Unos amigos americanos decidieron venir a vivir a España desde su USA natal. Decían que no querían que sus hijos crecieran en un país marcado por la violencia y el racismo. Les advertimos de que aquí quizá eso no tanto, pero que también tenemos nuestras especialidades. Con muchísima ilusión montaron una empresa. Cuatro años después, siguen trabajando duro. Hace poco nos reunimos y me plantearon varias cuestiones que aún no consiguen entender. La principal, formulada con genuina perplejidad: ¿Por qué, cuando acudes a una administración pública, no se te trata con excelencia? Nos explican que allí tienen interiorizado algo casi automático: si pagas impuestos, cuando necesitas algo de lo público —algo justo, necesario y obligatorio— el servicio debe prestarse bien, poder evaluarse y, si no funciona, tener consecuencias. Aquí, en cambio, da la sensación de que ni se formula esa expectativa.
Les sorprende especialmente porque el peso de lo público supone un porcentaje casi indecente de lo que producimos entre todos, particularmente quienes no viven de ello. Y porque el tamaño, la complejidad y, a veces, la actitud de muchas administraciones convierten lo público en un obstáculo para la iniciativa privada, en lugar de un facilitador. No lo entienden. Porque esas iniciativas que se ralentizan, se bloquean o se pierden en algún limbo administrativo generarían más impuestos, más empleo, más riqueza, más progreso. No lo entienden.

Trajeron incluso una pequeña antología de situaciones vividas, por si lográbamos ofrecerles alguna clave interpretativa:
— «No, no tengo cita previa, pero me tienen que atender».
— «Si tengo que esperar, dígame dónde sentarme».
— «Arréglelo usted. Yo no tengo la culpa de que quien lo lleva esté de vacaciones».
— «¿Cuánto tarda en almorzar esta persona?».
— «Ah, ya está aquí. Es la que llega con tres bolsas de Mercadona».
— «Si está en un curso, ¿por qué no lo hace fuera de su horario de atención?».
— «¿Ustedes no trabajan por las tardes?».
— «¿Y entonces cómo lo tengo que hacer?».
— «No, no lo mando por email. Ustedes tienen que atender al público».
— «No, no vuelvo mañana».
— «¿Tiene que pasar por la conselleria primero? ¿Cómo puedo agilizarlo?».
— «Es solo una propuesta. ¿Alguien puede verla?».
— «Yo no tengo por qué conocer sus normas».
— «Está de baja un año porque está depre».
—«¿Un año?».
— «¿Cómo que un año para poder construir en mi parcela?».
Y, a partir de ahí, las preguntas grandes. ¿Qué tendría que pasar para adelgazar la administración pública? ¿Para qué sirven los bomberos cuando no hay incendios la mayor parte del año? En USA hay voluntarios que se activan en situaciones de emergencia. ¿Por qué existen cuatro administraciones, nacional, autonómica, provincial y local? ¿Para qué sirve el Senado?
¿Para qué la Diputación en las capitales autonómicas, si ya concentran la inmensa mayoría de la administración? ¿Qué sentido tiene un sistema lleno de duplicidades que nadie parece dispuesto a simplificar? ¿Por qué tantas fuerzas de seguridad distintas y, aun así, seguridad privada en edificios públicos? Preguntan también por la enseñanza pública, por la sanidad, por esa extraña paradoja en la que lo privado convive con lo público en una relación permanente de desconfianza mutua.

Y finalmente, la pregunta más incómoda de todas: ¿Por qué el poder público se ejerce tantas veces desde la lógica del control y tan pocas desde la del servicio?
Les da rabia. Y pena. Y empiezan a preguntarse si hacer país consiste en aceptar resignadamente las disfunciones o en señalar, con cierta honestidad, aquello que claramente podría funcionar mejor. Yo les respondí con una sola pregunta, la única que fui capaz de articular tras escucharlo todo: ¿De qué pedimos el arroz? ¿Del señoret o de atún, cebolla y verduras?
A ver qué fem. Haciendo amigos.













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