Quienes me conocen bien me lo habrán oído contar alguna que otra vez. Mi primer pupitre escolar fue, tuvo que ser, una pequeña silla que tuve que llevarme de mi propia casa. No era el único. Para los benjamines que iniciamos aquel año la escuela era lo habitual. No había pupitres para todos. Entre otras muchas carencias, aquella pequeña silla era el exponente de un pasado gris y una posibilidad de futuro a la que agarrarse. Eso sí, una silla que te colocaba en un plano inferior al de los demás. Era, sin pretenderlo, una forma de empezar a mirar el nuevo mundo. Saber claramente dónde estabas y de dónde venías.
Eran, claro, los años sesenta. Una escuela rural y unitaria donde los alumnos (solo niños, las niñas, las que iban, lo hacían a otra escuela diferente, en otra pedanía) de todas las edades compartíamos espacio. Y no éramos pocos. Posiblemente no menos de cuarenta. Y sí, en invierno hacía un frío de verdad, no como ahora. De ese tipo de frío que ya no se olvida. Y para combatir el calor del verano había una fórmula mágica que consistía, básicamente, en que el calendario escolar terminaba antes y empezaba después que lo hace ahora.
El maestro de todos nosotros, don José, era valenciano, posiblemente bilingüe, pues el recuerdo de su habla así me lo hace pensar, aunque no podría afirmarlo del todo pues nunca le oí pronunciar frase alguna en idioma distinto al castellano. Era, sin duda, así lo recuerdo también, más que buen maestro. Capaz de moverse entre tanto alboroto como una mariposa con capacidad de atender al unísono a tanto capullo en flor. Todos aprendíamos, quizás porque los mayores enseñaban también a los más pequeños, en una cadena virtuosa cuya fórmula solo saben mezclar los buenos maestros, las buenas maestras. Solo así era posible el milagro. El milagro de la escuela. El milagro de querer saber y aprender.
Debe ser el recuerdo de aquel paisaje que les relato el que al consejero de Cultura de Madrid, un tal Mariano de Paco, le inspiró para decir lo que dijo. Embebido de una sonrisa entre hiriente y bobalicona tuvo su minuto de gloria al recordarnos a todos que el calor también puede inspirar. Y que él, que cursó estudios de EGB, precisamente en Murcia —y en Murcia cuando hace calor, hace calor— pasó la prueba con nota. No seré yo quien lo ponga en duda. Claro que sí, querido Mariano, como también sabemos que tanto inspiran las guerras, los desastres naturales, las muertes inesperadas, un trágico accidente, como sabemos de la vasta inspiración que supuso el Holocausto nazi o la que hoy supone el genocidio israelí en Gaza… Y justo por eso no vamos llamando a las puertas de las guerras y los desastres todo el rato para procurarnos buenas historias, para tener a mano una buena inspiración.
Yo, que también soy de Murcia, les aseguro que cuando oímos hablar a gente así, como este consejero, con ese tono de suficiencia bobalicona y de añejo señoritil, embadurnado de una falsa afectación de gente corriente, les aseguro que los podemos oler a distancia. Si por ellos —y por gente como ellos— fuera, los niños de Murcia, y los de Andalucía, Senegal, Extremadura, Marruecos, Argelia… Todos los niños que empiezan a ir hoy a la escuela pública, aún tendrían que seguir llevándose sus pequeñas sillas, asistir a clases con cuarenta alumnos o más, tener escuelas sin zonas climáticas. Todas esas moderneces las despachan ellos en un plis plas calificándolas de cosa woke y posmoderna. Para ellos, la escuela de esos otros niños, es un engorro al que no queda más remedio que atender, aunque solo sea de aquella manera. Y ya sabemos cuál es su manera. En Valencia, en Madrid, en Murcia…

Pero, ¿y las niñas? Si por ellos fuera las niñas aún estarían en sus casas. Haciendo punto, atendiendo las tareas de la casa, cuidándoles a ellos y a gentes como ellos, a los señoritos de Murcia. Serían, mayormente, mujeres con DNI rellenados con “sus labores” en el apartado ocupación. Para ellos, que aún tienen sueños húmedos con el mundo onírico de Los santos inocentes de Miguel Delibes, el mundo debería estar dirigido solo por gentes como ellos, señoritos ivanes (Juan Diego) en la película de Mario Camus. Y, si eso, pero ya en las afueras, todos los demás. Gentes como esos personajes que tan magistralmente interpreta —ese sí, gran señor de Murcia— Paco Rabal (Azarías), gentes como Terele Pávez (Régula) o Alfredo Landa (Paco “el bajo”). Nada nuevo. Al fin y al cabo lo que siempre se ha hecho. Lo que la tradición manda. El estado natural de las cosas. Ese mundo que se vislumbra al trasluz de las palabras del tal Mariano de Paco. Él, sí, viejo señor de Murcia.













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