Con una sonrisa feliz o sólo amable, tú y yo, ella y él, todas y todos en las últimas semanas de 2025 y durante este enero (sin excepción) regalamos pensamientos, miradas, palabras que son deseos de felicidad: “¡Feliz Navidad!”, “¡Salud y felicidad!” (el 22 de diciembre por la tarde) y “¡Feliz Año Nuevo!”. ¿Por qué el 22 de diciembre, día del sorteo de la Lotería de Navidad en España, por la tarde prefiero regalarte deseos de salud siempre y felicidad sin fin? La respuesta es una obviedad. Si bien te explico: Regalarte 400 000 € por décimo de lotería me resulta hoy imposible. ¿Mañana? ¿Quién lo sabe? Sólo lo sabe el azar caprichoso. “La fortuna casi nunca es de quienes la busca. La suerte es de quien la encuentra en su camino”, reza un dicho popular. Yo, hace años, dejé de buscar la suerte. Vivo con mis acciones y las tuyas. Hace ya años, prefiero regalarte “feliz Navidad cada día de tu vida”, del mismo modo que regalo también “feliz cumpleaños cada día de tu vida” y “feliz día cada día, en cada pensamiento y en tus acciones”.
En el primer paréntesis de este texto, si echas la mirada hacia arriba te destaqué: “(sin excepción)”. Elijo te destaqué a te escribí porque son más que simples palabras. Sentimientos míos son. Siento que si creo excepciones en mi deseo de felicidad para el prójimo, así lo siento en este inicio de año, es echar la vista hacia recuerdos de infelicidad. Por ello nacen excepciones crueles que mantienen el fuego de la infelicidad sin fin. Hace años que aprendí de mis errores. Intento ahora, cada día, evitarlos. Cometí errores en esta vida, como supongo erramos todas y todos. Eludo aquí el verbo olvidar porque en el olvido viven, laten, los recuerdos menos alegres. “Felicidad, cada día, te deseo con mis acciones”.
Verdad y ética
La imagen que abre estas letras la describo con el pie de foto: “Dos personas se dan la mano”. Acción, salvo en la hipocresía, creadora de vínculo físico y reflejo de moralidad y ética que simboliza igual trato mutuo entre dos personas o acción que representa una promesa. Acto que antaño usábamos como sello para un acuerdo, pactos, intercambios y compromisos, cuando ni existía el papiro y siglos después el papel donde plasmar por escrito un pacto.
Desde las milenarias Antigua Grecia y Roma, pilares básicos de nuestra cultura y moralidad europea, la acción donde dos personas juntan sus manos es una forma, ni hablada ni escrita, pero inquebrantable, de confianza mutua y de amistad. “Vale más esta mano que te ofrezco, aquí la tienes aprieta fuerte, que cien documentos por escrito”, reza la sabiduría popular.
Mi propia moral
Ah!, poca gente entiende y mucha se niega a entender (sospecho que éstas y éstos últimos por ceguera ideológica) la frase del año: “No necesito el derecho internacional. Me guía mi propia moral.” (De la entrevista al presidente de USA, Donald Trump, en The New York Times, jueves 8 de enero 2026). Si bien, mi reflexión personal, mi opinión sobre este asunto, os la ofrezco otro lunes. Vale (cervantino).
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En mi pueblo, siendo yo chico, cuando dos hombres hacían un trato, no firmaban papel alguno, aunque supieran firmar; bastaba un apretón de manos. Eran, aún, tiempos cervantinos. (Vale).