Cultura

De libros y de Cuentos de un vasco ilustre

Título: Cuentos
Autor: Pío Baroja.
Prólogo de Julio Caro Baroja.
Alianza Editorial S.A., Madrid, calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15.
El Libro de Bolsillo. Cuarta Edición, año 2015.
Primera reimpresión año 2020.

A mi gran amigo Rafael Ferrández Flores

Guipúzcoa es una provincia llena de contrastes que se reparte entre el mar y la montaña, pues tiene un litoral extraordinario, cuajado de pueblos de pescadores al borde del mar llenos de una serenidad sólo rota por el golpeo de las altas olas marinas cuando se embravece, y tiene un interior cuajado de caseríos, palacios, monasterios e historias profundas.

Y así, cerca del mar, hay como un rosario de pueblos marineros llenos de belleza: Fuenterrabía (Hondarribia), con su barrio de pescadores y su Iglesia de Santa María Magdalena; Pasajes de San Juan (Pasaia Donibane), con sus casas de balcones coloreados, y Pasajes de San Pedro (Pasaia San Pedro); Zarauz (Zarautz), con el palacio de Portu y su hermosa playa: Guetaria (Getaria), con el monte San Antón, su silueta de ratón y el monumento a su hijo más ilustre, Juan Sebastián Elcano, erigido sobre los restos de la muralla de su antiguo baluarte, con forma de mascarón de proa, y el grabado de los nombres de los 18 marineros supervivientes que, famélicos y enfermos, culminaron la hazaña, Primus Circumdedisti me; Zumaya (Zumaia), con sus playas de Izurum y Santiago; y Motrico (Mutiku), cuna de marineros ilustres como Antonio Gaztaeta y Cosme Damián Churruca, muerto heroicamente al mando del navío de línea San Juan Nepomuceno en Trafalgar.

Y ya en sus adentros, y alejándose del mar, sus caseríos y sus pueblos con sus altos monasterios: Loyola (Loiola), con su Santuario construido alrededor de la mansión donde naciera el primer general de la Compañía de Jesús, san Ignacio de Loyola; Oñate (Oñati), dominada por del monte Aloria, y la universidad Sancti-Spiritus; Aránzazu (Arantzazu), donde el pastor Rodrigo de Balzategui descubrió una imagen de la Virgen María en un matorral de espinos; y Tolosa, en el borde del río Oria y su convento de Santa Clara.

Y culminándolo todo, la capital, San Sebastián, (Donostia), la Bella Easo, con sus lujosos jardines y la playa de la Concha, de arena fina, situada en la cornisa final de la península hispánica, lindante por Irún con la provincia francesa de Labourd (Lapurdi), en el País Vasco Francés.

San Sebastián gozó de gran esplendor cuando la reina viuda, María Cristina, y reina regente de España hasta la mayoría de edad de su hijo Alfonso XIII, decide, desde 1887 hasta 1929, trasladar la corte a San Sebastián para pasar el verano, primero en el Palacio de Ayete y después, tras su construcción, ordenada por ella misma, en el Palacio de Miramar, cerca de la playa de la Concha. Son los tiempos del Pacto del Pardo, entre Cánovas y Sagasta, al haber quedado embarazada la reina a la muerte de su esposo. Y son los tiempos de la consiguiente afluencia a San Sebastián de la nobleza y autoridades, acompañando a la reina en sus veranos, lo que implicó profundas reformas en la ciudad donostiarra.

San Sebastián. Fotografía: Reinhold Möller (Fuente: Wikimedia).

Y en esta ciudad de San Sebastián nació el día 28 de diciembre de 1872, Pío Inocencio Baroja y Nessi. El nacido es hijo de don Serafín Baroja y Zornoza, natural de San Sebastián, ingeniero de minas, y de doña Carmen Nessi y Goñi, nacida en Madrid y descendiente de un italiano y de una vasca de rancia estirpe. Y es nieto por línea paterna de don Pío Baroja, casado con doña Concepción Zornoza, de cuyo matrimonio tuvieron tres hijos: Serafín, Ricardo y María.

Don Serafín, padre de don Pío, era un gran amante de su pueblo, San Sebastián, y se fue a Madrid a estudiar la carrera de Ingeniero de Minas. Aficionado a escribir, compuso algunos versos en vascuence y una novela en castellano que dejó incompleta. Al terminar su carrera de Ingeniero de Minas, don Serafín se casó con doña Carmen Nessi cuando esta contaba con solo 17 años y se fueron a vivir a las minas de Riotinto, donde nacieron los dos hermanos mayores de don Pío: Darío, luego escritor, y Ricardo, notable pintor y grabador.

La infancia de don Pío Baroja estuvo marcada por varios traslados de su padre por razón de su profesión, y así, en 1879, los Baroja Nessi se trasladan a Madrid y luego, en 1881, marcharon a Pamplona, donde nace su hermana Carmen. En 1886 la familia vuelve de nuevo a Madrid y es allí donde don Pío Baroja cursa su último curso de Bachiller en el Instituto San Isidro, en pleno centro del barrio de los Austrias.

Es la época en que Pío Baroja empieza por interesarse por las zonas pintorescas de las calles de Madrid, por el casticismo urbano madrileño y los personajes olvidados y vencidos que luego retratará en sus novelas. Y es la época de su gran afición por la lectura, cuando lee a Balzac, a Víctor Hugo, a Eugenio Sue, a George Sand, a Emilio Zola, a Espronceda y a Bécquer, toda la pléyade del romanticismo, con la excepción de Emilio Zola, promotor y miembro del naturalismo. Porque será años más tarde cuando descubrirá a sus autores, llamémosles de cabecera: Dickens, Stendhal, Dostoievski y Tolstoi, y un poco más tarde a Nietzsche y sobre todo a Schopenhauer.

Instituto de San Isidro, Madrid (Fuente: Telemadrid).

Al terminar su bachillerato, don Pío se enfrenta a la necesidad de elegir carrera, sin tener vocación alguna, y nos dice él mismo: “Al terminar el bachillerato vino la cuestión de elegir una carrera y comencé el preparatorio de Medicina, que era el mismo de la carrera de Farmacia. Estaba indeciso si estudiar una u otra. Pero mi compañero de instituto, Carlos Venero, que iba a estudiar Medicina y que era amigo de Pedro Ruidavets, que pocos días antes se hizo amigo mío, me convenció para que no estudiara de pucherólogo, como decía él, sino que me hiciera médico”.

Y así comienza sus estudios en la Escuela de San Carlos, pero al poco la familia marcha a Valencia, donde le ofrecieron a don Serafín una vacante, y fue allí, en Valencia, donde don Pío Baroja terminó su carrera de Medicina, con cierta brillantez y eficacia, pero sin ningún entusiasmo, pues nunca anduvo conforme con esta o cualquier otra carrera profesional; su interés por escribir, por la literatura, no acaba de dejar de rondarle por la cabeza desde su época de bachiller, pues como el mismo dice: “La afición y el deseo de escribir empezaban a prender en mí. Sugestiones de diversas clases alimentaban esta afición mía de emborronar cuartillas”.

Terminada la carrera de Medicina en Valencia, don Pío vuelve a Madrid para cursar el doctorado, lo que hace por San Fernando con la tesis titulada El dolor. Estudio de psicofísica. Y es durante este tiempo cuando muere su hermano mayor, Darío, víctima de la tuberculosis, con solo 23 años.

Pío Baroja. Imagen: Borzoi 1920 (Fuente: Wikimedia).

A finales de 1894, Pío Baroja marcha a Cestona para ejercer de médico rural, donde Baroja recupera la identidad perdida desde su marcha de San Sebastián, y así nos dirá: “En Cestona empecé a sentirme vasco y recogí este hilo de la raza que ya para mí estaba perdido”. En 1896, como no encuentra trabajo en San Sebastián, vuelve a Madrid para hacerse cargo de la gerencia de la tahona Viena Capellanes, de su tía Juana Nessi, en la calle de la Misericordia, para sustituir a su hermano.

En el desarrollo de su vida, el propio Pío Baroja nos dirá en Juventud y Egolatría (1917): “Mi periodo de vida preliteraria ha tenido tres épocas: ocho años de estudiante, dos de médico de pueblo y seis de panadero”. No es posible en este comentario, que no puede ser más que breve, ir a más allá narrando la biografía de don Pío Baroja. Biografía apasionante. Apasionante porque está llena, digamos, de “recovecos”. Yo he intentado ilustrarme a lo largo de mis lecturas sobre las vivencias, cuando no creencias, de tan gran escritor. El sobrino carnal de don Pío, don Julio Caro Baroja, hijo de su hermana Carmen, nos dirá: “Inútil es decir que mi tío, ni en vida ni en muerte, tuvo capilla, santuario o algo parecido. Fuera se habló mal de él; dentro también… pero se le siguió leyendo, y a despecho de cultos y públicos, cuenta hoy con sus lectores, gente especial que tampoco tiene que ver gran cosa con los profesionales de las letras, los críticos, etc.”

Y en esta no querencia de don Pío Baroja, yo pienso que no dejan de tener entre otros motivos, su posible mal carácter, su personalismo y su falta de aceptación de los criterios de otros, por lo que nuestro autor será incluso denostado cuando en 1935 es elegido académico de la lengua, lo que causó el estupor de sus enemigos. Pero don Pío Baroja logra ser un grandísimo escritor.

Curiosa fue la evolución de un hombre que acabará siendo uno de los grandes escritores españoles. Entre su amor por lo vasco, con su San Sebastián y su viejo caserón, Itzea, en Vera de Bidasoa, de Navarra, y su larga y final estancia en Madrid, donde falleció el 30 de octubre de 1956 en su piso de la calle Ruiz de Alarcón, tuvieron que pasar muchas cosas al hilo de los acontecimientos históricos que le tocó vivir a los que no fue y no pudo ser ajeno, como tantos y tantos españoles. Pero, para mí, su vida me parece cuanto menos en un contraste permanente, para al final quedarme la imagen del escritor vasco que yo vislumbro: la de un hombre vestido con descuido, tocado con una gorra que oculta un cabello sin cuidar, con una barba blancuzca y desteñida y sentado en una mesa camilla en el cuartucho de estar de una sencilla vivienda, calentándose en los inviernos con un brasero de yesca y escribiendo con pluma de tinta y más de un borrón, aquellas maravillosas historias vividas por otros o no vividas, que acaso hubo de imaginar, pero siempre llenas de su alma norteña. Para mí, me resulta difícil entender otro Pío Baroja y ello a pesar de que fuera capaz de crear un personaje para mí extraordinario: Zalacaín el aventurero; y también a un hombre del mar: Shanti Andía, aventurero e inquieto también. Sin olvidarnos de las andanzas de Avinareta, en la serie Memorias de un hombre de acción.

Pío Baroja. Fotografía: Mundo Gráfico (Fuente: Wikimedia).

Un escritor que en su vida anda buscando una, digamos, “especial” independencia. Es y no acaba de ser. Ni en su pensamiento político, social, profesional ni familiar. Se le ha llegado a llamar “un republicano sospechoso para la república”, y es que hasta se negó a participar en la Asociación para el apoyo a la República, promovida en 1931 por Ortega y Gasset, lo que supuso que los intelectuales le dieran la espalda y hasta el perjuicio para su cuñado Rafael Caro, editor, al que se le retiró la impresión de la Revista de Occidente. Ni siquiera estuvo conforme con que se formara un grupo literario que diera lugar a la generación del 98. Admitió que en el Grupo de los Tres, con Maeztu, Azorín y él mismo, tuvieron ciertas afinidades, pero poco más.

Y aunque muy unido a su cercana familia, tampoco quiso formarse la vida propia hasta el punto de que nos dice el propio don Pío Baroja: “Y usted, ¿por qué no se ha casado? –me pregunta una señora de la reunión– “.

Curioso para un escritor con un deje romántico especial que no olvida sus primeras lecturas. Romanticismo que surge a raudales en el final de Zalacaín el aventurero, cuando Martín Zalacaín cae muerto de un tiro por la espalda por orden de Carlos Ochando, hermano de Catalina, con quien se casó Martín. Un hombre con el empuje y afán de Zalacaín el aventurero no podía morir de otra manera, por la espalda y a traición, nunca de frente.

No conocemos grandes escarceos amatorios de don Pío, como no sea aquel frustrado intento con una doncella de Azcoitia o el leve encuentro con la dama rubia, con quien, desde un cercano balcón, presenció una corrida de toros con una conversación sugerente, pero que concluyó con la marcha de la mujer en un landó camino de Zumaya, y cuyas, digamos, “aventuras amorosas”, a mí, aunque nos las cuente el propio Baroja, me parecen tanto hazañas noveleras como pérdidas en la memoria. Tampoco me resulta creíble su relación personal con la mujer que llama Ana, que conoce en San Sebastián, y a la que vuelve a encontrar en París y poco más que una triste misiva venida Dios sabe de dónde.

Y en fin, su propia celebridad literaria, mal administrada, producida tras la publicación de su novela Camino de Perfección, y su homenaje en un restaurante de la calle San Miguel de Madrid con asistencia de Azorín, Silverio Lanza, Mariano de Cavia, Ortega Munilla padre de Ortega y Gasset, Galdós, Ramiro de Maeztu, Manuel Bueno, Valle-Inclán, Cornit, y hasta el maestro Vives.

Por eso, me quedaré con aquella imagen de viejo escritor afanado en su humilde hogar, pero independiente de todos. Como antes he referido, ni siquiera anduvo del todo conforme con su adscripción a la llamada generación del 98, impulsada por el maestro Azorín, con quien, no obstante, Pío Baroja mantuvo una amistosa relación.

Don Pío Baroja fue un prolífico escritor en prensa literaria, en relatos, en novelas, en memorias y también en cuentos. Medio centenar de novelas largas, más de sesenta novelas cortas y otros tantos cuentos, dos docenas de libros de ensayo, varias obras de teatro y hasta un libro de versos, Canciones del suburbio, escrito en 1944.

A mí el fenómeno del “cuento”, o de los “cuentos”, como expresión del contenido de una historia literaria, me parece la expresión ideal. No oculto que yo vengo usando esta expresión de “cuento”, pues aparte de que se afirma su contenido al acompañarlo en su título completo, también es expresión de cortedad y sencillez del relato. A mí me horrorizan los “volúmenes”, que por su extensión derivan a veces en muchos caminos y personajes difíciles de recordar conforme se avanza en su lectura, y a los que finalmente el autor del libro, al decidir terminarlo, tiene que acabar eliminando a más de uno de los personajes, a veces de la forma más peregrina. Pero esto, estimado lector, es una disquisición personal. Se aceptan, claro, opiniones de contrario. Para mí solo hay un libro largo que siempre se me queda corto, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Don Pío Baroja comenzó a escribir los cuentos que constituyen el volumen de Vidas sombrías entre los años 1892 a 1899 y casi todos siendo médico en Cestona. Y en Vidas sombrías está todo Baroja. Un total de 36 cuentos que, con prólogo de Julio Caro Baroja, publicó en 1966 en una primera edición de Alianza Editorial, en 2015 edita la cuarta edición y su primera reimpresión en 2020, que es la que en este artículo les comento. No me olvido previamente de referirles que felicito el diseño de la cubierta de esta primera reimpresión del libro que me resulta magnífica y que es debida, según los créditos, a Manuel Estrada. Es una composición que nos adentra indiscutiblemente en el mundo barojiano, tan lleno de historias y también de misterios, y por consiguiente en estos Cuentos.

Nos dice Julio Caro Baroja en el prólogo a esta edición: “Mi tío comenzó a escribir sus cuentos, los que constituyen el volumen de Vidas Sombrías, partiendo de sus experiencias de estudiante ciudadano, de médico rural y de industrial madrileño”; y que en Vidas sombrías –se ha dicho–, está todo Baroja, “y algo que después echó por la borda”. Ciertamente hay aquí cuentos que recogen impresiones juveniles acerca de temas esotéricos, como los cuentos llamados Médium y El trasgo; cuentos en los que el simbolismo está a flor de piel, como Parábola o El reloj; como también el ambiente de las futuras novelas vascas, marítimas y no marítimas, como Mari Belcha, Angelus, o La venta; y el ambiente de sus novelas madrileñas, como los cuentos que titula Los panaderos, donde los personajes son los familiares de la panadería de Capellanes, y La trapera y Hogar triste; y hay cuentos en los que parecen más “humorados” al modo barojiano, como En las coles del cementerio. En otros aborda cuestiones sociales como en El carbonero, Conciencias cansadas, y El vago, donde se acerca a una curiosidad que siempre tuvo respecto de los anarquistas o ácratas, como también el cuento anejo a sus experiencias profesionales, Noche de médico, o a los ambientes vascónicos como Elizabide, el vagabundo, o al humor popular como El charcutero o el llamado Lecochandegui, el jovial. Y sobre todo, para mí, el que más me ha impresionado: La dama de Urtubi.

La dama de Urtubi es el cuento de mayor extensión del libro. Y en él se concentran toda la tradición ocultista y misteriosa de los montes vascos. Es como un canto a las sorguiñas. Las sorguiñas vascas son como unas brujas pero con “muchas particularidades especiales”. No celebran los sábados, sino cualquier día de la semana coincidente con alguna gran solemnidad en la Iglesia y cuyos conciliábulos se celebraban en Navarra en prados, cuevas y sitios rústicos, o en caseríos y castillos en el Labourd.

Cuevas de Zugarramurdi. Fotografía: Conxita Clara (Fuente: Wikimedia).

Y en este cuento se nos mezclará el romanticismo, la brujería y, cómo no, la superchería. Pero hay como telón de fondo, algo que parece que fue verdad: las brujas y sus aquelarres en la cueva de Zugarramurdi, y en el cuento se nos narra el aquelarre que tuvo lugar una noche de San Juan. Aunque enmarcado, el cuento es una historia de amor que quiere verse marcada por la brujería; Baroja nos describe de una forma minuciosa aquellos aquelarres. No dudo de que don Pío tuviera que andar cerca de su visión, como hizo en sus años juveniles en el Madrid de su época, donde no se perdía ninguna ejecución pública a garrote vil en la Plaza Mayor.

Yo sabía de la existencia de Zugarramurdi y sus brujas, y cuando hace unos años en un viaje organizado, al atravesar los montes de Navarra, se nos indicó por el guía que pasábamos por las cercanías de las cuevas y nos las señaló allá en los altos, sentí, no sé, como un escalofrío. Porque están allí las cuevas de Zugarramurdi, y quién sabe si alguna noche se reúnen todavía las sorguiñas.

Nos relata Baroja en su cuento, como en la noche de San Juan, “una vieja subida en una piedra peroraba en vascuence contra la religión y la Iglesia. Era una vieja escuálida, vestida de negro, iracunda y siniestra”. No contaré más, aunque el relato de este cuento acaba, digamos, bien, cuando nos cuenta esta historia de Leonor de Alzate, la dama de Urtubi.

Y esta ha sido, estimado lector, mi aproximación a un escritor genial como es don Pío Baroja. Discúlpeseme por la rapidez y el no haber profundizado, más si cabe, en la personalidad de nuestro autor. Quizás yo, hombre del mediterráneo español, nacido bajo una luz luminosa y bajo el encaje de las palmeras, no alcance a comprender otras vidas españolas más lejanas, pero ello no impide que las ame como tierras nuestras y comunes. Siempre me quedará el recuerdo amable de mi visita a las costas del mar cántabro y mi admiración por Zalacaín el Aventurero, Shanti Andía y los marineros de altura del pueblo vasco, sus grandes santos y sus gestas heroicas.

Les recomiendo, estimados lectores, la lectura de estos Cuentos. En ellos está todo Baroja, médico, panadero y escritor. Sobre todo, escritor.

Y que cuando caiga la noche y en el silencio sereno abran este libro por alguno de sus cuentos, acérquense a aquel escritor, que nos los contó escribiendo en su mesa camilla, con su gesto serio, vertiendo con su tinta sus historias vividas o tan solo soñadas, a las que convirtió en cuentos.

Los Cuentos que en este libro se nos ofrecen, y que en esta reimpresión de su libro les comento.

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Julio Calvet Botella

Magistrado y escritor.

4 Comments

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  • Amigo Julio tu reseña de Pío Baroja es extensa y minuciosa. El País Vasco está muy bien detellado. Como si hubiera vivido allí. La obra de Pío Baroja es de lo mejor del 98, amigo de Azorín, pero ambos, no se llevaron bien con Vicente Blasco Ibáñez, que a pesar de ser de la Generación del 98, Azorín por enmistad no lo incluyó. Y que es con Blasco Ibáñez nadie se llevaba bien. Pío Baroja llegó a decir que le había plagiado en la novela “La Horda” y tuvieron un encontronazo en 1904.
    Un abrazo. Muy bueno y documentado tu artículo.

    • Muchas gracias amigo Ramon. Celebro que te haya gustado. Tu juicio es para mi muy importante pues eres un ilustre persona: escritor, pintor… y como yo te he calificado un “Hombre del Renacimiento”. Gracias. Mul Gracias. Julio Calvet

  • Querido amigo Julio
    Has hecho un magnífico artículo sobre Pío Baroja, muy detallado y ameno de leer, es uno de mis autores preferidos de la Generación del 98, por su realismo y la autenticidad de los personajes de sus novelas, creo que algunos reflejan un poco su forma de ser , o de como le hubiera gustado ser.
    Es lo bonito de ser escritor plasmar nuestros sueños y hacerlos realidad, aunque sea en la ficción.
    La trilogía de “La lucha por la vida” fue una de las novelas que más me impactó de joven .
    Un abrazo.
    Pilar Galán

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