En el país que tenemos, ya nada nos sorprende. ¿Qué mejor ocurrencia que ver a ciertos políticos convirtiéndose en la pareja ideal para retransmitir las campanadas desde la Puerta del Sol? Puede que no se soporten, pero se necesitan. Y ahí reside su fuerza. Ni la Obregón, ni la Pedroche, ni orejas reimplantadas, ni Estopa con Chenoa, ni Chicote tendrían nada que hacer. Ellos juegan en otra liga: son complementarios y viven del rechazo cruzado. Aquí siempre se ha votado “a la contra”. Y por eso —piensan—, pueden permitirse reírse de sus votantes. Uno le debe al otro prácticamente todo: la poltrona, el futuro y el relato. Unir todo el espectro “progre” en la lucha contra el fascismo es el único argumento, el que compran muchas minorías por miedo a terminar “gaseadas” por una extrema derecha que, según el guion, siempre acecha. Así, nacionalistas, proetarras, expodemitas y demás satélites del poder acaban sumándose a la “casa común”, no vaya a ser que caigan en la “fachosfera” y pierdan su pequeña —pero decisiva— cuota de votos. Y, claro, sale el “gachó” con 40 o 50 diputados de ventaja. A eso juega. Y por eso está donde está.
Pero todo tiene daños colaterales. El primero: buena parte de la juventud termina empujada al radicalismo contrario, por pura reacción a lo impuesto. Como los baby boomers frente a la política “naftalínica” y la moral eclesiástica, hoy la generación Z se rebela frente a un “buenismo” que les dicta qué decir, qué sentir y hasta qué desear, bajo el perfume rancio de lo políticamente correcto y lo woke. El segundo daño también es grave: se ha empeñado en destrozar un partido que fue una de las columnas del país, traicionando su memoria y la de quienes lucharon por la libertad. Si lo hiere de muerte, le da igual. Incluso, si la cosa se pone mal, anunciará tras 5 días de reflexión que él sigue, pero que se divorcia en un ejercicio altruista de máxima responsabilidad política. Porque ¿si no sabía lo que hacían sus compañeros de coche, qué va a saber de las actividades que libremente lleva a cabo su familia? Y quizá, como lo importante es seguir como sea, termine abrazando incluso a sus enemigos más feroces, ya después de las elecciones. Las cuentas salen: si ha tragado las mierdas de sus mil socios, ¿por qué no regalar la vicepresidencia a quienes siempre despreció… Y a ver qué pasa?
Mientras tanto, los extremos engordan. Se necesitan. Se retroalimentan. Crecen al calor del rechazo al narcisista, pero dependen de él para crecer, incluso para existir. Por eso, juntos, darían la campanada.
Haciendo amigos.













Tu retrato de Peter No Pan es casi mejor que el de Dorian Gray. No nombras al personaje, pero queda plenamente retratado. Oscar Wilde estaría orgulloso de tu pluma-pincel.
Feliz 2026.
Feliz año señor