Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

Arder antes del fuego

Vista del casco urbano de Los Gallardos durante el incendio. Fotografía de Wcdde2 (fuente: Wikimedia).

Cada verano repetimos el mismo ritual. Miramos el termómetro, consultamos el nivel de alerta por incendios, leemos las noticias sobre los primeros desalojos y esperamos que el viento no cambie de dirección. Lo hacemos con una extraña mezcla de resignación y confianza, como si los incendios forestales fueran un fenómeno inevitable, una desgracia que simplemente toca cuando toca. Sin embargo, la actualidad de estos días vuelve a recordarnos que el fuego no empieza cuando aparece la primera llama. Empieza mucho antes.

Las dramáticas imágenes del incendio de Los Gallardos, en Almería, que ha provocado numerosas víctimas mortales, han conmocionado a todo el país. La tragedia ha reabierto un debate que también nos afecta de lleno en Alicante. Expertos de la Universidad de Alicante han defendido estos días que, durante episodios extremos de calor, sería razonable incluso cerrar temporalmente los parques naturales para evitar riesgos que hoy siguen infravalorándose. No es una propuesta popular, pero sí una reflexión nacida del conocimiento y de la experiencia. Al mismo tiempo, distintos municipios de nuestra provincia han restringido el acceso a espacios forestales ante el riesgo extremo de incendio, mientras la Generalitat ha activado los niveles máximos de preemergencia durante la ola de calor. Y con esto, todavía hay personas que plantean preparar una barbacoa para comer junto a la piscina… No somos conscientes del riesgo, sin ninguna duda.

Hay quien interpreta estas medidas como una limitación de la libertad. Yo creo exactamente lo contrario. Son la consecuencia de haber confundido durante demasiado tiempo libertad con ausencia de responsabilidad. Vivimos en una sociedad extraordinariamente preparada para reaccionar y sorprendentemente incapaz de prevenir. Invertimos enormes recursos cuando la emergencia ya se ha producido, pero mostramos muchas más dudas cuando se trata de adoptar decisiones incómodas antes de que ocurra la catástrofe.

La prevención nunca genera titulares en la prensa. Nadie inaugura un incendio que no ha sucedido. Nadie celebra una rueda de prensa porque un bosque ha llegado intacto al final del verano. El éxito de la prevención consiste precisamente en que no pasa nada. Y esa ausencia de espectáculo convierte la prevención en una de las políticas más difíciles de defender. Alicante conoce demasiado bien el valor de su patrimonio natural. La Serra Grossa, el Maigmó, la Font Roja, Mariola, la Serra Gelada, el Montgó, la Vall de Gallinera o la Sierra de Aitana forman parte de nuestra identidad tanto como nuestras playas o nuestro patrimonio histórico. Son paisajes que admiramos durante el fin de semana, pero que a menudo olvidamos durante el resto del año. Pensamos en ellos como espacios de ocio cuando, en realidad, son ecosistemas extraordinariamente frágiles.

La montaña en el incendio de Los Gallardos. Fotografía de Wcdde2 (Fuente: Wikimedia).

El problema no es únicamente el cambio climático, aunque sería irresponsable ignorar su influencia. Las olas de calor son cada vez más intensas y prolongadas. Las noches apenas refrescan. La vegetación acumula semanas de estrés hídrico. Todo ello convierte cualquier chispa en una amenaza potencial. Pero reducir el debate al clima sería una forma demasiado cómoda de eludir nuestras propias responsabilidades. También influye la falta de mantenimiento, la acumulación de vegetación seca, los vertederos ilegales, la escasa limpieza de algunos espacios forestales y la insuficiente gestión del territorio. Estos días hemos vuelto a escuchar denuncias sobre el estado de diversos enclaves naturales de la ciudad de Alicante, convertidos, según se ha advertido, en auténticos polvorines. Más allá del inevitable debate político, el problema de fondo merece una reflexión serena: la prevención exige continuidad, no actuaciones improvisadas cuando ya estamos en plena emergencia.

Existe además un factor cultural que pocas veces abordamos. Nos hemos acostumbrado a vivir bajo la lógica de la inmediatez. Queremos acceder a cualquier espacio natural cuando nos apetece, recorrer cualquier sendero, organizar cualquier actividad sin aceptar apenas restricciones. Si un parque natural se cierra durante unos días por riesgo extremo, muchos sienten que les están arrebatando un derecho. Quizá deberíamos empezar a entender que proteger un espacio natural también significa, en determinadas circunstancias, renunciar temporalmente a disfrutar de él.

La verdadera sostenibilidad no consiste únicamente en reciclar o reducir el consumo de plástico. Consiste también en aceptar límites. Y los límites nunca son populares. Esta reflexión trasciende incluso la cuestión de los incendios. Vivimos instalados en una cultura donde prevenir parece sinónimo de exagerar. Ocurrió con las sequías, con las inundaciones, con las pandemias y vuelve a suceder con los incendios forestales. Siempre encontramos argumentos para posponer las decisiones difíciles hasta que la realidad acaba imponiéndolas de la forma más dolorosa.

Quizá el verdadero reto de nuestra sociedad no sea, pues, disponer de mejores medios de extinción —que también— sino desarrollar una auténtica cultura de la anticipación. Educar en el riesgo. Comprender que algunas prohibiciones no nacen del afán de controlar a la ciudadanía, sino del deber de proteger aquello que pertenece a todos.

Porque un bosque que arde, tarda décadas en recuperarse. Alicante posee uno de los patrimonios naturales más valiosos del Mediterráneo. También uno de los más vulnerables. Nuestra economía, nuestro turismo y nuestra calidad de vida dependen mucho más de ese paisaje de lo que solemos reconocer. Tal vez por eso convenga dejar de preguntarnos únicamente cuántos medios tenemos preparados para apagar el próximo incendio. La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿estamos haciendo todo lo posible para que ese incendio nunca llegue a producirse? La diferencia entre ambas preguntas marca la distancia que existe entre una sociedad que reacciona y otra que realmente ha aprendido a cuidar de su futuro.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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