Opinión

La Navidad

Imagen: Jersy Goreksi (Fuente: Pixabay).

Hace algún tiempo un buen amigo, conocedor de mis aficiones, me llama y me dice, refiriéndose al ya fallecido Hawking: “¿Has visto la portada de tal periódico donde dice que Stephen Hawking ha demostrado que Dios no existe?”. Me extraña, debe estar mal, le digo. Hawking tendrá muchos defectos, y no tantos detractores como seguidores, pero no es, ni de lejos, tonto. Y eso es una tontería palmaria. Me intereso por la publicación en cuestión y efectivamente publica en portada lo que me reportaba mi amigo. Escarbo ya en páginas interiores en las que desarrolla un poco el tema y la cosa no es ya tan rotunda. Es más, glosa algunos pasajes de su último libro donde afirma no necesitar la figura de Dios para explicarse el universo tal como lo ve.

Bueno, bueno. Eso es otra cosa. Salvando los abismos, yo tampoco la necesito. Son muchas los interrogantes que se nos abren en cuanto al entendimiento de las cosas que nos rodean. La naturaleza aquí en La Tierra, el universo del que formamos parte, la vida, la conciencia, nuestra propia existencia… La ciencia actual no tiene respuesta para todo y posiblemente nunca la tendrá. Pero no sería justo dejar de reconocer que el ámbito de lo desconocido se va estrechando (aunque sea a costa de descubrir que lo que nos falta por conocer es aún mucho mayor que lo que pensábamos). Ya sabemos la naturaleza exacta del trueno, del relámpago, del Sol, la Luna y las estrellas, muchos de los aspectos de la biología y de nuestra propia fisiología que van achicando el ámbito antes divino.

No hago esta introducción con el propósito de vincular la existencia o necesidad de una figura divina a la explicación de todo cuanto sucede, pues es esto lo que las distintas religiones han utilizado para mantener y ampliar su parroquia. La cosa es más profunda. Nos cuesta mucho reconocer, en nuestra autoproclamada condición de “culmen” de la creación, que no lo sabemos todo y mucho menos abrir la puerta a que nunca lo sabremos. Los creyentes convencidos, que son una mayoría y entre ellos casi todas las personas a las que conozco y quiero, suelen esgrimir este desconocimiento para justificar la existencia de Dios. Y cómo te explicas esto… y cómo te explicas aquello… Y qué respuesta tienes para esto otro… cuando le respondes con un lacónico “NO LO SÉ”, suelen sentir su posición reforzada.

Claro que, no es difícil argüir sobre las cosas que antes no sabíamos, y eran objeto de divinización o de milagro, y ahora podemos explicar hasta el último extremo. Me cuesta entender, desde el punto de vista racional que prevalezca la noción de un ser sobrenatural, todopoderoso, omnipresente, y eterno al mero reconocimiento de nuestra ignorancia.

¿Y otorga esto soporte a quien niega la existencia de Dios? Pues tampoco del todo, al menos desde el rigor que se le supone a un razonamiento científico. No sé si racional. Es de una gran inmodestia, desde mi punto de vista, afirmar tal cosa. Se podría esgrimir que la “carga de la prueba” corresponde al que formula la hipótesis. Al igual que no tengo que demostrar que un burro no vuela, tampoco tendría que hacerlo sobre la existencia de Dios pues carece de toda prueba científica. Pero sería trivializar el asunto porque para mayoría de los mortales lo evidente es la existencia del Dios en que creen. Y así es percibido. Y esa percepción, esa vivencia, sí es una realidad verificable. Y merece respeto.

Desde una posición agnóstica como la mía, donde por un lado no necesito una figura divina ni para explicarme el mundo ni para tranquilizar el espíritu. Desde donde las cualidades que se atribuyen a Dios se escapan completamente de mi capacidad de entendimiento. Desde donde el “no lo sé” es la respuesta más utilizada a la mayoría de las preguntas a poco que quiera ser mínimamente sincero, al menos conmigo mismo. Desde esa postura ¿cómo voy a ser tan presuntuoso de afirmar que Dios no existe? Es estúpido. Necesitaría una demostración y sería tan inconsistente como la contraria. Dios no debe ser la solución a nuestra ignorancia, pero es innegable que su noción vive, de una forma u otra, en la concepción del mundo de prácticamente toda la humanidad. Y en todas las épocas y culturas.

¿Podemos ser ajenos a ese fenómeno? Y puestos a intentar entender las cosas ¿podemos entender nuestro mundo, nuestra sociedad sin el hecho religioso? ¿Da la mera existencia de este hecho carta de naturaleza a la realidad de la existencia de un ser superior? Yo, como tantas veces “NO LO SÉ”. Lo que sí sé, porque lo veo, es la actitud combativa de algunos colectivos contra la religión. Para hablar con más propiedad, contra la religión cristiana católica que es la imperante aquí.

He pensado muchas veces en el papel que ha jugado la religión en la vida, en mi vida. En la historia son muchos los episodios vergonzosos protagonizados por la Iglesia (por la de Roma y por todas) como centro de poder, en lo que se constituyó desde bien temprano, hasta organizador y fiscalizador de nuestras vidas. Pero esas actitudes, como hecho institucionalizado, se pierden en la noche de los tiempos y, en todo caso, ya no existe. En la nuestra en concreto hoy en día se limita a dar pautas morales y a procurar la Paz.

Ya en lo personal supuso una catequesis forzosa, una asistencia al culto también obligatorio en mi niñez y el no poco sufrimiento de mi madre al escuchar temerosa las preguntitas que le soltaba el “niño” en la esperanza de que sus explicaciones fueran suficientes para que no las fuera largando por ahí… Que bien visto no estaba.

A partir de ahí, poco más. La Iglesia, hoy, tiene el poder que le otorgan sus feligreses, la fuerza que le confieren sus creyentes y el dinero que recogen de sus parroquianos con las correspondientes subvenciones (cada vez menos) propias de su actividad, del patrimonio que gestiona y de los muchísimos servicios que presta.

Imagen: Enrique López Garre (Fuente: Pixabay).

Nadie me ha impedido pensar como pienso, ni se me conmina a pensar otra cosa o me ha supuesto ninguna rémora para emprender cualquier actividad la fe que profeso o que no. Y creo que eso es generalizado en nuestra sociedad. Es por eso que contemplo, entre la sorpresa y el estupor, la actitud de algunos colectivos, muchos de ellos jóvenes, por lo que ni siquiera sintieron la “presión” de mi niñez, bramando contra la Iglesia y sus símbolos como si les fuera a quitar el pan. Con lo fácil que es pasar de lo que no te incumbe, o de lo que dices que no te incumbe.

Lo demás es ir contra nuestra tradición, nuestra cultura, nuestra identidad. Vivimos en una sociedad de tradición cristiana y esta característica ha ahormado nuestras costumbres, nuestro día a día, nuestras vidas. Mucho más allá del hecho religioso que le da soporte.

Hace no muchos años recibí una “postal” informática acabando diciembre donde me felicitaban el “invierno”. Ilustrado, eso sí, con un par de simpáticos delfines emergiendo del agua. Me sorprendí bastante con mi atento proveedor y no pude dejar de, mientras esbozaba una sonrisa malévola, responderle con ironía. Y desde mi agnosticismo confesado le recordaba que no me felicitaron la primavera ni el verano. Y que, puestos a efemérides astronómicas, que parecía ser de lo que se trataba, se avecinaba un tránsito de mercurio sobre el Sol que sí que es cosa más relevante y extraordinaria.

Pero no. Me felicitaban el invierno. En un alarde de perspicacia pude colegir que, quizás, y dada la curiosa correspondencia de fechas, se refiriera a lo que toda la vida hemos conocido como Navidad. Ese largo periodo festivo que conmemora el nacimiento de Jesús de Nazaret y que por estos lares celebramos con villancicos, con cenas imposibles, con turrón y con buenos deseos.

Yo, por si acaso, en lugar de los graciosos cetáceos, le reboté otra postal que otro proveedor me hizo llegar, casualmente por las mismas fechas, donde se podía ver un precioso nacimiento. Con San José, la Virgen María y el Niño. Y la mula y el buey. Y sus pastorcillos y hasta los Reyes Magos. Y una estrella con su enorme cola como corresponde a la situación.

Y es que hay mucho mequetrefe tuercebotas cultureta por ahí suelto. Yo no consigo que me ofenda ver un crucifijo. Ni la estrella de David ni a gente rezando cualquiera que sea su credo mientras no lo intenten imponer a mamporrazos, que de todo hay.

En mi Melilla natal había de todo y no recuerdo a ningún compañero mío musulmán, judío o hindú (que junto con el catolicismo mayoritario convivían allí en razonable armonía) que no tuviera algún detalle de los Reyes Magos. Cuando se daba clase de religión ellos salían y era visto con total normalidad. Cuando un musulmán entraba en tiempo de Ramadán, todos lo respetábamos. No sin curiosidad al principio.

Y es que la tradición y la cultura está por encima del rancio resentimiento que se empeñan en tener quienes, entiendo, no encuentran cosa mejor que hacer. No se gastan tanto ánimo con otras confesiones menos amables con la mayoría de los principios que dicen defender.

Lástima de energía empleada en cabrear al personal en cuestiones que están interiorizadas en lo más profundo del sentimiento colectivo de la sociedad que conformamos. Que no hacen daño a nadie y no debieran ser utilizadas como bandera en guerras de otros tiempos. Que no son los nuestros. Ya pasaron los días de quemar curas, de destruir iglesias, como pasaron los de quemar brujas y los autos de fe.

Ahora toca disfrutar de nuestras tradiciones que son preciosas, que conforman nuestra identidad y que pasan por la Navidad, la Semana Santa, la noche de San Juan, las distintas celebraciones patronales por todos lados (yo tengo el lujo de disfrutar de la procesión marinera de la Virgen del Carmen como en tantos pueblos marineros de España) con devoción, quien la profese, y con respeto, todos. Y cuando toque alegría, que son muchas como la Navidad, con alegría. Y por su nombre: NAVIDAD. Fun, fun, fun.

 Hasta nuestros clientes argelinos nos felicitan la Navidad.

¡¡¡Feliz Navidad a todo el mundo!!!

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Juan José Martínez Valero

Nacido y criado en Melilla y afincado en San Pedro del Pinatar (Murcia) desde los 15 años. Dejé los estudios para desarrollar la empresa familiar de la que todavía vivimos. Muy aficionado desde siempre a temas científicos y de actualidad.

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  • Como siempre, brillante por la claridad y lucidez con la que expresas pensamientos aglomerantes, amigo Juanjo. Un abrazo y no pares

  • Juanjo, estupendo artículo. Estoy de acuerdo en su gran mayoría. Espero que nos sigas regalando más en esta línea. Felicidades y un abrazo.

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