Hay noticias que no sorprenden porque, en realidad, las llevamos viviendo demasiado tiempo. La publicada ayer mismo en el diario Información sobre la falta de sombras en Alicante no hace sino poner cifras y argumentos a una sensación compartida por cualquiera que haya intentado recorrer la ciudad a pie en pleno verano. Lo que debería ser una evidencia urbanística se ha convertido en una asignatura pendiente que se repite año tras año mientras las temperaturas continúan subiendo y las soluciones siguen esperando.
El director del Laboratorio de Climatología de la Universidad de Alicante, Jorge Olcina, lleva años advirtiendo de una realidad que ya no pertenece al terreno de las previsiones, sino al de la experiencia cotidiana: el clima mediterráneo está cambiando y las ciudades deben adaptarse cuanto antes. No se trata únicamente de soportar algunos días más de calor. Hablamos de un incremento sostenido de las temperaturas medias, de noches tropicales cada vez más frecuentes, de olas de calor más largas y de espacios urbanos que actúan como auténticas islas térmicas.
Sin embargo, Alicante parece empeñada en actuar como si todo fuera igual que hace treinta años. Seguimos diseñando calles donde el hormigón, el asfalto y el pavimento absorben el calor durante horas para devolverlo después lentamente al ambiente. Seguimos inaugurando plazas donde el árbol es un elemento decorativo más que una infraestructura esencial. Seguimos entendiendo la vegetación como un adorno y no como un servicio público. Porque hoy un árbol no es solo un árbol, es una cuestión de salud pública. Se trata de un sistema natural de refrigeración, además de barrera contra la contaminación. Se trata de un refugio para las personas mayores, para los niños, para quienes esperan un autobús o simplemente desean caminar sin sentir que atraviesan un horno.
Las ciudades del siglo XXI ya no pueden permitirse el lujo de pensar únicamente en el tráfico o en la movilidad. Deben pensar también en el confort climático. El urbanista danés Jan Gehl, en Ciudades para la gente (2013), defiende que las ciudades deben diseñarse a escala humana, pensando primero en quienes las recorren caminando y no exclusivamente en quienes las atraviesan en automóvil. Una ciudad amable es aquella donde permanecer resulta agradable, no aquella de la que uno desea escapar cuanto antes.

Y, sin embargo, basta recorrer Alicante durante un mediodía de julio para comprobar hasta qué punto hemos olvidado esa sencilla idea. Lo más preocupante es que muchas de estas situaciones eran perfectamente previsibles. Sabíamos que llegarían temperaturas más altas. Sabíamos que la población iba envejeciendo. Sabíamos que cada verano sería algo más extremo que el anterior. Y, aun así, seguimos improvisando soluciones provisionales cuando el problema exige una planificación de décadas.
Resulta especialmente doloroso observar el estado de algunos jardines históricos de Alicante. El Monte Tossal, por ejemplo, con un enorme potencial como gran parque urbano, transmite en demasiadas ocasiones una sensación de abandono incompatible con la importancia que debería tener dentro de la ciudad. Lo mismo sucede con Lo Morant, uno de los mayores espacios verdes municipales, cuyo mantenimiento dista mucho de convertirlo en ese gran pulmón que Alicante necesita. No basta con plantar árboles el día de una inauguración, hay que cuidarlos, regarlos y mantenerlos. Porque un árbol tarda años en ofrecer la sombra que una ciudad necesita.
Existen ejemplos cercanos que demuestran que otra manera de hacer urbanismo es posible. El antiguo cauce del río Turia, en Valencia, constituye probablemente una de las transformaciones urbanas más inteligentes realizadas en nuestro país durante las últimas décadas. Lo que pudo convertirse en una autopista terminó siendo un inmenso corredor verde que hoy articula la ciudad, reduce el efecto isla de calor, fomenta la actividad física, mejora la biodiversidad y ofrece miles de espacios de sombra donde la ciudadanía puede convivir incluso durante los meses más calurosos.
No es casualidad que las ciudades que mejor calidad de vida ofrecen sean precisamente aquellas que han entendido que el verde no es un lujo presupuestario, sino una inversión. Las ciudades mediterráneas tendrán que asumir pronto un cambio de paradigma. Las calles deberán incorporar corredores verdes continuos; las plazas tendrán que priorizar la sombra frente al cemento; las cubiertas vegetales dejarán de ser una extravagancia arquitectónica para convertirse en una necesidad; los patios escolares deberán proteger al alumnado; las marquesinas del transporte público tendrán que diseñarse pensando en quienes esperan bajo cuarenta grados; los nuevos barrios tendrán que calcular no solo la edificabilidad, sino también el confort climático que ofrecerán dentro de veinte o treinta años.
Ya no urbanizamos únicamente para el presente. Tenemos que hacerlo para el clima que viene. Por eso resulta difícil contener una sonrisa cuando todavía escuchamos a algunos representantes de la extrema derecha europea y nacional negar la existencia del cambio climático. Debe de ser el único fenómeno físico capaz de desaparecer mediante una rueda de prensa. Mientras los termómetros baten récords año tras año, algunos siguen convencidos de que todo responde a una conspiración ideológica. Es una postura curiosa: basta salir cinco minutos a la calle a las tres de la tarde para comprobar que el calor no suele preguntar la orientación política antes de derretirnos.
Quizá Alicante no necesite más discursos sobre sostenibilidad. Necesita más sombra. Mucha más sombra. Porque una ciudad verdaderamente moderna no es, pues, la que inaugura más rotondas, ni la que pavimenta más plazas, ni la que acumula más proyectos en una presentación institucional. Es aquella en la que un niño puede jugar un mediodía de julio, una persona mayor puede caminar sin miedo a un golpe de calor y cualquiera puede cruzar una avenida buscando únicamente la siguiente sombra… sin tener que imaginar dónde debería haber estado el árbol que nunca se plantó.













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