Opinión

Violencia

Will Smith y Jada Pinkett Smith durante la intervención de Chris Rock (Fuente: Perfil @Variety en Twitter).

Un soberano bofetón. Así, tal y como suena, un bofetón, con toda la mano abierta, inesperado, a traición, enmascarado en años de confusa amistad entre dos actores acostumbrados a eso, a actuar.

Un bofetón que nos ha dolido a todos por muchos motivos. Pero sobre todo, que nos ha dolido a todas.

Porque el chiste fácil e inoportuno la ofendía a ella, a la mujer, y no a la mujer de. Y la mujer podía defenderse. Ella, una vida, una voz, una carrera, una familia… Todo suyo, fruto de su esfuerzo, tan difícil de conseguir, y de mantener, tan difícil hacerlo valer, tan difícil hacerlo oír. Y todo, todo, borrado en un segundo detrás de la imagen de un marido que salta de su asiento dispuesto a partirle la cara a quien ose poner en su boca el nombre de ella. La noticia: el marido, el otro, el bofetón. El silencio: ella, la mujer. Otra vez.

Porque la misma reacción de marido ofendido, extendiendo sin pensárselo dos veces la palma, o el puño, para caer sobre un rostro porque sí, por lo que ha dicho, por lo que ha hecho, o por nada, la hemos visto muchas veces, pero no aterrizando sobre un hombre con un traje similar y unos zapatos brillantes, sino sobre la mejilla de una mujer, la que él cree suya, enfundada en el traje del miedo y con unos zapatos de hormigón. Otra vez, duele.

Porque la violencia de la palabra y, en especial, del humor, se ha despojado de gravedad en esta sociedad de chiste fácil a golpe de dedo de WhatsApp. Habría que recuperar el mensaje de que nunca puede violencia combatirse con violencia. Contra la palabra deshonesta, hiriente, dolorosa, el silencio elocuente. Porque ya lo decía mi madre, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Qué necesaria una reflexión para todos aquellos y aquellas que con su aquiescencia, y ese mirar a otro lado, abofetean, palabra en ristre, en aras de un humor mal practicado y una libertad de expresión peor entendida. Otra vez.

Porque fueron muchos los que rieron la gracia antes del segundo en que la gracia se convirtió en desgracia. Esas risas cómplices, hipócritas, complacidas con el chiste, también duelen. Risas anónimas, un murmullo en la sala, como las risas enlatadas de las series de humor. Programadas para reír cuando lo indica el regidor. Atónitas por el bofetón. Como si lo uno, y lo otro, no fueran causa y consecuencia de sí mismos. Otra vez, duele.

Porque querer redimirse con una disculpa exprés, no tiene disculpa. Una disculpa rápida, de las que se guardan en la cartera para echar mano de ellas cuando no hay más remedio, una disculpa gold, con puntos acumulados de camino a platino, con la que liquidar la culpa. Sin examen de conciencia, y carente absolutamente de propósito de enmienda. Decir lo siento, como pedir un café. Y a otra cosa, mariposa. Duele, sí, otra vez.

Porque no aprendemos. No, no aprendemos nada de las guerras, ni de quienes lucharon en ellas para nada, de la tristeza y la desolación que dejaron las batallas: la tierra herida, la mujer herida, el hombre herido. No hay posesión sobre la tierra que valga un bofetón.

Porque, entonces, si aprendiéramos, las otras posesiones, las de la eternidad, se nos darían por añadidura.

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Cristina Llorens Estarelles

Bibliotecaria de la Escuela Europea de Alicante.
Subdirectora de Documentación Instituto Juan Gil-Albert (2015-2019).

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