Los años no perdonan y llega un momento en que de tanto oír y hasta escuchar, pues que te decides, por fin, a usar cremas anti-casi todo. Un servidor nunca ha sido amante de los potingues, eso de ponerse cremas y que todo sea resbaloso y pegajoso como que nunca ha ido conmigo. Recuerdo una vez darle dos besos a una amiga —que ya la veía brillar, no sé qué llevaba en la cara, era algo aceitoso—, y pensé, esto es como cuando vas en moto y ves grasa en el suelo y rezas por no pegártela; pues puse todo mi cuidado en el beso de la mejilla para no acabar en la oreja. Bueno sí, pelín exagerado, pero que no, que soy de los que se le secan las manos y apuro al máximo y busco la crema que menos las deje con esa sensación tan incómoda, (para mí). Pero el tiempo pone las cosas en su sitio, bueno, la verdad es que el tiempo deja caer las cosas del sitio que estaban y dices, pues venga, vamos a ver si ahora el resbaloso soy yo.
Y allá que fui a ver alguna que no oliera a cueva o a olmo viejo y que se absorbiera lo antes posible, como tratando de ocultar el delito. El caso es que bien, he estado una temporada con eso hasta que te dicen lo del siguiente nivel: el de la exfoliación; que es, básicamente, eliminar las células muertas de tu piel para renovarla y dejarla como salida de fábrica. Y ahí es cuando entran todos los requiebros del lenguaje para que la cosa sea molona. Piel luminosa, suave, que no se sienta cansada, ni se vea apagada, que se revitalice, que se llene de energía y todo para que te sientas con más autoconfianza que nunca. Vamos, que uno siempre cuando está chof busca ayuda profesional y un exfoliante te saca del paso.
Y se puede hacer de muchas maneras, pero a mí me regalaron la versión en crema; bueno, en gel, que eso es como restregarse sal gruesa por la cara, pero con olor a perfume. Y claro, uno antes de arrastrar su piel agotada y vieja por ese camino de mini piedras pues, por curiosidad, se pone a leer los compuestos que lleva, vamos, el menú. Y hay de todas las clases y marcas, pero pueden llevar desde mentol, potasio, sodio, caramelo, perfume, extracto de raíz de ginseng panax, taurina, polvo de cáscara de pino, coco, lúpulo salvaje, rhodiola rosea —que es una hierba para revitalizar la piel— y todo para una sensación cremosa y un aroma fresco y masculino, para una experiencia sensorial inolvidable que no te irrita y que, encima, es vegano. Les falta poner sin gluten y libre de lactosa, pero que si me pongo a buscar, seguro que encuentro alguno.
Y claro, si todo eso no te sube la autoestima, pues ya lo tienes chungo, que viendo en prensa esta semana yo, sin dudarlo, lo que haría sería recetárselo tanto a los policías locales como a los maestros que, al parecer, el personal además de ser insuficiente está desmotivado. Lo dicho, les pasaba dos veces a la semana la crema por la cara y adiós a los problemas.

Y es que está claro lo de la desmotivación en ambos cuerpos, pero es que aquí cada vez se respeta menos a los profesionales de cualquier sector y cuanto más tengan que ver con la cercanía directa al público todavía menos; bueno, menos los políticos, que a esos con tal de seguir en el poder les da igual lo que piensen de ellos y de ellas. Pero que lo triste es que tengan que aparecer noticias como estas. ¿Es que nadie se da cuenta antes de que se llegue a este punto? ¿Tanto lumbrera y nadie es capaz de resolver nada? Todo son propuestas, pero que esas propuestas salen del supuesto caos organizativo y todos y todas tienen propuestas, entonces antes de las propuestas, qué había. Si todo iba mal, a la calle y a poner a otros y a otras. Pero es que pasa con los policías, con los profesores, con los médicos…
El otro día me comentaron unos padres que encontrar un pediatra por la tarde es dificilísimo. Casi todos están por la mañana. Pues ¿por qué no lo arreglan? ¡Que lo tengan que decir los ciudadanos de a pie! Que la culpa es de los que mandan, aunque alguno hará algo bien, pero que a lo mejor la cadena es tan larga que, a medio camino, ya se torció todo. Pero eso sí, luego pedimos responsabilidades a los que están a pie de campo. A los que dan la cara y han de tratar de no dejar mal a los superiores que se esconden tras sus poltronas. Es así de triste.
Tan triste que mucha crema exfoliante es necesaria a según qué alturas, y sin crema, exfoliación directa y a renovar las mentes muertas, apagadas, cansadas y carentes de energía.
Y esta semana el Porrate de San Antón, y no quiero hacer la broma de bendecir a según qué animales, pero sí seguro que muchos han pensado lo mismo que yo. Pero bueno, en el acto en sí, la tradición que no se estropee, que no sé si saben que lo suyo era arrojar torraos (garbanzos) al santo, y cuando se caían, las novias recogían del suelo siete garbanzos y los lanzaban de nuevo contra el santo para ver si tenían suerte. Bueno, otra manera de exfoliación. Y los puestos del porrate con su turrón de novia y las bolas de caramelo, todo un clásico. Antes estaban enfrente de la Misericordia, hoy en la puerta de la plaza de toros. Yo he ido alguna vez que otra porque es un acto muy bonito el ver cómo la gente lleva a sus animales a la puerta de la iglesia para que el cura les eche la bendición. Que no es ya una cuestión de fe y de religión, que por supuesto, pero que el mero hecho de ver a niños y a niñas, y no tanto, con esa ilusión de llevar a su mascota y ver allí junto tanto buen rollo, pues como que anima bastante, casi más que el efecto de la crema exfoliante que en cuanto la pruebe, les cuento. Esperemos que la lluvia no vaya a estropear la fiesta, que siempre pasa algo.
La tontunada de la semana, que no lo es tanto, pues que en Reino Unido burlarse de los calvos, de la pelada de los calvos, va a ser acoso sexual. A ver, no sé, creo que se están llegando a unos extremos un tanto radicales. Una cosa es que se burlen —a uno le han llamado de todo, el más significativo por supuesto “Bola 8″—, pero de ahí a ser un acoso sexual, no sé. No me he leído la ley, me ha salido en una página de esas de Instagram o de Facebook, de esas que te salen toda clase de chorradas y curiosidades.
Canción, Besos robados, de Loquillo. Libro, El desorden que dejas, de Carlos Montero.
En fin, que ustedes lo lean, lo pasen y lo paseen bien.
Y lo exfolien con autoestima.













No sé, pero a mí que me griten ¡que te exfolien! como que no… Ya nos contarás cómo te ha ido. Un abrazo.