Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

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“Un año y quinientos lunes”, lo que podría ser nuestra canción

Luis Marín Franco.

Yo tengo una profesión inventada que es la de ser escritor. Digo que es inventada porque no es remunerada ni aparezco en ningún registro de la Seguridad Social como tal. La gente que me rodea vive inmersa en un desconcierto porque les hago creer que soy profesor. Mi confusión no acaba aquí, porque puedo escribir sobre un teclado, pero también imaginando, lo cual es una ventaja para que nadie descubra a lo que verdaderamente me dedico. Me he propuesto tener una jefa, porque sin jefa uno no va a ninguna parte, además de que así me exige unos objetivos a los que he de atender. Mi jefa no sabe que lo es, por lo que no me presiona con los objetivos a conseguir. Por eso tenemos tan buen rollo, porque me la he inventado yo. Mi jefa, que es Marisa, no sabe que es mi jefa, pero sí que se llama Marisa, por lo que me deja a mi aire mientras escribo.

Por alterar la realidad, soy capaz de intercambiar hasta los días. Un martes escribo la reseña de un libro que me ha interesado y, acto seguido, mi ilusión decide que mañana no sea miércoles, sino directamente lunes para verlo publicado. Da igual el día que escriba. Mañana siempre será lunes. Nadie os había advertido de que ser escritor tiene este superpoder. Envío mi artículo y mañana ya está publicado en Hoja del Lunes. He de decir que nadie es perfecto y, a veces, mañana no siempre es lunes, porque no todos los deseos se cumplen. Es algo sin importancia porque independientemente de que los días, por la razón que sea, no se conviertan en lunes, yo siento más próximo que el lunes que todos conocemos, el convencional, el que sigue al domingo, se aproxima. A veces, esos domingos no son cenicientos ni desinflados, sino que son vísperas de algo bueno. Durante las horas de sueño que preceden al lunes, nadie desciende por la chimenea, y si lo hiciera habría que darle un garrotazo porque lo más probable es que fuera un maleante, repito, nadie baja por la chimenea, pero sí recibo del ciberespacio un mensaje directo a mi móvil que te avisa, con cierta alegría, de que ese lunes será diferente. Uno se levanta de la cama recuperando la gratitud e inocencia del que espera algún tipo de regalo. Huelga decir que puedo convertir cualquier día en la venida de Papá Noel. Se nota que Marisa es mi jefa imaginaria porque ella también tiene su superpoder, puesto que con sólo enviar un whatsapp curva mi gesto mohíno de madrugar en una radiante sonrisa.

Como me siento un impostor, nada más recibir el pistoletazo de salida que es su mensaje, releo perplejo el artículo que se ha publicado y que mi yo escritor había enviado. Me digo a mí mismo qué bonita es la profesión que me he inventado, aunque sospecho que nadie me lee. Lo digo sólo para mí, porque no quiero que se descubra mi tapadera. A partir de ese momento, la mañana del lunes toma otro tono más azulado. Me sorprende que mis compañeros del otro trabajo, del supuestamente real, lleguen con cara de lunes verdadero. No de mi lunes, sino de lunes que precede al martes y este al miércoles… Para ellos no existe diferencia con respecto a un lunes cualquiera, lo cual me sorprende que no hagan nada por revertirlo con, simplemente, inventarse una profesión. ¿Estaré siendo egoísta por no revelarles la posible solución? ¿Que quieres ser piloto de Fórmula 1?, pues genial. Ni hoy será lunes ni estarás en un aula que se caiga a pedazos. ¡Imagina que estás en Dubái, que tampoco es tan difícil! Ahí os lo dejo, por si alguno de vosotros aún no tiene una segunda profesión.

En realidad, mi superpoder sirve de poco si nadie al otro lado acepta este juego. Puestos a imaginar, me recreo en la posibilidad de un lector o lectora que se encuentra en su cocina de Alicante, paseando al perro en Altea o desayunando en su cafetería preferida de Elda. No los conozco, pero quiero creer que durante unos minutos hemos compartido mi secreto más preciado: que yo soy escritor. Junto con ello, unas impresiones sobre una lectura. Si lee el libro o lo evita es también un acto de libertad. Hoja del Lunes, a lo largo de estos quinientos números, ha permitido acercar estas conversaciones entre desconocidos. Y uno, no puede más que sentirse agradecido por ser partícipe de esta ilusión que siempre ha cultivado sin esperar verla realizada.

Intuyo, además, ahora que estamos siendo cómplices de un secreto, que esta extraña facultad por alterar el calendario, imaginar lectores que se encuentran al otro lado de la pantalla, ofrecer un espacio de creación y libertad para toda la provincia de Alicante es compartida por todos los que escribimos en Hoja del Lunes. Que incluso es tal la anomalía que la cocina de Alicante, la calle de Altea por donde un dueño pasea con su perro y la cafetería de Elda donde alguien desayuna pueden ser también un espacio que no entiende de distancias. Y ahí se encuentra ese lector que, quizás, ha conseguido también crear a su propio escritor imaginario que no es tal, pero que le lee y le ve convertir los martes en lunes, porque, tal vez, uno cree que sólo está escribiendo, del mismo modo que las personas responsables de Hoja del Lunes consideran que editan, simplemente, un semanario de información y opinión. Con la complicidad que estas líneas me han ofrecido, tengo que revelaros que no soy yo en quien recae esa habilidad de la que alardeaba. Que están siendo estas personas, quienes hacen posible Hoja del Lunes, las que han permitido alterar mi realidad y que lo que comenzó siendo algo íntimo y personal, hoy va camino de cumplir mi primer año con todos vosotros.

De modo que, si algún mérito tiene esta historia, no es tanto jugar con el calendario, sino permitir que alguien como yo, que sólo escribía para sí mismo, tenga aquí un lugar donde compartir sus impresiones. Por eso, después de quinientos lunes, que podría ser una canción de Sabina, sólo puedo desear que dentro de trescientas sesenta y cinco noches pueda escribir que “lo nuestro duró”. Si mi jefa quiere, claro.

Luis Marín Franco

Un lector. Mi propósito consiste en demostrar que la vida real únicamente se encuentra en la ficción.

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