Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Palabras

Paz

Paloma de la paz pintada por Pablo Picasso.

En castellano y en latín son solo tres letras, cinco en inglés, un verdadero peso pluma en el universo de las palabras que importan, pero su significado atraviesa los tiempos y ha viajado siempre en eso que ahora se usa con tanta frivolidad del lado bueno de la historia, aunque los embates a los que se ha enfrentado nunca hayan sido fáciles de surcar y también haya costado vidas y mucho sufrimiento a quienes se atrevieron a enarbolarla. Puede que envueltos como estamos en un lenguaje en el que casi no queda espacio para otra cosa que no sea hablar de rearme, de gastar el 5 % del presupuesto en armamento, de drones de última generación, de misiles de crucero atravesando continentes, de destrucción y muerte como base de un no futuro, de más disuasión nuclear (Macron mismamente) para evitar la guerra final, nos hayamos olvidado de su significado ancestral, de su fuerza movilizadora. Pero, recordémoslo, hubo un tiempo, y de eso no hace tanto, que las cosas no fueron exactamente así.

Hubo un tiempo, y de eso no hace tanto como nos quieren hacer ver, que la palabra gozó de cierto prestigio, que la paloma picassiana que la representa tenía cabida en los anaqueles de la conversación pública, en los debates de la academia, fue banderín de enganche del movimiento feminista ante el horror por venir de las dos guerras mundiales. Y tenía hueco, sobre todo por lo que significaba, en las actividades escolares de una gran mayoría de centros educativos de este país. ¿Quién no recuerda aquellas jornadas, semanas o días por la paz que tenían lugar en los centros escolares? Esas mismas jornadas que hoy, seguramente, serían tratadas por muchos de estrambote, de proselitismo, de adoctrinamiento. ¿Adoctrinar en la paz?

Eran también aquellos años en los que un movimiento político como el Satyagraha (No violencia) de Gandhi navegaba con la fuerza del viento de cola a favor del entendimiento de los pueblos, que logró ser pista de aterrizaje para poner final al brutal imperialismo británico en India. Era también, aunque hoy suene como algo naif, los tiempos del pacifismo que emanaba del movimiento hippie, esa cultura en las antípodas de la machosfera y el gonadismo más primitivo que presiden hoy las relaciones entre los pueblos con ese cafre del agente naranja al frente bombardeando países como se bombardean en un infernal video juego. Eran —finalmente— los tiempos en los que las escuelas de mediación y pacificación eran prestigiosas y muchas de ellas fueron el mejor y más sanador camino para tratar de curar las profundas heridas que dejaron conflictos interminables y tan sangrientos como fueron el apartheid en Sudáfrica, el IRA en Irlanda o, incluso, ETA aquí mismo, en España. Eran, finalmente los tiempos en los que el pacifismo, como el del científico y mediador Johan Galtung, que vivió gran parte de su vida en Altea (Alicante), gozaba de muy buena salud entre una parte importante de nosotros mismos. 

Todo aquello fue posible, seguramente, porque el mundo era otro, porque las primeras imágenes del horror de las guerras (Vietnam, Corea…) se democratizaron a través de las pantallas de las televisiones y, quizás también, por esos misteriosos movimientos pendulares de la historia que nos han traído hasta aquí y cuando, otra vez, nos machacan con el eslogan y el oxímoron de que si quieres y deseas la paz antes te tienes que armar hasta los dientes.

Quizás por todo eso, ahora no se trate —al menos no solo— de que tengamos la obligación moral y democrática de volver a sacar del armario todo aquel ropaje del viejo traje del ‘No a la guerra’ del año 2003 a las puertas de la invasión de Irak comandada por el trío de las Azores. Quizás se trate, se debería tratar, de volver a desempolvar esa vieja palabra que hoy no tiene prestigio, que es ridiculizada nada más ser pronunciada, que es tachada de infantil y naif por muchos de los dirigentes que gobiernan el mundo, que no cuenta con el aliento del viento de cola de la propia historia, y volver a ponerla en el centro de la escena. Quizás se trate de solo eso. De volver a poner en el centro del debate político y de los principios morales y sociales el valor revolucionario de la vieja y arrumbada palabra de solo tres letras. La palabra p-a-z. La pax romana. La peace inglesa.

Pepe López

Periodista.

1 Comment

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  • Pax para miles, cientos de miles de mujeres y hombres que en Irán o en Venezuela… y en Cuba también han sido durante décadas y siguen siendo vejados o asesinados a diario… Viva la libertad y la paz … Feliz día

    PD: Me pregunto si es responsable (Hitler aprovechó la complicidad cobarde europea) o es irresponsable permitir LA POSIBILIDAD de armamento nuclear en manos de fanáticos (sin distinciones ni sesgos)… Apuesto siempre por el mal menor…