Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

Notas sobre la autocrítica

¿Habéis reflexionado sobre vuestras actuaciones evaluando vuestro comportamiento y la reacción frente a este? ¿Habéis analizado interior y objetivamente vuestros pensamientos y decisiones? Si habéis examinado vuestras actividades pasadas y los resultados obtenidos con el fin de subsanar posibles errores o áreas de mejora, os habéis aplicado el proceso llamado autocrítica. Un acto que suele estar impulsado por un deseo de mejorar y de fomentar vuestra evolución personal. Se trata de una acción consciente y reflexiva y que debe presentar un grado de sentido positivo y constructivo.

La filosofía ha explorado el tema del autoconocimiento desde sus orígenes. Para Sócrates, por ejemplo, la sabiduría comienza por conocerse a sí mismo, o sea, examinarse interiormente para ser conscientes de lo que sabemos y de lo que no. Si damos un salto en la historia, podemos encontrar la famosa expresión de Descartes: “pienso, luego existo”. La reflexión íntima es la base del conocimiento y de la existencia humana. Ya en el siglo XX, los existencialistas como Sartre resaltan la libertad y la responsabilidad individual. El autoconocimiento es esencial para tomar decisiones libres y contrastadas para asumir después la responsabilidad de nuestras acciones.

Uno de los excesos de quienes tienen tendencia a este sistema íntimo y personal es la autodevaluación o la negatividad. No tenemos confianza en nosotros mismos, nos falta seguridad en nuestras facultades, y acabamos castigándonos o generando sentimientos de inferioridad. La clave está en conseguir un análisis objetivo y justo consigo mismo, teniendo en cuenta los aciertos y las equivocaciones que nos llevarán a aprender cual debe ser nuestra actuación en posteriores situaciones similares. Aprendemos, pues, a partir de los logros y de los errores y con una voluntad posterior de ejercer con responsabilidad la potencialidad de nuestro ser.  

Pero, en otras ocasiones, rechazamos la posibilidad de evaluarnos a nosotros mismos. Diversos aspectos psicológicos, sociales o emocionales pueden frenar esta acción. Así, podemos entender que es una amenaza a nuestra autoestima. Admitir fallos en nuestras actuaciones puede generarnos sentimientos de culpa, inferioridad o vergüenza, que pueden resultar incómodos en muchos momentos. Vivimos en una sociedad donde se valora el éxito y la perfección; admitir nuestros errores puede generar el temor a ser juzgados o incluso rechazados. Por este motivo, mantenemos una imagen positiva de nosotros mismos, incluso siendo evidente para el resto que nos hemos equivocado. Llevamos la mentira hasta el final, pudiendo producir situaciones patéticas donde comunicamos incesantemente que estábamos en lo cierto. No entraré a relatar las diversas falacias mantenidas por algunos de nuestros representantes políticos en el pasado. Lamentablemente, son por la gran mayoría conocidos, conviertiéndose en esa especie de noticias falsas (fake news) que a menudo son desveladas produciendo el sonrojo de una ciudadanía responsable que exige la verdad absoluta a sus representantes.

En otras ocasiones, la falta de autocrítica se debe al egocentrismo de algunas personas. No queremos reconocer los errores que pueden perjudicar a nuestra imagen pública. Proyectando una imagen sin fallos en nuestras actuaciones, pensamos que reforzamos nuestra posición social en nuestro entorno. Craso error este, porque si son descubiertas nuestras desviaciones en el objetivo inicial, se puede derrumbar el castillo de naipes que hemos ido construyendo en el pasado. Idealizamos nuestros ídolos, cierto es, pero ¿qué sucede si los referentes propios somos exclusivamente nosotros mismos? Tal vez estas personas desconocen la importancia de la autocrítica: una evaluación personal sincera puede servir para mejorar nuestro funcionamiento y resolver posibles momentos difíciles del futuro. Esta situación puede empeorar si no tenemos las suficientes habilidades emocionales para abordar situaciones críticas, sobre todo cuando se ha hecho pública nuestra equivocación y seguimos negando la evidencia.

He podido observar situaciones como las anteriormente referidas y siempre me ha llamado la atención la falta de recursos de quienes las producían para resituarlas admitiendo el fallo producido y ofreciendo unas disculpas sinceras. Errare humanum est, sed persevare diabolicum, postuló el poeta romano Publio Terencio Africano en su comedia Heauton timorumenos (El autorreprochador). Dos mil años después sigue teniendo vigencia este sentido de la falta de autoconciencia de los fallos propios, pero aún más en mantenerlos con nuestra negación de la realidad. ¿Cuántas situaciones fatales para sus protagonistas se hubieran solucionado con un reconocimiento público de sus faltas y su posterior resituación? Hace unas semanas trataba en este mismo medio del triunfo de la mediocridad en nuestra sociedad. Tal vez este factor es el que impide que nos sinceremos y reconozcamos nuestras faltas en público. Somos conscientes de nuestras limitaciones, pero no hacemos nada para superarlas. Nos estancamos en una situación de comodidad sin intentar completar nuestra formación. Y lo que aún es peor, nos regocijamos de nuestra situación de no estar suficientemente capacitados para las tareas encomendadas. Una autocrítica constructiva es, pues, fundamental para nuestro desarrollo personal y profesional. Superemos las propias resistencias y trabajemos para el desarrollo de la autoconciencia, la autoaceptación y la habilidad para aprender y crecer a partir de los errores o de los desafíos de nuestra existencia. ¡Palabra de autocrítico penitente!

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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