Hace un par de años cayó en mis manos Vaselina (2021), la novela de la escritora argentina Graciela Scarlatto. Desde entonces, cada vez que vuelvo a pensar en ella —una conversación con el editor Manolo Gil me la devolvió a la memoria—, inevitablemente la relaciono con otras obras que hicieron de la multiplicidad de voces su principal herramienta narrativa. Pienso en El gust amarg de la cervesa (1999), de Isabel-Clara Simó, o en el monumental Cuarteto de Alejandría (1957-1960), de Lawrence Durrell. Todas ellas comparten una misma intuición: la realidad no puede ser comprendida desde una única mirada. Necesita de muchas voces, de perspectivas diversas, de relatos que se complementen, se contradigan o incluso se nieguen entre sí. Quizá por eso estas novelas resultan hoy más necesarias que nunca.
Vivimos en una época paradójica. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, pocas veces hemos estado tan expuestos a visiones parciales de la realidad. Las redes sociales nos ofrecen a menudo fragmentos descontextualizados, opiniones convertidas en certezas instantáneas y juicios emitidos con una velocidad incompatible con la reflexión. La lógica del algoritmo favorece los mensajes simples, las posiciones extremas y las explicaciones unívocas. Todo parece reducirse a una pregunta binaria: ¿quién tiene razón y quién no? La literatura, en cambio, nos recuerda que la vida rara vez funciona así.
Las grandes novelas corales obligan al lector a abandonar la comodidad de los prejuicios. Nos enseñan que detrás de cada acción existen motivaciones ocultas, heridas antiguas, circunstancias personales y contextos sociales que modifican por completo nuestra percepción de los hechos. Lo que para un personaje constituye una traición, para otro puede ser una forma de supervivencia. Lo que desde fuera parece una decisión incomprensible, adquiere sentido cuando conocemos la historia de quien la tomó.
En Vaselina, Scarlatto construye precisamente ese territorio de incertidumbres. Se trata de una novela coral, fragmentaria y estructurada mediante un eficaz montaje de voces y situaciones que van iluminando, poco a poco, una realidad compleja y áspera. Los personajes, como el indio Sinchicay o el complejo protagonista Gómez, aparecen y desaparecen, ocupan fugazmente el centro de la escena para luego cederlo a otros, como si la autora quisiera recordarnos que nadie posee el monopolio de la verdad. Cada uno aporta una pieza distinta del rompecabezas. Esa es quizá una de las mayores virtudes de Scarlatto: no construye personajes para agradar al lector. Tampoco pretende ofrecer héroes ejemplares ni villanos fácilmente identificables. Al contrario. Sus criaturas resultan incómodas, contradictorias, a menudo heridas por la vida y por sus propias decisiones. Y esa incomodidad es profundamente saludable. Porque nos obliga a reconocer algo que a menudo olvidamos: la realidad depende también del lugar desde el que se observa. Los orígenes familiares, la clase social, las experiencias acumuladas, los miedos y las expectativas condicionan nuestra forma de interpretar el mundo. No justifican cualquier comportamiento, pero sí ayudan a comprenderlo.
Fuera de la ficción encontramos ejemplos constantes de lo peligroso que resulta ignorar esta complejidad. Pensemos en algunos personajes públicos que han sido condenados socialmente en cuestión de horas a través de campañas virales, titulares precipitados o informaciones incompletas. En numerosas ocasiones, cuando las investigaciones judiciales o periodísticas avanzan y los hechos se esclarecen, la realidad resulta mucho más compleja de lo que parecía inicialmente. Sin embargo, el daño ya está hecho. La reputación de una persona puede quedar destruida para siempre, aunque posteriormente aparezcan matices, rectificaciones o incluso pruebas exculpatorias. La primera impresión se ha convertido en sentencia.
Por eso la literatura conserva una función cívica de enorme valor. Leer novelas como Vaselina nos entrena para desconfiar de las simplificaciones. Nos enseña a escuchar antes de juzgar. Nos recuerda que toda historia posee zonas de sombra y que la verdad suele encontrarse en la intersección de múltiples relatos. Scarlatto desarrolla esta propuesta con una escritura dura, inmediata y sin concesiones. Su universo conecta en muchos aspectos con los postulados del llamado realismo sucio: una literatura que no embellece la existencia ni protege al lector de sus aspectos más incómodos. Al contrario, lo enfrenta a ellos sin filtros. La violencia, la marginalidad, la frustración o el desencanto aparecen en sus páginas con una crudeza que evita cualquier tentación de sentimentalismo. Pero precisamente por eso sus personajes resultan tan humanos. La novela nos convierte en cómplices de todas esas voces dispersas hasta que, finalmente, logramos reconstruir una imagen más amplia de lo sucedido. No una verdad absoluta —quizá esa no exista—, pero sí una comprensión más profunda y más honesta de la condición humana. En tiempos de consignas rápidas y opiniones instantáneas, esa lección vale oro.
Por eso es una excelente noticia que la editorial valenciana Vincle publique este otoño una nueva edición revisada por la autora, después de la aparición original de la obra en Ediciones Simurg en 2021. Será una magnífica oportunidad, pues, para acercarse —o regresar— a esta pequeña joya de la narrativa contemporánea, una novela que nos recuerda algo esencial: que la realidad, como la buena literatura, siempre habla en plural. Para que dejemos de juzgar sin contrastar perspectivas.













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