Opinión

Invisibles

He de confesar que, cada año, cuando llega el 23 de abril y empiezan las celebraciones del Día del Libro, quedo atrapada por una pereza infinita. Para las bibliotecarias no es un buen día: hay que organizar mil y una actividades, poner al día el estante de novedades, extender sobre la alfombra los más tiernos álbumes ilustrados, disponer de los últimos premios literarios, tener a mano la recomendación más culta, la más ingeniosa, sencilla, o personal, desplegar la mejor sonrisa… y rezar para que todo ello consiga atrapar al lector no habitual, y ayude a sumar en la casilla del total de todas las estadísticas. Porque, siendo como es el día de las letras, cada vez se parece más a una celebración de las matemáticas, con un eco de voces destripando el baile de cifras sobre los índices de lectura, el volumen de libros editados cada año, los títulos más destacados, la eterna polémica entre la lectura en papel o en soporte digital, y la constatación de que las mujeres nos mantenemos mayoritariamente fieles al ejercicio y placer de leer. Pereza, sí, lo confieso, pereza de volverme invisible detrás de una cifra que nunca parece ser lo suficientemente generosa.

Sin embargo, hay veces en que el destino se muestra favorable y con la grandeza esquiva que lo caracteriza, solo apta para espíritus avezados, pone en mis manos uno de esos milagros que me reconcilian con la vida y con los libros, con el 23 de abril, con San Jorge y hasta con el dragón. Y ese milagro ha llegado, como llegan en la vida los regalos cargados de azar, para recordarme lo que tan bien sé y, sin embargo, a veces olvido, que la palabra redime y pone luz donde solo había invisibilidad.

Aunque, al contrario que Tina, la protagonista de La biblioteca de fuego, de María Zaragoza, premio Azorín de novela 2022, yo no siempre quise ser bibliotecaria. De hecho, lo que siempre quise fue ser escritora, y engrosar con mis libros los fondos de una biblioteca. Sin embargo, la vida marca su propio ritmo, y al compás de la vida se mueve Tina, y nos arrastra, entre ideales, libros, mujeres, misterios, y algún secreto de esos importantes, de los que despejan incógnitas vitales que permiten tirar del hilo que escribe nuestra biografía.

Conversación entre María Zaragoza, autora de “La biblioteca de fuego”, y Cristina Llorens con motivo de la presentación de este libro en la Librería 80 Mundos de Alicante.

Porque la novela de María Zaragoza no va solo de libros, ni de bibliotecas, sino de personas: de bibliotecarias invisibles que salvan libros, de la generosidad implícita de quien pone su empeño en la tarea de enseñar a leer, de la belleza y la fuerza que se apodera de quien aprende a leer con poesía, de todos esos seres maravillosos que convergen y divergen como gemelos mirándose en un espejo de feria, tan iguales, tan ajenos… Hombres y mujeres cuyo destino se va escribiendo en paralelo a la barbarie. Cuya biografía los conduce, sin embargo, por encima del miedo, más allá de la destrucción, porque en el fondo de todo está el amor.

Pero la novela de María no es una novela de amor al uso, aunque todo lo impregna y lo ilumina. El amor subyace en las relaciones familiares de los personajes, en el respeto a los padres y sus secretos, aun cuando el universo que habitan resulte extraño a sus hijos. El amor se demuestra en el amor a la cultura y la literatura, esa hermana fea de las bellas artes, en el amor a la creación y, sobre todo, al conocimiento. También está el amor en la amistad, constantemente puesta a prueba en tiempos de guerra. Y lo está en el compromiso, cuando nada, ni nadie, parece ser lo que es. El amor lo es, sobre todas las cosas, a vivir, incluso cuando la vida, y el amor, se viven bajo la amenaza de los totalitarismos de las ideologías, en ese tiempo sin tiempo en el que cada gesto de la vida es, en sí mismo, una prueba, y solo la voracidad del amor puede salvarnos de la realidad.

Y no, no se preocupen, no es esta otra novela más de la guerra civil española. Aunque la novela empieza en 1939, con un vestido rojo tan incendiario como la misma fiesta del Día del Libro que se celebra ese año, el desarrollo de la historia nos lleva al periodo entre 1930 y 1940. Son tiempos convulsos en los que los soldados de la cultura trabajan para salvarla de la vorágine de la destrucción, mientras unos y otros parecen empeñados en quemarlo todo, y en quemarse.

Quema de libros en la calle Libreros de Madrid en 1939. Fotograma extraído del único vídeo encontrado hasta ahora de quema de libros en España, recuperado por el documental ‘Palabras para un fin del mundo’ (Fuente: https://memoriahistorica.org.es/).

Porque si la novela de María Zaragoza es algo, es una novela sobre el fuego. Sobre todas esas hogueras en las que estamos dispuestos a arder: las del compromiso, las de la lucha por un ideal, las del amor, las del respeto, las de la palabra, las de la sororidad, las que perpetúan la vida. Y, muy especialmente, sobre todas esas hogueras que debemos evitar: las que incendian el odio, las que someten a ceniza el verbo, y su acción, y el conocimiento, las que alcanzan sin piedad los 451 grados Fahrenheit.

Pero, por encima de todo, La biblioteca de fuego es una novela sobre bibliotecarias. Mujeres, y algunos hombres, que, invisibles para la historia que más tarde se escribió sobre el salvamento del patrimonio artístico durante la Guerra Civil, arriesgaron su vida para salvar de las cenizas el patrimonio bibliográfico. Salvarlo, para salvarse, y para salvarnos. Salvarlo para reintegrar el orden, recuperar la amistad, ordenar los afectos, alcanzar el perdón, encontrar el lugar propio en el que habitar en una nueva geografía. Hallar el hueco exacto en la estantería. Porque ¿dónde mejor que en una biblioteca podría esconderse un libro? ¿Dónde mejor que bajo la protección de una bibliotecaria podría sobrevivir una biblioteca?

Invisibles. Y hablando de ellas, de nosotras, dejar de serlo.

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Cristina Llorens Estarelles

Bibliotecaria de la Escuela Europea de Alicante.
Subdirectora de Documentación Instituto Juan Gil-Albert (2015-2019).

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  • Tu artículo no puede sr más bello, querida Cristina. Transmites muy bien “lo que bien sabes; que la palabra redime y pone luz donde solo había invisibilidad… Hombres y mujeres cuyo destino se va escribiendo en paralelo a la barbarie… porque en el fondo de todo está el amor… el amor a la creación y, sobre todo, al conocimiento… a vivir incluso cuando la vida y el amor se viven bajo la amenaza de los totalitarismos de las ideologías”.
    Un abrazo, querida bibliotecaria. Con mucho amor. Amor del bueno. Pongo esta apostilla porque casi todos los días leo en la alfombrilla, a la puerta de la casa de un joven matrimonio vecino (joven y con un hijo, Adrián), esta declaración: “En esta casa hay amor del bueno”. ¿Es que lo hay del malo? Y me contesto que si es malo no es amor. Las palabras pueden ser traicionadas. Las palabras están siendo traicionadas y mucho, sobre todo por los políticos (casi todos).

    • Querido Ramón, gracias por tus palabras que son siempre una gran alegría y emoción. Sí, lo más importante es la palabra que, al nombrar, redime e ilumina. Y el amor, por supuesto, que todo lo puede. Gracias 😊

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