Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

La emoción como fortaleza

Manuel Palomar recibe de la rectora Amparo Navarro la Medalla de Oro de la Universidad de Alicante (Fuente: UA).

Cuenta la mitología griega que Aquiles, el más poderoso de los guerreros, aprendió desde niño que mostrar vulnerabilidad era incompatible con la fortaleza. Su leyenda ha llegado hasta nosotros asociada a la valentía, al coraje y a la victoria. Sin embargo, también es la historia de alguien que reprimió durante demasiado tiempo el dolor, la pérdida y el afecto. Cuando finalmente dejó aflorar sus emociones, tras la muerte de Patroclo, ya era demasiado tarde: la ira había ocupado el lugar de la tristeza y la tragedia se había instalado definitivamente en su vida.

Quizá han pasado más de tres mil años desde aquel relato, pero seguimos arrastrando una enseñanza parecida. Admiramos la emoción cuando la vemos en otros, pero nos cuesta permitirnos expresarla. Nos conmueve una lágrima sincera, una voz quebrada o un silencio cargado de sentimientos, pero al mismo tiempo hemos aprendido a contenerlos, a esconderlos, a reducirlos a la mínima expresión. Pensaba en ello el pasado jueves durante el acto de concesión de la Medalla de Oro de la Universidad de Alicante a quien fue su rector entre 2012 y 2020, Manuel Palomar. Fue una ceremonia cargada de recuerdos. Allí estaban la rectora actual, Amparo Navarro, buena parte del equipo rectoral y muchas personas que compartieron aquellos años de trabajo intenso. A través de las imágenes elaboradas por el Taller de Imagen de la Fundación General de la Universidad de Alicante reaparecieron momentos decisivos: proyectos, logros colectivos y también etapas especialmente complejas, como la gestión de la pandemia y el confinamiento provocado por la COVID-19.

Los discursos ayudaron a reconstruir una parte importante de la historia reciente de la institución. Pero hubo un instante que destacó por encima de todos. Llegó al final de la intervención del homenajeado. Acostumbrado durante años a ejercer el liderazgo con serenidad y firmeza, Palomar dejó entrever una pequeña grieta en la coraza que inevitablemente acompaña a quienes ocupan responsabilidades públicas. Al recordar a sus colaboradores más cercanos y, especialmente, a su familia —su esposa, Ana, y sus hijos, Jorge y Pilar—, la emoción apareció con naturalidad. Duró apenas unos segundos. Fueron suficientes.

La voz se quebró levemente. El auditorio entendió de inmediato que aquello no formaba parte del protocolo ni de la retórica. Era verdad. Era humanidad. Y entonces llegó un aplauso atronador, largo, todos puestos en pie. Quizá la medalla reconocía una trayectoria. Pero aquel aplauso reconocía algo más profundo: a la persona que había detrás del cargo. Sin embargo, también ocurrió algo que sucede con frecuencia. La emoción apareció y, casi inmediatamente, todos colaboramos para devolverla a su sitio. La ceremonia continuó. Como si existiera un acuerdo tácito según el cual las emociones pueden asomarse un instante, pero no quedarse demasiado tiempo. ¿Por qué hacemos eso?

James Gross (Fuente: Stanford University).

La psicología lleva décadas estudiando esta cuestión. El investigador James Gross, profesor de la Universidad de Stanford y una de las mayores autoridades mundiales en regulación emocional, ha demostrado que la supresión emocional —el esfuerzo consciente por ocultar lo que sentimos— reduce la expresión externa, pero no elimina la emoción que experimentamos internamente. Es más, sus investigaciones sugieren que ese control constante puede tener costes cognitivos, fisiológicos y sociales. En otras palabras: ocultamos lo que sentimos, pero seguimos sintiéndolo. Y, además, nos alejamos un poco de quienes nos rodean. Quizá el problema esté en una vieja creencia cultural. Hemos asociado durante demasiado tiempo la emoción con la debilidad. Pensamos que quien llora pierde autoridad. Que quien se conmueve transmite inseguridad. Que quien expresa afecto deja al descubierto una fragilidad incompatible con el liderazgo.

Pero la experiencia cotidiana parece demostrar justamente lo contrario. Los líderes que recordamos no suelen ser aquellos que parecían invulnerables. Son quienes fueron capaces de mostrarse cercanos. Los profesores que dejaron huella no son necesariamente los más brillantes, sino los que hicieron visible su pasión por enseñar. Los padres, madres, amigos o compañeros que más admiramos suelen ser quienes nos permitieron conocer también sus dudas, sus miedos y sus emociones. La vulnerabilidad no destruye la autoridad; la humaniza.

Quizá por eso aquel instante vivido en el campus de Sant Vicent del Raspeig tuvo tanta fuerza. Porque durante unos segundos desaparecieron los cargos, los protocolos y las formalidades. Quedó únicamente una persona agradecida mirando hacia quienes habían compartido el camino con ella. Necesitamos más momentos así. Necesitamos espacios, pues, donde la sinceridad emocional no sea percibida como una amenaza. Donde podamos decir gracias sin ironías, expresar afecto sin vergüenza y reconocer el miedo, la tristeza o la alegría sin sentir que estamos incumpliendo alguna norma no escrita. Para lograrlo hace falta educación emocional, sí, pero también ejemplo. Cada vez que alguien se permite mostrar lo que siente con honestidad, está autorizando a otros a hacer lo mismo.

Y eso tiene consecuencias importantes. Fortalece los vínculos, genera confianza y nos recuerda algo esencial: antes que profesionales, dirigentes o representantes de cualquier institución, somos personas. Tal vez deberíamos volver por un momento a la historia de Aquiles. No para admirar su fuerza, sino para aprender de sus límites. Durante demasiado tiempo confundió la contención con la fortaleza y el silencio con el valor. Cuando finalmente dejó salir aquello que llevaba dentro, la emoción ya había encontrado caminos menos saludables para expresarse. Nosotros todavía estamos a tiempo de hacerlo mejor.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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