A las seis de la tarde, sin falta, bajaba a la calle y me apostaba en la esquina del bulevar Laurent-Fouque, atento al clamor del joven vendedor de periódicos. Cómplice en la puntualidad, el muchacho se dirigía a mí y me entregaba, sonriente, el Écho-Soir a cambio de mis 25 francos (de los «antiguos») más una propina; un gesto inusual en un chaval de apenas once años. Aquel vespertino era «hijo» del matutino L’Écho d’Oran, aunque con menos páginas y caracteres más gruesos. Recorría los titulares de la primera edición —exceptuando los deportes—, familiarizándome así con los rostros y acontecimientos de la política, la economía, las ciencias y las artes, tanto nacionales como extranjeras. En las páginas locales, las noticias parisinas sobre declaraciones ministeriales o la crisis en Oriente Medio lindaban con la crónica diaria de atentados, asesinatos, sabotajes, arrestos y operaciones militares: el pan de cada día del conflicto que vivíamos en los años cincuenta.

Sin embargo, los viernes por la noche la rutina cambiaba. Al oír el ruido característico de la llave girando en la cerradura, corría a darle la bienvenida a mi padre. Él regresaba provisto del Paris Match y de Jours de France, además de algún ejemplar ocasional de Sélections du Reader’s Digest. Aquellos semanarios parisinos traían reportajes a todo color, principalmente de sociedad, y mi familia tenía bien consensuado el orden de lectura. Es de suponer que esa información llegada de París viajaba de noche en avión para garantizar una distribución puntual. Hacia el doloroso final del conflicto, se volvió habitual ver rectángulos en blanco en la prensa local, obra de una censura rigurosa que buscaba prevenir reacciones indeseadas en los lectores. En ocasiones ocurría lo contrario: corría la consigna de boicotear los diarios o semanarios de la metrópoli sospechosos de simpatizar con la causa independentista. Del norte, pues, nos llegaban los fuertes vientos y el vaivén de las decisiones políticas que aplacaban o incendiaban los ánimos de una población anclada a su tierra desde hacía varias generaciones.
En las postrimerías del «conflicto argelino» nos visitó un joven periodista belga, natural de Alicante y amigo de nuestra familia. Invitado a casa en su segundo día, nos confesó que, nada más aterrizar, las «autoridades» le invitaron a un paseo en coche para ofrecerle una «puesta al día» sobre los acontecimientos de la ciudad, confiando en que los relataría «fielmente». «¿De qué autoridades hablas, Henri-François?», preguntamos. «Las que aquí mandan», contestó, refiriéndose a la O.A.S., aquella organización activista profrancesa que operó hasta la independencia del territorio.

Nuestra incipiente televisión, nacida en 1960, apenas emitía telediarios y modestas producciones en directo; el resto de la programación, parisina, era en diferido. Con el tiempo, me fui familiarizando con los nombres y las siglas de las agencias: Reuters, AFP y, más tarde, EFE. En el plano político, aprendí a detectar la tendencia de los comentaristas, comprobando cómo una misma noticia podía ser presentada con distintos titulares, enfoques y formatos, así como a través de elocuentes omisiones. Cada vez me atraían más los grandes reportajes y aquellos redactores y editorialistas admirables por su formación y cultura general, ejemplos de curiosidad insaciable y de un compromiso civil digno de elogio. Alumno de la enseñanza francesa, me dictaban páginas de Guy de Maupassant, pero desconocía entonces que aquel excelso prosista ejerciera en su tiempo de reportero en la naciente y áspera Argelia.

A las tres de la tarde, al salir de la oficina en la calle Prim, me dirigía sin falta al quiosco de Recoletos a por mi ejemplar de Informaciones. Aquel vespertino, desprovisto de fotografías y fiel a una austeridad gráfica que recordaba al Le Monde francés, ofrecía crónicas pausadas, templadas y ajenas a cualquier sensacionalismo; todo ello aderezado con profundos artículos de economía y análisis de una sociedad que estrenaba su Transición democrática.
Habían pasado ya unos meses desde aquella mañana en que la rutina administrativa del banco se congeló. Un súbito silencio inundó la oficina para escuchar en la radio la voz trémula de Arias Navarro anunciando el desenlace de la agonía de Franco, un largo trance que fue objeto de un humor negro popular llevado al paroxismo.

Me estrenaba entonces como oficinista en el corazón de Madrid, tan cerca de donde a mi padre le sorprendió la proclamación de la II República, y después de haber dejado París, y más tarde Aix-en-Provence, en vísperas del famoso Mayo del 68. Francia disfrutaba entonces de la prosperidad de sus «Treinta Gloriosas», con una prensa escrita diversa y libre, pero con una televisión estatal única cuyos informativos quedaban todavía sujetos a cualquier llamada del Palacio del Elíseo, que mantenía sillones (eyectables) en el organigrama de la poderosa ORTF.
Allí, en la capital francesa, la nostalgia argelina —consecuencia directa del desarraigo— me empujaba hacia diarios o semanarios fieles a una causa perdida. Sin embargo, la televisión, todavía en blanco y negro, iba mostrando otra clase de periodismo de gran alcance y con notables realizaciones en todos los ámbitos. Entre telediarios puntuales y documentales de animales dotados de un fino humor y excelente dicción, se abrían paso los programas literarios, las tertulias cinematográficas, las crónicas musicales y demás espacios dirigidos por profesionales apasionados.

Los debates televisivos en aquel país irrumpieron con fuerza, especialmente a través de los «cara a cara» entre candidatos presidenciales. Hábilmente interrogados por periodistas de largo recorrido, los políticos de turno debían dominar tanto la forma como el fondo de sus argumentos frente al rival. De todo ello han quedado sorprendentes y, a veces, jocosos momentos en los anales de la televisión. Por su parte, los semanarios tenían sus páginas abiertas a ensayistas y analistas de especial calibre tales como Raymond Cartier, Alfred Sauvy o Jean-François Revel.
Casi diez años más tarde, España estrenaba su propia democracia y fui comparando los usos y modales periodísticos de ambos países. En aquel Madrid, apreciaba la corta y sintética reseña diaria de Abel Hernández, muy al tanto de cuanto se comentaba en los mentideros de la imparable Transición. Todavía imbuido de la lectura del constitucionalista Duverger, deseaba para mi país el advenimiento de un régimen equilibrado de poderes y alejado de rencillas históricas. En aquella época florecieron y destacaron notables periodistas, con plumas más o menos afiladas, en un campo amplio de opiniones por fin liberadas. Desde el llamado «aperturismo» hasta la libertad formal, nacieron diarios y revistas que acompañaron los acontecimientos políticos, sociales y económicos españoles. Me sentí entonces un «observador comprometido», agradeciendo tanta información disponible y, sobre todo, enfoques distintos sobre temas de trascendencia.
El periodismo desempeña, pues, en nuestra sociedad «liberal», su cometido de información, transmisión, denuncia y oposición. En el lado opuesto, el periodista o reportero —ya sea de paz o de guerra— se convierte en el mensajero maldito al que las autocracias y dictaduras de turno borrarán de un tiro, mediante un envenenamiento o con una súbita desaparición.
Ha pasado una eternidad desde aquellos años, posiblemente irrepetibles. Hoy en día, un servidor se ha tomado la libertad de franquear la puerta de la Hoja del Lunes, un valioso semanario alicantino que constituye un espacio de prestigio tanto para la profesión periodística como para sus fieles lectores. Con tiento y humildad remito breves colaboraciones, amablemente recibidas, al tiempo que disfruto escuchando los testimonios de veteranos profesionales y las sugerencias de las nuevas generaciones.
Y soy dichoso. Gracias.













🇨🇵 Carlos nous offre ici bien davantage qu’un récit de souvenirs : il nous invite à un voyage à travers une époque où la presse façonnait notre regard sur le monde.
Avec élégance et sensibilité, il évoque Oran, Madrid, Paris, les bouleversements de l’Histoire et, surtout, l’immense valeur d’un journalisme libre et exigeant.
Un texte à lire avec plaisir… et à méditer. 👏👏👏
🇪🇦 Carlos nos ofrece aquí mucho más que un relato de recuerdos: nos invita a un viaje por una época en la que la prensa contribuía a formar nuestra manera de mirar el mundo.
Con elegancia y sensibilidad, evoca Orán, Madrid, París, los grandes acontecimientos de la Historia y, sobre todo, el inmenso valor de un periodismo libre, riguroso y comprometido.
Un texto que merece ser leído… y también reflexionado.👏👏👏
J’avoue m’être perdu au début dans les labyrinthes de tes vies, puisqu’il semble que tu as vécu plusieurs vies, le fait de changer de continent, de pays et de culture te donne une vue d’ensemble et c’est un avantage.
J’ai relu le texte plusieurs fois et chaques nouvelles lecture me réconfortaient.
Merci Charles pour nous faire partager tes souvenirs qui sont pour la majorité, les miens aussi.
A bientôt.
Alain y Luis, agradezco vuestros respectivos comentarios. Esta modesta colaboración con La Hoja del Lunes está escrita con tinta de memoria.
Eres dichoso porque eres grande de espíritu. Tu presencia en la ‘Hoja’ es siempre grata. ¿Sabes que Abel Hernández fue compañero mío de estudios en la Universidad de Comillas y seguimos siendo amigos? Lleva muchos años escribiendo todas las semanas en ‘LA RAZÓN’. Un abrazo.
¡Qué bueno eres, Ramón! Y qué casualidad lo de Abel y tú. Ya hablaremos de todo aquello en alguna fiestecilla que nos prepare Marisa. Un abrazo.