

Los tejanos aceptaron dado que les resultaba asumible, introdujeron la cláusula convenida y Weinberg pasó a trabajar allí. Tiempo después, la Universidad de Austin decidió contratar a un entrenador muy cotizado para su equipo de fútbol americano. Como es sabido los contratos deportivos están, y nunca mejor dicho, en “otra liga”. Nuestro científico esperó pacientemente el cierre del contrato del entrenador y tan pronto como se sustanció se fue a los administradores con su cláusula en la mano. La cuestión era inequívoca Y fue así como un científico pasó a cobrar como una estrella del deporte. 

Con todo, no le fue mal a la universidad tejana. Weinberg fue un motor para la investigación y la docencia. Atrajo estudiantes brillantes y formó equipos que dieron unos resultados magníficos a la universidad de Austin y a la ciencia.

Valga esta anécdota para celebrar, al menos, una “victoria” económica de la ciencia sobre el deporte y, por supuesto, para homenajear a Steven Weinberg que nos dejó después de 88 años de brillantez académica e investigadora.

Si les gustan estos temas no dejen de leer alguno de sus libros de divulgación. Un buen ejemplo y obra maestra sería Los tres primeros minutos del Universo. Está escrito por un señor muy bien pagado.

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Juan José Martínez Valero

Nacido y criado en Melilla y afincado en San Pedro del Pinatar (Murcia) desde los 15 años. Dejé los estudios para desarrollar la empresa familiar de la que todavía vivimos. Muy aficionado desde siempre a temas científicos y de actualidad.

2 Comments

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  • Es interesante leer escritos eruditos sobre quienes hacen ciencia.Éste es uno de ellos.
    También lo es cuando se destaca la importancia de los científicos mediante el paralelismo con las estrellas del deporte.
    Se agradece la agilidad con que el autor desgrana el discurso que nos ofrece esa temática tan manida, por manoseada, entre las personas legas que recurrentemente sacamos a colación la injusticia y el agravio comparativo que supone que las personas que se dedican a la investigación, en cualquier campo del saber(medicina, farmacia, física, química, matemáticas, astronomía…) que hacen progresar a la humanidad, procurándoles salud, bienestar, etc, tradicionalmente,e incluso hoy, que la dotación de premios, patrocinadores, apoyos y sueldos son mayores, distan muchísimo del reconocimiento económico que se concede a los que “corren en calzoncillos” y dan patadas a un balón, en otro “campo”, y no del saber precisamente.
    Además del reconocimiento económico, dista la investigación de reconocimiento social acorde a la importancia de sus descubrimientos. Por citar uno reciente, el equipo de investigación del hospital Valle de Hebrón ha descubierto un fármaco que evita la metástasis del cáncer.
    ¿Alguien ha visto que la noticia haya sido titular de los medios de comunicación nacionales e internacionales?
    Pues eso.
    Nuestro mundo está carente de ciertos valores.
    Yo suelo adherirme al deseo de mucha gente : “sueño con que algún día la educación despierte la misma pasión que el fútbol”.
    Me encanta que el autor haya dedicado este artículo a un tema tan importante, y como es su costumbre en un estilo muy personal, en el que a partir de un hecho o cita inicial desarrolla una extensa introducción que concluye en una síntesis certera vinculada a su planteamiento de inicio.

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