Opinión

Un relato de Navidad

Fotografía: Christopher Willey (Fuente: Pixabay).

El Cuento de Navidad de Charles Dickens escrito en 1843 es quizás el cuento más famoso en lengua inglesa, traducido a todos los idiomas cultos; es la historia de un hombre egoísta y huraño que cambia su forma de ser durante unas frías navidades debido a la visita de tres fantasmas. Es un cuento navideño perfecto para educar a los niños en el valor de la amabilidad, la solidaridad y la generosidad; sin embargo, lo que quiero contaros no es un cuento sino un relato real de un fin de año en Málaga cuando yo era joven, por ello el título es Un relato de Navidad.

Yo no pretendo en absoluto emular a Dickens, pero un año en Navidad en Málaga, de esos que empezaban por 1960 y pico, me pasó algo digno de contar en estas fechas navideñas.  Fue una noche de un 24 de diciembre cuando después de cenar en casa con los padres y hermanos, llegaron unos vecinos con mantecados de Estepa y roscos caseros. Aquella fiesta improvisada era para carrozas y niños pero yo, adolescente, me aburría. Después, cuando mis padres y vecinos marcharon a la Misa del Gallo, aproveché para escaquearme, y nos juntamos cuatro amigos «diecisieteañeros» y a eso de las once de la noche nos fuimos caminando por las calles solitarias, con la intención de llegar a la calle Larios a unos cinco kilómetros por unos atajos de la ciudad apagada, que era, donde pensamos que estaba el ambiente, o lo suponíamos.

Al pasar por La Cruz de Humilladeros, en la puerta de un antiguo cine que ya no existe, nos encontramos con un coche de caballos descapotable, en una parada, con los dos faroles encendidos; le preguntamos al cochero cuánto nos cobraría por llevarnos al centro, distante a varios kilómetros, y con el cochero acordamos un precio razonable que entre los cuatro pagaríamos en comandita. Uno de los amigos, cuyo nombre no me acuerdo, sacó de una mochila una cuchara y un tenedor y una botella de anís de esas que tienen como botones en el cristal, yo la zambomba, el otro una pandereta, y otro un matasuegras. Así, rascando la botella como una carraca, sin armonía con los demás folclóricos instrumentos ruidosos, no musicales, fuimos cantando villancicos: el de siempre, el de: «Beben y beben los peces en el río y vuelven a beber»; no recuerdo cuantas veces lo repetimos al ritmo de la pisada alegre de los cascos del caballo que iba a nuestro alocado ritmo. Cantando y fumando tabaco rubio, apestoso inglés de contrabando, a la vez que la botella de anís iba perdiendo su líquido dulce y alcohólico traidor a velocidad de crucero.

Cuando llegamos a La Marina al final de la Alameda, nos bajamos como locos, pagamos al cochero, un gitano de mal mirar, y bajo la amenaza del látigo, le dimos rácanamente veinte duros. La calle Larios no estaba muy animada, de vez en cuando pasaba alguna moto con su estruendo tubo de escape libre. Nos esperábamos otro ambiente, otra cosa más navideña. Llegamos hasta la plaza de Francisco Franco (hoy de la Constitución), allí un grupo de jóvenes vestidos de pastores cantaban villancicos, nos unimos a ellos y fuimos hasta la puerta de la catedral donde había un gran Belén. Entramos dentro del barroco edificio secular. Ya estaba terminando la Misa del Gallo. Nosotros queríamos ver al gallo, pero en el altar mayor ni había gallos ni nada. Nos acercamos como pudimos entre los fieles. Alguien nos siseó para que nos calláramos. Muy devotos le dimos los cuatro un beso al pie del Niño Jesús acunado entre pajas y virutas de madera. Salimos de la catedral con olor a incienso por todas partes; este ambiente religioso no era el que estábamos buscando.

Una vez en la calle, en la plaza del Obispado, nos sentamos en la escalinata marmórea y fría de la catedral y acabamos con la botella de anís. Alguien de los allí congregados hizo estallar unos petardos como una mascletá para celebrar el nacimiento del Divino Niño. Algún vecino debió protestar, llegó la policía municipal en bicicletas y salimos corriendo por los callejones. Uno de nosotros dijo que no se quedaba allí «no hay  fiesta completa si no acabas en los calabozos». Pero a mí no me iban a detener, salí corriendo por un callejón estrecho y oscuro dándome con los talones en el culo, hasta llegar al Pasaje de Chitas, donde me metí en una tasca donde había un grupo flamenco, no nos dejaron entrar porque era una fiesta privada.

Luego, los cuatro amigos, medio borrachos a eso de las 3 o las 4 de la madrugada nos volvimos a  juntar en la parada del autobús de la Alameda. Estábamos hechos polvo por dentro y por fuera. El último autobús había pasado y no teníamos dinero para coger otro coche de caballos. Decidimos regresar al barrio caminando por el oscuro barrio del Perchel. Una banda de jóvenes del barrio comanche nos apedrearon a distancia. Huimos, no había más remedio. Aquello no era una noche de paz, ni mucho menos, como dice el villancico, sino un territorio comanche. Salimos del diabólico y troyano barrio dando voces e insultando a los cobardes agresores griegos.

Cuando me desperté al mediodía del día 25 estaba sobre unos sacos dentro de un garaje, por cuya ventana entraban unos rayos de luz. Tenía una tremenda resaca y me dolía la cabeza, desde entonces aborrecí el anís para siempre. Era la casa de uno de los amigos cuyos padres se habían ido al pueblo de la familia.

Este es el relato de una maravillosa noche de Navidad en Málaga, sin Dickens. En aquellos años felices de la inexperta juventud, mientras mi padre me buscaba por media ciudad. Cuando llegué a casa veinte horas después no quiero acordarme de los palos que me dieron. Entonces comprendí que el Niño Jesús nació para que luego lo crucificaran.


Felicitación navideña de Ramón Palmeral para sus lectores

Felicitación navideña realizada por Ramón Palmeral, año 2021.

Enlace a la felicitación en el blog de Ramón Palmeral.


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Ramón Palmeral

Soy escritor con más de 40 libros publicados sobre temas diversos. Socio de Honor de Espejo de Alicante, socio del Ateneo Blasco Ibáñez de Valencia, colaborador de la Fundación Cultural Miguel Hernández de Orihuela. Publico crónicas culturales y políticas con un sentido satírico desde hace más de veinte años, puesto que considero que la labor del ciudadano y de la prensa es la de fiscalizar al poder. Dirijo el portal Nuevo Impulso.net de arte, cultura y opinión. Mi correo: ramon.palmeral@gmail.com

5 Comments

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  • Felicidades Ramón por este relato de Navidad que nada tiene que envidiar al cuento de Dickens !!
    Tal vez hasta es más verídico y real
    Además puedes aprender la lección que encierra que más os hubiera valido a tus amigos y a ti quedaros al calor de la lumbre , saboreando turrones y cantando villancico en vuestra casa.
    Pero claro la juventud es intrépida y aventurera y así debe ser
    FELIZ NAVIDAD

  • Ramón: Genial. Tu ‘cuento’, fabuloso, Y tu dibujo, extraordinario. No sé cómo será tu próximo libro, pero te animo a que vayas escribiendo ya tu autobiografía y la ilustres con dibujos tan geniales como el de tu felicitación navideña. Gloria a Dios en las Alturas y paz en la Tierra a ese hombre de buena voluntad que sin duda eres.

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