Cultura

De libros y año nuevo 2022

Libro: La Celestina. Tragicomedia de Calixto y Melibea.
Autor: Fernando de Rojas.
Ediciones Cátedra. Letras Hispánicas.
Grupo Anaya SA. Juan Ignacio Luca de Tena, 5. Madrid.
Trigésima edición, año 2020, edición de Dorothy S. Severin.
Notas en colaboración con Maite Cabello.
Traducción de la introducción: María Luisa Cerrón.

Bueno, y se preguntarán, estimados lectores, ¿y a qué viene esto de glosar y comentar en los principios del año del Señor de 2022, el libro llamado La tragicomedia de Calixto y Melibea, también llamado La Celestina? ¿Hay algún aniversario o algún acontecimiento especial para ello?

Pues me explicaré. Hay una especie de motivación personal. Según el dictado de Ramiro de Maeztu en sus Ensayos en simpatía, don Quijote, don Juan y la Celestina caminan juntos como “las figuras más firmes que ha engendrado la fantasía hispánica”. Y yo, que he dedicado mis afanes literarios al Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y al gran seductor don Juan Tenorio, me faltaba, para cubrir esta trilogía, hacer un comentario a este tercer personaje llamado La Celestina, pues ella no merece ser olvidada, cumpliendo de esta forma el completo comentario de esas tres figuras, las más firmes de la “fantasía hispánica”, como nos dijera el humanista e intelectual de Vitoria. Pero es más, sucede que para mí, desde mi posición histórica y personal del siglo XXI, este libro que apareció allá por el año 1499, en los finales del siglo XV, se me presenta como un libro lleno de misterios, tanto en su forma como en su fondo; misterios que llegan incluso al reconocimiento de quien fuera el autor de su escritura, lo que no ha dejado de ser objeto de batalla para muchos eruditos, desde aquellos tiempos, cinco siglos atrás del nuestro, en que pudo ser leído y, a veces, de forma disimulada y casi secreta.

Colegiata de Santa María, Talavera de la Reina. Fotografía: Zarateman (Fuente: Wikimedia).

De Fernando de Rojas, cuya existencia se puso en duda en algún tiempo, ya hay certeza de que debió nacer hacia 1465, según concreta la Encyclopedia Britannica, aunque la autora de la introducción de la edición del libro que comentamos, la hispanista norteamericana Dorothy Sherman Severin (1942), lo acerque un poco más a nosotros y fije la fecha de su nacimiento en la década de 1470. Tampoco hay duda alguna de que Fernando de Rojas nació en la Puebla de Montalbán, localidad situada a unos kilómetros al oeste de Toledo, en la vega del río Tajo y en las primeras estribaciones de los montes de Toledo. Hay suficientes datos documentales que nos explican sus circunstancias personales: se sabe que fue hijo de los judíos conversos Garci González Ponce de Rojas y Catalina de Rojas, que fue cristiano nuevo, que cursó leyes en Salamanca, que se trasladó en 1518 a Talavera de la Reina, donde se casó con Leonor Álvarez, hija de Álvaro de Montalbán, procesado por la Inquisición toledana por sospechoso de ser judaizante en un proceso que se siguió en 1525 en el que “nombraba por su letrado, al bachiller Fernando de Rojas su yerno, vecino de Talavera, que es converso” ; y que fue alcalde mayor de Talavera de la Reina en 1538.

Debió morir entre el tres y el ocho de abril de 1541, dejando un testamento firmado tres días antes de la primera fecha y el día ocho del mismo mes su viuda redactó un inventario de sus posesiones, especialmente de sus libros.

Según cita don Federico Carlos Sainz de Robles en su prólogo de 1959, en una edición de La Celestina, Cosme Gómez Tejada de los Reyes declara en su manuscrito que obra en la Biblioteca Nacional de Madrid, titulado Historia de Talavera, que Fernando de Rojas fue enterrado en la iglesia del convento de monjas de la Madre de Dios, de Talavera de la Reina, añadiendo que “fue abogado doctor y aún hizo algunos años en Talavera el oficio de alcalde mayor. Naturalizose en esta villa y dejó hijos en ella”. La autora de la introducción del ejemplar del libro que comentamos, Dorothy S. Severin, añade que Fernando de Rojas, en su enterramiento, fue amortajado con hábito franciscano.

Y para mejor aclaración tendré que añadir que Fernando de Rojas se titulaba bachiller, y hay que pensar que en aquellos tiempos, ser bachiller no era haber estudiado el “Bachillerato” tal y como lo es hoy, sino que en aquel entonces de Fernando de Rojas, el ser “bachiller en leyes” era como un equivalente a la licenciatura en Derecho, que le capacitaba para el ejercicio de abogado, como en realidad lo fue, y más tarde alcalde mayor, o sea juez en lo civil.

Fernando de Rojas (Fuente: Wikimedia).

Bueno, y tras esta sucinta nota biográfica, resulta que Fernando de Rojas es judío a dos “vertientes”: por consanguinidad y por afinidad; y judío converso. Y claro, en aquellas fechas de mil quinientos no andaban muy bien las cosas para los judíos, así que es muy posible que esta ascendencia hebrea pudiera suponerle a nuestro Fernando de Rojas un actuar cauteloso al escribir su libro, pues en la España de aquellos años, la Santa Inquisición andaba tras los judíos conversos, o figuradamente conversos, cuando se atrevían a publicar libros y, para ello, acordémonos de Teresa de Jesús y fray Luis de León, que tuvieron serios encuentros con ella.

Yo creo que Fernando de Rojas debió ser “cristiano nuevo”, pues de no ser así no se explicaría que fuese nombrado alcalde mayor, esto es juez oficial en Talavera de la Reina con jurisdicción y competencia para resolver los pleitos civiles, ni su enterramiento en una iglesia católica con la mortaja del hábito del santo de los santos, san Francisco de Asís.

Y dicho esto, hemos de convenir, no obstante, que la aparición, la autoría y la difusión de La Celestina es una discusión inacabada, pues todavía se discute si Fernando de Rojas fue el autor de La Celestina en su totalidad o solo lo fue en parte, y ello sobre la base de que, como algunos arguyen y el propio Fernando de Rojas nos deja entrever, se “encontró” con una especie de restos escritos de una historia literaria que andaba circulando inconclusa y que él se ocupó de terminar.

Por ello, en un intento de valorar esta situación, me sumo a la jocosidad y al desenfado con el que, respecto de esta situación, atribuye don Federico Carlos Sainz de Robles al propio Fernando de Rojas cuando nos dice:

“¡Ay bachiller Fernando de Rojas, leguleyo y caciquil, enamoriscado y de grandes pujos dramáticos… y qué jueguecito te trajiste y llevaste del “a que sí” y del “a que no”! ¡Cuántos afanes derrochaste de querer y no querer, de sentirte indeciso y de acusarte a voces pregoneras; de plantearte ante las candilejas como un gran autor reclamado y aclamado y de escamotearte entre los grandes pliegues de un cortinón también celestino!”

Edición de Jacobo Cromberger (Sevilla) alojada en Cervantesvirtual.com (Fuente: Wikimedia).

Por otra parte, también creo que no podemos perder de vista que cuando, a mediados del siglo XV, Johan Gutemberg (Maguncia, Alemania, 1399-1468) dio el gran vuelco de la invención de la imprenta para reproducir los libros, antes objeto de copias manuales, las copias de los libros resultaban fácilmente modificables con el cambio de una o algunas piezas de las letras metálicas que iban componiendo el huecograbado del texto, que eran colocadas manualmente, lo que producía que, según el lugar de la edición, el libro estaba un tanto al albur de los ayudantes de la escribanía, con lo que el impresor alemán inventó indirectamente también la “errata” o lapsus calami, como también eran habituales las interpolaciones en los textos originales debidas al capricho del editor o al del intermediario de la edición.

Y así nuestro famoso libro fue apareciendo en distintos lugares con variadas extensiones, o mejor digamos versiones, no se sabe a quién debidas. En el año 1499 se publica en Burgos y en las prensas de Fadrique de Basilea la que parece ser la primera edición de la Comedia de Calixto y Melibea, donde no aparece, en el ejemplar encontrado de la misma, el nombre de su autor por causa de su importante deterioro y cuyo texto consta de 16 actos: un primer acto extenso y quince más.

El éxito del libro fue rotundo e inmediato. Al año siguiente ya se editan varias ediciones en Toledo, por Pedro Hagenbach, y otras en Salamanca y Sevilla. En el año 1501, Stanislao Polono la imprime de nuevo en Sevilla y esta composición se caracteriza por conservar el título indicado y traer una carta-dedicatoria, titulada El autor a un amigo, donde el autor le dice que “hallé esculpidas en estos papeles” y en “acabarlos me detuviese”, y unas octavas acrósticas, en cuyas iniciales de los versos leídos verticalmente se puede leer: “El bachiller Fernando de Rojas acabó la comedia de Calixto y Melibea y fue nascido en la Puebla de Montalván”. Y así se nos da en clave el nombre del autor. Pero es más, en 1502 se publica nuevamente en Sevilla otra edición y en esta el libro se titula como Libro de Calixto y Melibea y de la puta vieja Celestina. Luego vendrán otras ediciones concurrentes y sucesivas donde irán apareciendo modificaciones, como son el cambio de la denominación de “Comedia” para ser llamada “Tragicomedia”, la aparición de un prólogo, la ampliación de los 16 actos de las ediciones anteriores con cinco actos nuevos más, a los que se conoce con el nombre de Tratado de Centurio, y otras novedades más.

Y las ediciones y traducciones no cesaron de surgir hasta el punto de que hasta el año 1632 se había editado hasta ochenta veces y traducido al italiano, alemán, francés, holandés e inglés. Los comentarios de escritores y autores de la época y de las posteriores sobre la Tragicomedia no cesaron de aparecer: desde don Miguel de Cervantes, que la calificó de obra “divina”, hasta don Marcelino Menéndez Pelayo, quien afirmó que de no haberse escrito el Quijote, ocuparía la Celestina el primer puesto en nuestra literatura.

Tragicomedia de Calisto y Melibea, Juan Jofre, Valencia, 1514 (Fuente: Wikimedia).

Bien, pues contemplado el gran éxito de la Tragicomedia de Calixto y Melibea, y llegados aquí, nos falta pronunciarnos sobre la total autoría de la Tragicomedia. Menéndez Pelayo sostiene la tesis de que un solo autor elaboró toda la obra, opinión que basa en el hecho de que resulta imposible que se hubiera podido continuar una obra comenzada por otro de una forma tan perfecta.

Yo, por mi parte, me resulta más convincente la tesis contraria a la que hace el gran humanista y estimar que no toda la obra fue escrita por Fernando de Rojas y ello por su propia afirmación en la carta-dedicatoria del autor a su amigo sobre el supuesto hallazgo de unos papeles, y porque en el acróstico de la edición de 1502, se dice que el bachiller Fernando de Rojas “acabó” la comedia. Esta expresión de “acabó” permite intuir que Fernando de Rojas siguió continuando hacia su término algo ya comenzado a lo que hay que añadir los comentarios de muy ilustres exegetas, al considerar las muchas diferencias existentes en fuentes y lenguaje entre el primer acto y los restantes. La hispanista autora de la edición que comentamos, Dorothy S. Severin, también llega a esta conclusión cuando nos dice que “todo el mundo está de acuerdo en que Fernando de Rojas es el autor de los actos II al XVI”. Y cuando, por otra parte, don Ramón Menéndez Pidal concluyó el problema diciendo que “en suma, el auto primero pertenece a un autor de región arcaizante, posiblemente de Salamanca, donde Rojas halló el manuscrito de este auto y el resto de la obra responde al habla de la tierra de Toledo”.

En cualquier caso, esta solución no terminé el debate, pues provoca a su vez la discusión de quién es el autor del auto primero, que es atribuida por unos a Rodrigo de Cota, y por otros a Juan de Mena, por lo que el problema de la autoría de la totalidad de La Celestina, aún sigue en pie.

Y ahora hay que hablar del libro y para ello transcribiré el “Síguese” y el “Argumento”, que nos pone en su libro el propio Fernando de Rojas:

“SÍGUESE la Comedia o Tragicomedia de Calixto y Melibea, compuesta en reprehensión de los locos enamorados que, vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dicen ser su Dios. Asimismo hecha en aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes”.

“ARGUMENTO. Calixto fue de noble linaje, de claro ingenio, de gentil disposición, de linda crianza dotado de muchas gracias, de estado mediano. Fue preso en el amor de Melibea, mujer moza, muy generosa, de alta y serenísima sangre, sublimada en próspero estado, una sola heredera a su padre Pleberio y de su madre Alisa muy amada. Por solicitud del pungido Calixto, vencido el casto propósito de ella (interviniendo Celestina, mala y astuta mujer, con dos sirvientes del vencido Calixto, engañados, y por ésta tornados desleales, presa su fidelidad con anzuelo de codicia y de deleite) vinieron los amantes y los que los ministraron, en amargo y desastrado fin. Para comienzo de lo cual dispuso la adversa fortuna lugar oportuno, donde la presencia de Calixto se presentó la deseada Melibea”.

Busto de la Celestina, obra de Agustín Casillas. Huerto de Calixto y Melibea, Salamanca. Fotografía: Inziar (Fuente: Wikimedia).

Bueno pues aquí, y con esta llamada de atención de nuestro bachiller, ya tenemos ante nosotros un memorable espectáculo casi dantesco: locuras de amor, alcahuetería, brujerías, traiciones y un “desastrado fin”. Con ello, ni Comedia, ni Tragicomedia, sencillamente Tragedia, y tragedia repleta también de un indisimulado erotismo.

La Tragicomedia de Calixto y Melibea tiene sobre todo una protagonista: la Celestina, que es una vieja medianera, descendiente directa de la Trotaconventos, del llamado Juan Ruiz, arcipreste de Hita. Pero aquí, la también buscadora de jóvenes mujeres para goce de desaprensivos es, además de una alcahueta, una hacedora de hechizos y conjuros como el de trazar un círculo mágico y derramar aceite sobre una madeja de hilado sustraído a Melibea, al tiempo que pronuncia conjuraciones, lo que le confiere una actividad próxima y semejante a la brujería. Junto a esta innoble mujer aparecen las figuras de Melibea y de Calixto, los amantes de tan fatal destino. En un segundo plano estarán las figuras de los criados y las mozas de partido, que representan el mundo picaresco y sórdido que envuelve y arruina poco a poco a los protagonistas. Los criados de Calixto son Sempronio y Pármeno, siendo el primero el que ha de ser visto como el más cínico y corrupto de los dos. Sempronio tiene a Elicia, y Pármeno logra a Areusa gracias a la cooperación de Celestina. Entre unos y otras, con las artimañas y seducciones de la vieja alcahueta, se consigue el encuentro entre Calixto y Melibea, la que acaba perdiendo la virginidad. Luego estarán los padres de Melibea, Pleberio y Alisa, víctimas también en el desastroso final.

Y me debería quedar aquí en mi comentario, con el recuerdo de esta novela de La Celestina, donde, como nos recuerda la autora de esta edición, parte de la crítica moderna quiere ver en ella una obra que resume tres de los más importantes temas de la Edad Media: la fortuna, el amor y la muerte.

Pero yo, que no soy un erudito ni pretendo ser más que un “curioso aprendiz”, pero que a la altura de mis años sigo siendo un empedernido lector, me expongo a decir, tratando de situarme en el lugar y tiempo en que Fernando de Rojas compuso, o acabó componiendo, la genial Tragicomedia, que todos esos factores (fortuna, amor y muerte) que se reflejan en el libro se conjugan hábilmente en aquel tiempo histórico en que la literatura, hasta entonces medieval, se encaminará hacia el largo periodo de la literatura clásica española, que poco a poco, pero de forma irreversible, producirá el cambio cultural tan temido por el tradicionalismo más riguroso.

Una celestina y dos amantes. Cuadro de Luis Paret y Alcázar. Colección: Museo del Prado (Fuente: Wikimedia)

Y confirma esta opinión el hecho de que en muchas de las obras literarias de ese tiempo, bajo una expresa voluntad ejemplarizante, el mundo de la literatura se va volviendo más humano ante la espiritualidad rígidamente exigida. Porque no va a tardar en surgir ese influjo vitalista en el teatro de Lope de Vega: El anzuelo de Fenisa, El arenal de Sevilla, El rufián Castrucho y en La Dorotea, como también en novelas tan eróticas como La lozana andaluza de Francisco Delicado, escrita en clave de “mala vida” española en la Roma del Saco, y así la celestinesca y la picaresca se confundirán en la literatura clásica española. Y todo eso encubriéndolo con un amparo no exento de cinismo, aduciendo los autores un loable propósito, lo que a mí me parece un simple intento de “desvío de atención” del censor al que hay que burlar.

Y tal sucede con La Celestina. Aquí nos encontramos con un autor que conforme a lo dicho es un “cristiano nuevo” o un “judío converso” que trata de ocultar, a medias, su autoría del total de la obra y que acaba una historia que yo calificaría de ajena a la hermosura y que se desgarra por todos los lados con el protagonista fundamental de la usura, del aprovechamiento económico, del erotismo y la mancebía, del engaño y superchería y de las traiciones, para llegar a un desastroso final. Don Miguel de Cervantes lo dirá claramente al enjuiciar La Celestina diciendo: “Obra a mi entender divina, si encubriera más lo humano”.

¿Quién, ante tal trama literaria, no intentaría ocultar su total autoría? No nos olvidemos lector de la época de esta novela, cuando en el día de hoy no es difícil encontrar nuevas publicaciones con historias en las que no pueden faltar tales atropellos mundanos y así vender más ejemplares. Y allí, Fernando de Rojas, para justificar una obra, digamos con todo respeto pero sin ambages, “escandalosa” y procurarle un fin moralizante, terminará diciéndonos: “Concluye el autor, aplicando la obra al propósito por el que la acabó”.

Y nos dice así:

Pues aquí vemos cuán mal fenecieron
aquestos amantes, huyamos su danza
amemos a Aquel que espinas y lanza,
azotes y clavos su sangre vertieron.
Los falsos judíos su faz escupieron,
vinagre con hiel fue su potación;
porque nos lleve con el buen ladrón,
de dos que a sus santos lados pusieron.

No dudes ni hayas vergüenza, lector,
narrar lo lascivo, que aquí se te muestra;
que siendo discreto verás que es la muestra
por donde se vende la honesta labor.
De nuestra vil masa con tal lamedor,
consiente cosquillas de alto consejo
con motes y trufas del tiempo más viejo;
escritas a vueltas le ponen sabor.

Y así, no me juzgues por eso liviano;
mas antes celoso de limpio vivir,
celoso de amar, temer y servir
al alto Señor y Dios soberano.
Por ende, si vieres turbada mi mano,
turbias con claras mezclando razones,
deja las burlas, que es paja y granzones,
sacando muy limpio de entre ellas el grano.

¿No les parece, lectores, una burda justificación de la narración de una historia sin moral que es la que se cuenta en La Celestina?

Acabo este comentario sobre nuestro libro. Un libro en el que siempre hay algo que descubrir y que da mucho para meditar.

Yo soy hijo de un tiempo en el que a los que estudiábamos el bachillerato de letras nos enseñaban a conocer a los autores y los argumentos de las principales obras de literatura clásica, sobre todo española, entre los que no faltaba La tragicomedia de Calixto y Melibea. Y claro, para aquellos mis tiempos, se dulcificaba su argumento en el resumen de la obra literaria en nuestros libros escolares del bachillerato. Por eso cuando la leí y la conocí en todo su contenido, la Tragicomedia no dejó de impresionarme y desde siempre la tengo como la gran obra literaria de un autor que solo escribió una novela brillantemente escrita y con una historia que no ha cambiado tanto con los tiempos.

Y así, con este comentario de La Celestina, completo la genial trilogía que forma con don Quijote y don Juan Tenorio y con el que he querido iniciar mis colaboraciones en este nuevo año de 2022.

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Julio Calvet Botella

Magistrado y escritor.

8 Comments

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  • De acuerdo, Julio: ‘La Celestina’ es historia medieval e historia presente, como casi todas las grandes obras de la literatura universal y entre ellas, claro, tus queridos don Quijote y don Juan Tenorio. Gracias por abrirnos ventanas sobre Fernando de Rojas y la autoría compartida de la comedia, tragicomedia o tragedia que, hace muy pocos meses, había vuelto a leer. ¡Feliz año nuevo!

    • Estimado amigo Ramon Gómez Carrión, gracias por tu correo. Tienes toda la razón: que poco han cambiado las cosas, aún andamos entre cinismos y malas artes “celestinescas”.
      Feliz Año Nuevo.

  • Querido Julio
    Me parece magnífica la selección que has hecho en tu trilogía con El Quijote, Don Juan Tenorio y La Celestina.
    Son unas obras fantásticas de la literatura española y universal de las que nos debemos sentir muy orgullosos pues jamás pasarán de moda.
    un abrazo

    • Querida Pilar gracias por tu comentario y es cierto como dices que Don Quijote, Don Juan y la Celestina son las luminarias literarias de nuestra inmortal cultura escrita de todos los tiempos. Un abrazo y Feliz Año Nuevo.V

  • ¡Qué buena manera de comenzar el año, don Julio, cerrando esa trilogía castellana con el broche de oro de La Celestina! Un abrazo.

  • Que bien empiezas el año con “La Celestina”, y todo lo que nos han enseñado sobre Fernando de Rojas un converso del que poco se sabía y del que, seguramente se ocultadaba de la Inquisión. No me extraña que el tema sexual atrajera el interés de esta tragicomedia, a estos hombres de la Edad Media. ¡Feliz año!.

  • Estimado Julio, cuántas buenas lecciones de literatura nos aportas. Ha sido un magnífico acercamiento a La Celestina y a Fernando de Rojas. Un abrazo

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