Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Educación

La infancia vulnerable no puede cerrar por vacaciones

Imagen generada con ChatGPT.

Cuando llega el mes de julio, aparece a nuestro alrededor una música agradable y esperada. Suenan las notas estridentes de las persianas bajando, las ruedas de las maletas cargadas de buenos deseos, las conversaciones interminables sobre el estado de las playas, el autobús que lleva de regreso al pueblo, la voz ronca de los abuelos que abren de nuevo la casa familiar y, sobre todo, las tardes largas en las que parece que el tiempo, por fin, no se acaba nunca. Para muchos niños y niñas, el verano se convierte en una auténtica promesa de libertad: se olvidan de los relojes y el despertador de las siete de la mañana, siempre se puede dormir un poco más, es posible bañarse hasta tener los dedos arrugados, leer sin que al final del capítulo tengan un examen, jugar hasta el anochecer y descubrir que la vida es algo más que una secuencia de actividades extraescolares en una agenda.

Pero hay otro verano sin banda sonora, mucho más silencioso. Se trata de un verano distinto, al margen de los anuncios de helados de sabores imposibles y fotografías de estudio improvisadas para mostrar recuerdos que despiertan la envidia en las redes sociales. Es el verano de la cruda realidad para muchas personas de nuestro entorno. Es el verano de los niños que se quedan en casa porque no hay dinero para salir, de las familias que hacen números para pagar la luz mientras sube el calor y se refugian por la tarde en un centro comercial, de las madres y padres que han oído hablar de algo que se llama conciliación y se ven obligados a trabajar cuando el colegio cierra, de los menores que pasan demasiadas horas frente a una pantalla porque no hay campamento, no hay patio de recreo para el ocio seguro, no hay una biblioteca cercana que permita disfrutar de maravillosas aventuras, no hay un adulto disponible que sirva de guía y referente y, en definitiva, no hay una alternativa real que cubra las necesidades de los más pequeños fuera del ámbito escolar.

Nos gusta pensar que las vacaciones estivales igualan, proporcionan uniformidad a la población, porque todos los colegios, tanto públicos como privados, cierran al mismo tiempo. Sin embargo, cuando ponemos la lupa sobre este hecho, se puede ver que la pausa escolar no significa lo mismo para todas las infancias de nuestras ciudades. Para algunas, julio abre un mundo de experiencias enriquecedoras a través de los viajes, la visita a los museos, el aprendizaje de idiomas en el extranjero, la práctica de deporte en los campamentos especializados, las conversaciones familiares sobre el futuro, la lectura reposada y compartida, el descubrimiento de los misterios de la naturaleza y grandes dosis de ocio educativo.

Para otras infancias, julio reduce el mundo de niños y jóvenes a las escasas dimensiones de una habitación compartida con tu hermano, a una pantalla desgastada, a una nevera desnutrida que se abre con prudencia, a una calle que hace las veces de patio de juegos, a pesar de tener que soportar un calor sofocante y la inseguridad de un espacio poco amable para los más pequeños, siempre con la vista puesta en el cercano horizonte de septiembre. La escuela, a pesar de sus límites y limitaciones, ejerce un papel de barrera frente a las desigualdades durante el curso. Ofrece tareas rutinarias, que se convierten en un alivio, permite asistir a un comedor con una dieta más variada, proporciona adultos de referencia, estimula la convivencia, facilita oportunidades de aprendizaje y se reconoce como un lugar seguro donde alguien puede detectar si algo no va bien. Cuando la actividad escolar se detiene con el cierre estival de las escuelas, las diferencias entre las infancias, de manera lamentable, afloran con rapidez y, generalmente, se agrandan.

Escena de la película “Sleepers” (1996) de niños jugando en la calle.

Por eso resulta tan incómodo hablar del verano desde la educación y las instituciones educativas. Porque obliga a mirar aquello que preferimos dejar en la sombra para que pase inadvertido. El verano no es solo una estación, ya que se ha convertido en una prueba de resistencia para muchas familias. Así, una sociedad que se define a sí misma como avanzada debería preguntarse qué ocurre con sus niños cuando los centros educativos cierran sus puertas y el cuidado se convierte, una vez más, en un asunto privado, doméstico y, por tanto, desigual. Decir que los niños necesitan vacaciones es verdad. Decir que todas las vacaciones son beneficiosas, al emplear una visión claramente reduccionista, es una ingenuidad. Hay descansos que reparan y hay descansos que abandonan. Hay veranos que abren nuevos horizontes y ensanchan el mundo y hay veranos que confirman a un menor que sus posibilidades son mucho más pequeñas que las de otros.

Save the Children advertía en 2025 que una de cada tres familias con niños y niñas se quedaba sin vacaciones, ya que estaba afectada por el alto coste de la vida y por la pobreza infantil. La cifra, leída deprisa, puede parecer otro dato social más, uno de esos números que pasan por delante de nuestros ojos sin alterar demasiado la sobremesa. Pero detrás de ese dato hay casi tres millones de menores para los que el verano no significa cambiar de paisaje, sino permanecer ante una foto fija que se convierte en un escenario agobiante. Permanecer en el mismo barrio, con los mismos límites, con el mismo ruido, con la misma tensión económica, con menos apoyos y, a veces, con más soledad. En la Comunitat Valenciana, además, el problema golpea con especial fuerza, porque la desigualdad territorial también dibuja el mapa del descanso. No se trata de convertir las vacaciones en una competición de consumo, ni de pensar que todo niño necesita un hotel, un parque temático o una quincena de playa para ser feliz. Se trata de algo mucho más básico: garantizar que ningún menor quede excluido del juego, del vínculo, de la cultura, del alimento adecuado, del movimiento, de la seguridad y de la experiencia de sentirse parte de una comunidad.

La pobreza infantil no se mide solo en euros. También se mide en tardes sin planes, en la ausencia de conversaciones, en libros de cuentos cerrados porque nadie los lee en voz alta, en espacios verdes que no se pisan, en meriendas poco saludables y apresuradas, en excursiones que no se pueden pagar, en llamadas que no llegan, en oportunidades que otros niños acumulan casi sin darse cuenta. La desigualdad educativa tiene una dimensión material evidente, pero también una dimensión emocional y simbólica. Un niño no aprende únicamente contenidos. Aprende, sobre todo, cuál es su lugar en el mundo. Aprende si su entorno le dice “tú importas” o si, por el contrario, le transmite que debe arreglárselas como pueda. Y esa sensación, repetida durante años, termina calando mucho más que cualquier explicación teórica sobre la igualdad de oportunidades.

En el imaginario adulto, muchas veces compuesto de falsos recuerdos de infancia, el verano infantil suele asociarse al descanso. Pero desde una mirada pedagógica conviene ampliar el foco. Descansar no es desaparecer. Descansar no es interrumpir toda experiencia significativa. Descansar no es abandonar rutinas saludables hasta que septiembre vuelva con las prisas y los propósitos de enmienda. El descanso infantil necesita cuerpo, vínculo y sentido. Necesita juego libre, sí, pero también presencia adulta. Necesita aburrimiento creativo, pero no soledad crónica. Necesita tiempo sin tareas escolares, pero no desconexión cultural. Necesita menos presión, pero no menos cuidado. Cuando una niña o un niño pasa ocho horas diarias enganchado a los vídeos infinitos de las redes sociales porque no hay nadie que acompañe, no está “descansando”; su mente está siendo ocupada por una industria diseñada para retener su atención. Cuando un adolescente duerme de día y vive de noche conectado a juegos, redes y chats sin supervisión, no está disfrutando de su libertad; muchas veces está quedando a merced de una arquitectura digital que conoce sus vulnerabilidades mejor que los adultos que le rodean.

www.depositphotos.com.

La escuela no puede solucionarlo todo, pero tampoco puede fingir que el verano no forma parte de la trayectoria educativa de los menores. El aprendizaje no se corta en junio como si la vida obedeciera al calendario administrativo. La curiosidad, el lenguaje, la convivencia, la regulación emocional, la lectura y la autoestima continúan desarrollándose en julio y agosto. La pregunta, por tanto, no es si los niños aprenden durante el verano, sino qué aprenden y en qué condiciones. Algunos aprenderán que el mundo es amplio y maravilloso, que los libros pueden acompañar, que hay adultos que te dedican su tiempo para sentirte querido, que el cansancio se repara, que la naturaleza enseña, que la ciudad ofrece cultura y que su voz cuenta. Otros aprenderán que el mundo se estrecha, que molestar es peligroso, que pedir cuesta, que el aburrimiento duele, que la pantalla, a pesar de todo, consuela y que las oportunidades siempre pertenecen a otros que parecen haber sido tocados por la fortuna.

Este asunto exige un análisis crítico multidimensional con claras implicaciones institucionales. Cada verano se anuncian actividades, campamentos y programas municipales, y muchos de ellos son valiosos. Sin embargo, el problema aparece cuando la oferta no llega a quienes más la necesitan, cuando los horarios no encajan con los trabajos reales de las familias, cuando las plazas son insuficientes, cuando el precio sigue siendo una barrera, cuando la información circula mejor entre quienes ya tienen más recursos o cuando el ocio educativo se convierte en un privilegio con apariencia de servicio público. El derecho al descanso y al juego no debería depender del código postal, de la capacidad de una familia para rellenar formularios a tiempo o de si alguien se entera antes que los demás de que el plazo de inscripción se abre un lunes a las nueve de la mañana.

La educación, si quiere ser realmente transformadora, tiene que salir de la idea de que enseñar consiste solo en impartir clases entre septiembre y junio. Educar también es organizar una ciudad para que la infancia pueda vivirla, tal y como la soñaba Francesco Tonucci “Frato”. Es abrir las bibliotecas con horarios útiles, refrescar los patios escolares y convertirlos en espacios comunitarios, facilitar suficientes actividades gratuitas en los barrios más vulnerables, reforzar el servicio de los comedores escolares con becas de verano, garantizar el transporte cuando la distancia excluye, ofrecer propuestas de lectura sin convertirlas en deberes, formar a monitores y educadores en convivencia, detectar las señales de malestar, crear redes vecinales de apoyo y entender que el ocio no es un adorno, sino una parte esencial del desarrollo. Un niño que juega, lee, conversa, explora y se siente seguro no está perdiendo el tiempo. Está construyendo recursos internos para vivir mejor y tener una vida plena en el futuro.

También conviene revisar el papel de las familias sin caer en el juicio fácil. Hay discursos que convierten cualquier dificultad infantil en una acusación contra las madres y los padres, como si criar dependiera solo de voluntad, disciplina y buena organización. Pero muchas familias no necesitan lecciones morales, sino condiciones dignas. No se puede pedir presencia a quien encadena jornadas laborales imposibles. No se puede exigir lectura diaria en hogares donde el cansancio agota la energía. No se puede hablar de alimentación saludable ignorando el precio de la cesta de la compra. No se puede recomendar campamentos a quienes no pueden pagarlos. La pedagogía que no mira las condiciones materiales termina convirtiéndose en sermón. Y el sermón, cuando llega a quien ya vive al límite, no educa: humilla.

El influencer Nachter donó su premio de 5000 euros de los Galardones 20 minutos a Creadores 2026 a la Fundación Soñar Despierto, dedicada a becar vacaciones de menores en acogida.

Dicho esto, la responsabilidad familiar sigue siendo decisiva, precisamente porque no hay una política pública que sustituya por completo el vínculo. El verano ofrece una oportunidad humilde y poderosa para recuperar gestos que no cuestan dinero, aunque sí requieren atención: hablar sin prisa, contar historias familiares, caminar al atardecer, cocinar juntos, visitar una biblioteca, escribir una postal, cuidar una planta, jugar, mirar las estrellas, preguntar cómo estás y escuchar de verdad la respuesta. A veces, en medio de la presión económica y la fatiga, olvidamos que los niños no necesitan planes perfectos, sino adultos que les hagan sentir que su vida merece tiempo. La presencia no resuelve la pobreza, pero puede proteger a los menores frente a una de sus consecuencias más duras: la sensación de no importar.

La dimensión emocional del verano también exige atención. En los meses sin escuela pueden intensificarse la soledad, los conflictos familiares, el sedentarismo, los problemas de sueño y el uso problemático de las pantallas. No porque el verano sea peligroso en sí mismo, sino porque se debilitan algunas estructuras de protección. Para un menor que sufre acoso escolar, el descanso estival puede suponer un gran alivio si la violencia era presencial, pero puede convertirse en una prolongación cruel si el acoso se mantiene a través del móvil. Para un adolescente con malestar emocional, la falta de rutina puede aumentar el aislamiento. Para una familia en conflicto, la convivencia prolongada sin recursos puede elevar la tensión. Por eso la prevención no debería colgar el cartel de “cerrado por vacaciones”. La salud mental, la convivencia y la protección infantil no tienen temporada baja.

Hay algo profundamente contradictorio en una sociedad que proclama la importancia de la infancia, pero organiza sus tiempos como si los niños fueran un problema logístico. Cerramos colegios durante semanas, mantenemos jornadas laborales adultas poco compatibles con el cuidado, encarecemos el ocio educativo y después nos sorprendemos cuando demasiados menores quedan solos, conectados, aburridos o invisibles. La conciliación no puede seguir siendo una palabra vacía de contenido. Conciliar supone diseñar una estructura social que no obligue a elegir entre trabajar y cuidar. Mientras ese debate se posponga, el verano seguirá siendo un espejo incómodo de nuestras prioridades.

Y quizá ahí esté la cuestión central: el verano muestra sin paliativos la verdad educativa de una sociedad. Nos muestra si entendemos la infancia como un bien común o como una carga. Nos muestra si creemos que la igualdad de oportunidades empieza en el aula o también en el parque, en la biblioteca, en el comedor, en la vivienda, en la calle y en el tiempo disponible de los adultos. Nos muestra si el derecho al juego nos parece un lujo o una necesidad. Nos muestra si los menores vulnerables son objeto de discursos compasivos o sujetos reales de políticas concretas. Nos muestra, en definitiva, cuánto vale un niño cuando no hay cámaras, cuando no hay campañas, cuando no hay inicio de curso ni foto institucional.

Diseneyland París- Fotografía de www.depositphotos.com.

No se trata de escolarizar el verano ni de convertir cada minuto libre en una actividad programada. Sería un error llenar la infancia de agendas asfixiantes. Se trata de garantizar que la libertad no sea abandono y que el descanso no sea desigualdad. Los niños necesitan tiempo vacío, pero no vidas vacías. Necesitan aburrirse, pero no sentirse olvidados. Necesitan jugar, pero no sobrevivir al cuidado. Necesitan pantallas, quizá, en algunos momentos, pero no una pantalla como única cuidadora posible. Necesitan vacaciones, sí, pero sobre todo necesitan adultos, comunidades e instituciones que no desaparezcan cuando el calendario escolar termina un ciclo.

Cuando llegue septiembre, volveremos a hablar de las competencias, los resultados, la innovación, la inteligencia artificial, la convivencia escolar, los currículos y las ansiadas reformas educativas. Todo eso importa. Pero antes de llenar la educación de grandes palabras deberíamos preguntarnos qué ha pasado durante el verano con los niños y las niñas que nadie vio. Qué comieron. Con quién hablaron. Cuántas horas estuvieron solos. Qué miedo callaron. Qué libro no llegó a sus manos. Qué piscina miraron desde fuera. Qué campamento fue para otros. Qué pantalla ocupó el lugar de una persona. Qué oportunidades se acumularon en unas casas y se perdieron en otras.

El verano no debería ser una estación donde la infancia vulnerable queda aparcada hasta nuevo aviso. Un país muestra su verdadera identidad no solo por cómo enseña a sus niños, sino por cómo los cuida cuando dice que descansan. Y si de verdad creemos que la educación transforma vidas, tendremos que aceptar que educar durante las vacaciones de verano también supone no dejar atrás a quienes, precisamente por no hacer ruido, corren más riesgo de desaparecer de la sociedad a la que pertenecen y, por tanto, de nuestra mirada.

V. Jesus Martínez

Investigador educativo y divulgador.

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