Hay noches que no se juegan, sino que se sienten con una intensidad imposible de describir; noches que se viven con el corazón encogido, que se riegan con lágrimas de emoción y que terminan guardándose para siempre en el rincón más sagrado de la memoria colectiva de una ciudad. La noche del sábado ya pertenece para siempre a la historia del Club Deportivo Eldense. El decano del fútbol alicantino ha regresado al lugar que, por tradición, por grandeza y por sentimiento le corresponde, certificando su ascenso a la categoría de plata del fútbol español y a LaLiga Hypermotion como campeón de su grupo cuando todavía resta una jornada para la conclusión del campeonato, demostrando una vez más que los sueños, cuando se persiguen con fe, sacrificio y amor por unos colores, terminan inexorablemente por cumplirse.
En cuanto el árbitro señaló el final del encuentro, el Nuevo Pepico Amat dejó de ser simplemente un estadio de fútbol para convertirse en el escenario de una de las noches más emocionantes que se recuerdan en la historia reciente del deporte eldense. Miles de gargantas se quebraron al unísono, miles de ojos se inundaron de lágrimas y miles de brazos buscaron el abrazo de familiares, amigos y desconocidos unidos por un mismo sentimiento. Padres e hijos, abuelos y nietos, aficionados de toda la vida y niños que apenas comienzan a comprender lo que significa amar unos colores invadieron el terreno de juego para fundirse con sus héroes y compartir con ellos un instante que quedará grabado para siempre en sus corazones.

Sobre el pecho de los protagonistas de aquella gesta podía leerse una frase que resumía a la perfección el espíritu de toda una temporada y, quizá, de toda una ciudad: «Hemos vuelto con fe en el destino». Y pocas veces unas palabras tan sencillas han encerrado una verdad tan profunda, porque este ascenso no representa únicamente un éxito deportivo, sino la recompensa a una ciudad que jamás dejó de creer, el premio a una afición que sostuvo a su equipo en los momentos más difíciles y la confirmación de que el fútbol, en ocasiones, devuelve multiplicado todo el amor, la fidelidad y la esperanza que recibe.
El partido disputado frente al Atlético de Madrid B fue el reflejo perfecto de lo que ha sido esta inolvidable temporada: un camino plagado de obstáculos, lesiones y contratiempos que nunca consiguieron quebrar la fe ni la determinación de un grupo humano extraordinario.
Como si el destino quisiera poner a prueba una vez más la fortaleza de este equipo, apenas unos minutos antes del inicio del encuentro se conocía la lesión de Dioni durante el calentamiento, un golpe inesperado que se sumaba a las importantes ausencias sufridas a lo largo del curso, entre ellas las de Israel Salazar, Jaime Vallejo, Borja Calvo, Rober Ibáñez y Rubén Quintanilla. Sin embargo, y como tantas otras veces a lo largo del campeonato, la adversidad no hizo sino reforzar el carácter competitivo de un vestuario que ha demostrado una capacidad admirable para sobreponerse a cualquier dificultad.
Con cerca de seis mil aficionados llenando hasta la bandera el Nuevo Pepico Amat y llevando en volandas a su equipo desde el primer minuto, el encuentro comenzó con alternativas y con la tensión propia de una noche en la que estaba en juego mucho más que tres puntos. El conjunto madrileño, uno de los rivales más poderosos de la categoría, confirmó desde el inicio su enorme calidad y logró adelantarse en el marcador en el minuto 20, cuando Arnau Ortiz transformó un lanzamiento de penalti que silenció momentáneamente el estadio y sembró la inquietud entre una afición que, no obstante, nunca dejó de creer en sus jugadores.



La alegría de los aficionados durante el partido // Pedro Pujalte.
Pero si algo ha caracterizado al Club Deportivo Eldense durante toda la temporada ha sido su inquebrantable confianza en sí mismo, y esa fe volvió a manifestarse cuando el partido se aproximaba al descanso. En el minuto 42 apareció Nacho Quintana para establecer el empate y devolver la esperanza a toda una ciudad, firmando un gol que actuó como un bálsamo sobre el corazón de miles de aficionados que comenzaron a intuir que aquella noche estaba reservada para la gloria.
Tras el paso por los vestuarios, el equipo azulgrana regresó al terreno de juego con la determinación de quien sabe que el destino se encuentra al alcance de la mano, y esa convicción encontró su recompensa definitiva en el minuto 58, cuando nuevamente Nacho Quintana culminó con acierto una jugada que hizo estallar de júbilo al Nuevo Pepico Amat y provocó una de esas explosiones de alegría que difícilmente pueden describirse con palabras.
A partir de ese instante, cada minuto se vivió con el corazón suspendido entre la esperanza y la emoción, mientras grada y equipo se fundían en una sola alma empujando hacia un desenlace que parecía escrito desde mucho tiempo atrás. Cuando finalmente el árbitro decretó el final del encuentro, toda la tensión acumulada durante meses de esfuerzo, sacrificio y sufrimiento se transformó en un estallido incontenible de felicidad, lágrimas, abrazos y agradecimiento.
Un año después del doloroso descenso, el Club Deportivo Eldense regresaba por la puerta grande, proclamándose campeón y demostrando que las caídas no representan el final del camino, sino el impulso necesario para regresar con más fuerza y con la misma humildad y determinación que han acompañado al equipo durante toda la temporada.
Este ascenso lleva el nombre de una plantilla comprometida, de un cuerpo técnico ejemplar, de una directiva que supo reconstruir la ilusión y, por encima de todo, de una afición incomparable, porque si algo ha quedado demostrado a lo largo de esta temporada es que el Eldense jamás camina solo. Y si hay una figura que simboliza a la perfección todos esos valores, esa es la de Claudio Barragán, quien con paciencia, honestidad y trabajo ha logrado una gesta extraordinaria al conducir al ascenso tanto al filial como al primer equipo en una misma temporada.
El Club Deportivo Eldense es mucho más que un equipo de fútbol. Es memoria, identidad, orgullo y sentimiento; es el reflejo de una ciudad trabajadora que ha sabido levantarse una y otra vez frente a las dificultades; es el abrazo entre generaciones unidas por unos colores azulgranas que laten con fuerza desde 1921.
Y lo que esa noche ascendió al término del partido no fue únicamente un club de fútbol, sino también la ilusión de toda una ciudad, el recuerdo emocionado de quienes soñaron con este momento y ya no están entre nosotros, las lágrimas de tantos aficionados que jamás dejaron de creer y el orgullo de pertenecer a una tierra que, al igual que su equipo, nunca se rinde.
Hoy Elda amanece más feliz, más orgullosa y más viva, con el corazón azulgrana latiendo con una fuerza renovada y con la íntima satisfacción de saber que el decano del fútbol alicantino ha regresado al lugar que merece entre los grandes del fútbol español.
Y mientras todavía resuenan en cada rincón de la ciudad los ecos de una noche inolvidable, los cánticos emocionados de la afición, los abrazos interminables sobre el césped y las lágrimas de felicidad derramadas por varias generaciones de eldenses, una certeza se abre paso con la fuerza de las grandes verdades: el Eldense ha vuelto, y no solo ha regresado a la categoría de plata del fútbol español, sino que lo ha hecho impulsado por la fe inquebrantable de todo un pueblo que nunca dejó de creer en su destino y con la firme determinación de permanecer allí donde su historia centenaria, su escudo y su afición le habían reservado desde siempre.
El Eldense ha vuelto, y ha vuelto para quedarse.













Enhorabuena Eldense y su fidelidad al fútbol…
Enhorabuena merecida, Claudio Barragán experiencia y espíritu general ganador como la gente de Elda emprendedora…
👏🏿👏🏿👏🏿🌹🫂, saluditos