Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

La soledad de nuestro tiempo

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¿Os habéis sentido solos alguna vez frente a un problema? ¿Habéis tenido la sensación de estar rodeados de mensajes, notificaciones y conversaciones, pero no encontrar a nadie con quien hablar de verdad? ¿Habéis sentido miedo a molestar, a parecer débiles o a reconocer que no podíais más?

La paradoja de nuestro tiempo es tan evidente como dolorosa: nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, nunca habíamos estado tan solos. Vivimos en la era de la comunicación instantánea, de las videollamadas, de las redes sociales, de los grupos de mensajería que no descansan ni de madrugada. Podemos hablar con alguien al otro lado del mundo en segundos. Podemos compartir fotografías, opiniones y estados de ánimo a cada instante. Pero, al mismo tiempo, millones de personas sienten un vacío creciente, una desconexión emocional profunda y una incapacidad cada vez mayor para sentirse verdaderamente comprendidas.

La soledad ya no es solo la imagen de una persona mayor viviendo aislada. La soledad actual tiene rostro adolescente, universitario, adulto y anciano. Se sienta en una habitación iluminada por la pantalla del móvil. Sonríe en fotografías mientras se derrumba por dentro. Y muchas veces ni siquiera sabe explicar lo que le ocurre. El problema es tan serio que empieza a manifestarse en forma de ansiedad, depresión, trastornos de autoestima y adicciones. Adicciones al teléfono, a las redes sociales, al consumo compulsivo, a las apuestas, al sexo, al alcohol o incluso a relaciones tóxicas que se utilizan como refugio desesperado contra el miedo a sentirse invisible. El ser humano necesita pertenecer, sentirse escuchado y reconocido. Cuando eso falla, el vacío busca anestesia.

La literatura contemporánea ha sabido retratar esta realidad con enorme precisión. Un ejemplo claro aparece en Gente normal (2018), de la escritora irlandesa Sally Rooney. Sus protagonistas, Connell y Marianne, viven rodeados de personas, estudian, se relacionan y aparentemente tienen todas las herramientas para comunicarse. Sin embargo, son incapaces de expresar con claridad lo que sienten y viven atrapados en silencios emocionales que los aíslan profundamente. La novela muestra cómo la falta de conexión auténtica puede destruir la autoestima y generar heridas invisibles incluso en personas jóvenes, inteligentes y aparentemente exitosas. Y quizá ahí esté una de las claves más inquietantes: hemos aprendido a comunicarnos constantemente, pero no necesariamente a escucharnos. Nos cuesta detenernos en el dolor ajeno porque bastante tenemos con sobrevivir al propio. Vivimos acelerados, cansados, obsesionados con producir, competir y demostrar que estamos bien. El individualismo contemporáneo ha convertido la empatía en un lujo escaso.

Existe además un egoísmo innato en el ser humano que, sin control, agrava esta situación. Tendemos a preocuparnos, pues, de lo nuestro, de nuestros problemas, de nuestra rutina y de nuestras urgencias. Y muchas veces evitamos mirar el sufrimiento ajeno porque nos incomoda, porque no sabemos gestionarlo o porque tememos que nos implique emocionalmente. Preferimos pensar que “ya se le pasará”, que “seguro que exagera” o que “cada uno tiene sus problemas”. Pero el silencio también abandona. Y la indiferencia puede ser devastadora.

Las redes sociales, lejos de resolver esta necesidad afectiva, a menudo la intensifican. Compararnos constantemente con vidas aparentemente perfectas genera frustración y sensación de fracaso. Muchos jóvenes construyen su autoestima a partir de likes, validaciones rápidas o imágenes irreales. El problema es que detrás de esa exposición continua desaparece la vulnerabilidad auténtica. Todo el mundo parece feliz; por eso quien sufre siente todavía más vergüenza de reconocerlo. La adolescencia merece una atención especial. Es una etapa decisiva en la construcción de la identidad, un momento en el que cada palabra, cada rechazo y cada sensación de pertenencia deja huella. Muchos adolescentes viven con miedo a no encajar, a sentirse insuficientes o a ser juzgados constantemente. Y cuando no encuentran espacios seguros para expresar lo que sienten, buscan refugio donde pueden: en el aislamiento, en conductas autodestructivas o en entornos digitales que terminan absorbiéndolos todavía más.

Por eso este problema no puede abordarse desde el juicio ni desde la vigilancia permanente. Nadie sana sintiéndose perseguido o amonestado. Quien atraviesa la soledad necesita sentirse protegido, comprendido y acompañado. Necesita saber que pedir ayuda no es fracasar, sino precisamente el primer paso para salir adelante. Necesita descubrir que no molesta por sentirse mal y que no tiene que soportarlo todo en silencio. Y ahí la responsabilidad es colectiva. De las familias, que deben aprender a escuchar sin ridiculizar emociones. De las escuelas, que necesitan educar también en empatía y gestión emocional. De las instituciones, que deben invertir seriamente en salud mental. De los medios de comunicación, que no pueden trivializar el sufrimiento psicológico. Y también de cada uno de nosotros, en lo cotidiano: preguntando de verdad cómo está alguien y estando dispuestos a escuchar la respuesta.

Las soluciones no son inmediatas ni sencillas, pero existen. Recuperar espacios reales de convivencia. Reducir la dependencia tecnológica. Enseñar a gestionar emocionalmente la frustración y el miedo. Crear comunidades más humanas y menos competitivas. Hablar de salud mental con naturalidad. Y, sobre todo, aprender a acompañar sin juzgar. Porque quizá la mayor tragedia de esta época no sea la soledad en sí misma, sino la sensación de que debemos esconderla. Y eso puede cambiar si conseguimos que quien sufre encuentre una mano tendida antes que una crítica, una conversación antes que un sermón y una red de apoyo antes que un muro de indiferencia. De lo contrario, nuestra coraza seguirá creciendo.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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