Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

500 HdL

Amores de verano

Cristina Llorens.

En realidad, yo no quería hablar del amor. Lo que yo quería, en esta edición número 500 de la Hoja del Lunes, es hablar sobre escribir. Y sobre leer, claro, porque para qué habría una de escribir si no fuera para que alguien (ustedes, ahora) acabara leyéndolo.

Pero el verano tiene sus cosas y así, una tras otra, nos arrastra a la indolencia y nos atrapa en un dolce far niente profundo y reparador. Y, entre esas cosas descuidadas propias del estío, me he encontrado con los recortes que he ido recabando de una colección de relatos titulada “Amores de verano”. Un clásico de temporada, como el vino con casera, las siestas a la sombra, los baños de sol, o el olor a sal de las noches húmedas en una ciudad junto al mar.

Textos todos de autores de renombre, muy variados e interesantes en su planteamiento del amor, emocionantes unos, aburridos otros, previsibles, vulgares, incluso picantes, que de todo hay. O, al menos, eso creo. Porque, debo serles sincera, los he ido recogiendo como se recogen los puntos de las cajas de cereales: para nada, solo por si, porque un día, quizás, es posible que … Pero me he resistido a leerlos. Y me he resistido por dos motivos, oscuros ambos. El primero de ellos, por soberbia, pecado donde los haya, del que poco se habla y que tanto se gasta. La cuestión es que estoy segura de que son mejores que cualquier cosa que yo escribo. Dicho así podría parecer modestia. Pero si a la modestia le sumas ignorancia, la del ignorante que decide ignorar, deviene rápidamente en soberbia. Sí, soberbia, lo admito sin pudor. Al fin y al cabo, leer es un acto de generosidad infinita. Dedicar el tiempo y el esfuerzo a aceptar que otro te cuente algo, te instruya, te emocione, que pueda mover tu pensamiento y conmover tu espíritu, es de una generosidad infinita, sin duda. Y yo, este verano, no he podido rendirme a acto generoso alguno, y mucho menos al de leer: ni mi pensamiento está para movimientos bruscos, ni mi espíritu tiene capacidad para conmoverse más allá de la lágrima fácil al hilo del mal de amores ajeno de alguna peli de amor y lujo en la sobremesa pegajosa de la canícula. No está el ambiente, ni tiene una ya edad, para el trabajoso empeño de sobrevivir a bofetones a la vanidad subidos de temperatura. 

Y un segundo motivo, más oscuro, si cabe, que el anterior, es que no los he leído porque, sencillamente, yo no creo en el amor. Ni en los amores de verano, ni en los de navidad. No creo en el amor, y punto. Sin estacionalidad, sin concesiones, sin paliativos. No puedo dejar de preguntarme quién podría, sinceramente, creer que el sueño de sudar en compañía, piel con piel, bajo el ventilador de techo, o el que despiertan las luces refulgentes del espumillón mientras las contemplamos a dos, atrapados bajo la mantita del sofá, quién podría, digo, creer que van a durar más allá de la vuelta al cole o de las rebajas de enero. Siento decirles, y lo hago con pena, que yo no. 

Sin embargo, cosas de la vida, este ha sido, muy a mi pesar, porque yo no quería, de verdad que no quería, el verano del amor. Como uno de esos nidos que las golondrinas van construyendo poco a poco y, un día, los descubres colgando de la viga del porche, perfectamente ensambladas las piezas, con la sencillez de los materiales y la fuerza del ajuste de los elementos, así se ha instalado el amor en mi rutina veraniega, así se me ha instalado un amor de verano en el alféizar de la ventana. Pero no se emocionen, porque este ha sido el verano del amor … de mi vecino. Sí, mi vecino está enamorado, y su ventana está siempre abierta. Como el nido, abierto a que nos situemos en primera línea de voyeur y no dejemos escapar ni un detalle de su hermosa cotidianidad, de sus idas y venidas, de sus arrullos, de las palabras de ternura y hasta de las más prosaicas porque, incluso en el amor, el estómago pone sus condiciones.

Amor, le dice él cuando la despide en la puerta de casa, y ella se ríe, feliz de irse a trabajar la primera, porque luego lo llamará para ver qué hace, qué turno tiene hoy, y le contará que ha tenido que discutir con un compañero, y él le dirá, otra vez, amor, te admiro, amor, cuando te defiendes así, y ella le dirá te veo a la noche, que vaya bien hoy en el curro, amor.

Y, así, cada día, juegos de ordenador, pelis compartidas, poner la lavadora y tender, las risas de la intimidad calurosa, preparar una pizza para cenar, y algún amor más aquí y allá salpicando la conversación. Si no fueran tan hermosamente creíbles, pensaría que juegan a quererse y que un día, como en esos juegos de ordenador que comparten muchas tardes, la última pantalla les dirá, con letras a todo color, game is over.

El corazón contra todo, como en el poema de Gabriel Celaya, el corazón en el recuerdo que multiplica los ecos de lo que acontece al otro lado del patio de luces, dando al traste con la retahíla de razones que socavan la fe, devolviendo a la realidad la ilusión del roce de otra piel bajo el soplo de aire fresco al amanecer, restañando las heridas, dando nombre a la emoción, construyendo puentes con palabras. Porque algo tienen los amores de verano que en su previsible finitud alcanzan la eternidad. Aunque ellos no lo sepan. O quizás, precisamente, porque no lo saben.

Y así, sin querer querer, he terminado escribiendo sobre el amor. Porque ni escribir, ni leer, ni ninguna otra cosa se parece al amor. Y, que conste, por si alguien lo duda, que yo no siempre soy yo, que mis heroínas románticas duermen en las estanterías, que no conozco Florencia, que tengo la fortuna de que nadie haya osado nunca quitarme la voz, y que pocas veces pierdo la fe. Y mucho menos en el amor. Por eso escribo.

Cristina Llorens Estarelles

Bibliotecaria de la Escuela Europea de Alicante.
Subdirectora de Documentación Instituto Juan Gil-Albert (2015-2019).

3 Comments

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  • Al final me quedó con la duda de si crees o no en el amor. Me consuelo pensando que dudar es de sabios. Y con la seguridad de que ha merecido la pena leerte.