Quizá haga un mes y medio el tiempo que haya podido pasar desde que publicara en esta Hoja del Lunes un artículo en el que salí en defensa de la vejez, separándola claramente del concepto “enfermedad”. Contestaba con la claridad que pude, y la delicadeza que supe, a un colaborador que seguía confundiendo algunos conocimientos que se le habían enredado en la encrucijada de los conceptos, difíciles, sobre la biología del envejecimiento. Los “técnicos en el tema” llaman o han llamado, o seguirán llamando, “tercera edad” a este periodo de tiempo que transcurre entre la juventud y la ancianidad. Bueno, a nosotros, geriatras y gerontólogos, ya se nos ha cansado el ánimo de insistir en empujar el viejo remoquete a la papelera y, aún así, se sigue mencionando esa “tercera edad” como título de un periodo concreto de la vida en el que el valor del acto humano “parece” merecer una cierta minusvalía. Aunque me chirrían las neuronas, sigo, con humilde paciencia, comprendiendo y disculpando. Asumo ciertas veleidades.
“Tercera edad” conlleva, políticamente, una marca en la vida y obras de unos seres humanos que son matizados por las sombras de un alias que luce pegado al currículo personal, como ese periodo biográfico que se caracteriza por lo que todos pensamos y en el que suponemos que el deterioro físico y psíquico no puede atravesar este espacio de la vida que ya es o está cerca de su final, quedándose incrustado en el margen del camino. Ya sé que es porque, políticamente, existe un intento de dar valor, en cierto modo, a los esfuerzos que las personas mayores podemos desarrollar frente a la de los más jóvenes, pero… Sospechosamente, parece tratarse de la muestra de un grupo social que, realmente, no se valora demasiado. De buenas maneras solemos leer o escuchar voces que alaban que, “aun, a su avanzada edad…”.
Y, ¿por qué vuelvo a cargar sobre el tema? Ayer, sin ir más lejos, estaba sentado en uno de los bancos de la iglesia de Nuestra Señora de Gracia —real iglesia, por cierto, con una historia de más de quinientos años—, las manos entrelazadas, pensando en mi nueva situación y dándole gracias al de arriba por la ayuda que estaba recibiendo, del cielo y de la tierra —aquí metí a mi familia y a mis amigos—, mérito de la fe que, aunque escasa, me ampara un tanto.
Vi mis manos entrelazadas y pensé cómo la vejez me estaba atrapando y atenazando. Miré mis manos con cierta serenidad y, aún así, pasó por mi mente aquel diagnóstico, anunciado hacía unas semanas, que espero pueda ser corregido porque me provoca deterioros que son parecidos a alguna manifestación del envejecimiento. Porque no es el envejecimiento en sí mismo, sino una alteración de algunas conexiones del sistema nervioso central que te abren una ventana, hasta entonces cerrada, y te enseñan el panorama de lo que pueda ser la vejez en su desnudez incapacitante.
Allí estaba meditando mi situación puntual. Eso que observaba en mi interior no era la senectud —que yo no sentía—, era una visión poco apetecida de lo que pudiera transformarse en la incapacidad propia de una enfermedad determinada. El médico me lo dijo: “Lo estudiaremos”. Quiso infundirme tranquilidad, pero yo desboqué la imaginación (o saqué la ciencia aprendida, o quizás el miedo). Y aquí, como quien dijo, he ahí mi cuerpo sentado en esa queridísima Iglesia, con la esperanza a flor de piel, una esperanza puesta a los pies de la Virgen de Gracia con la fuerza de querer volver al estado previo a esta situación que estaba intentando desbaratar mi vida.
Lo que más me preocupaba, dos meses en esa cierta incapacidad, era esa desmemoria que estaba borrando mi imaginación y la lucidez capaz de que las ideas que se elaboraban en mi cabeza no pudiera trasladarla a la hoja en blanco.
No sé si eso fue de tal modo una magia, o la acción de la sustancia “milagrosa” que repuso mi dopamina en el cerebro. El caso es que, cuando esto escribo, he respondido al vacío: “¡Estoy mucho mejor!”. Coincidiendo con la capacidad de iniciar y no pararme, de terminar de escribir este artículo para esta “Hoja” que actúa como este bastón que ahora me sirve de apoyo para seguir caminando y además me carga de fuerza y optimismo.
No es como consecuencia de la vejez, a quien conozco desde hace más de cincuenta años —algo habrá calado— ¡tanto tiempo caminando juntos, intentando orientar a mis pacientes! Era como una ventana que, a mi edad, se había abierto sin querer y me soplaba un aire destemplado, confundiéndome como si una “distraída” adormidera me hubiera intoxicado (Era el miedo).
Así me sentí, atrapado, y mi vida encorsetada hacía imposible “tirar para adelante”. Y allí me encontré y, asiendo el bastón, mi propósito pasó por volver a mi despacho y ponerme al pie de aquella hoja en blanco que esperaba desde hacía unas semanas. Hacía frío. Y sonó mi “móvil”. “¿Quién eres?”. Es un milagro de la técnica que pudiera oír la voz de mi hija Ana que vive en Madrid.
Tiré de mí (y bien que “tiré”). A la salida de la misa notaba cómo mis manos se desprendían más ligeras, la una de la otra, y parecían libres o, al menos, más libres. El deseo de abrazar la vida… La esperanza de reincorporarme al mundo. Fue una sensación surgida del viento frío que había espabilado mi optimismo. Crucé con sumo cuidado la Plaza de la Montañeta y dirigiendo la fuerza de mi bastón hacia mi casa firmé el acuerdo. Terminar este artículo.













No pasaré por tu consulta. Con tu hermoso artículo, los consejos para mi vejez me han salido, como dicen algunos, “de gratis”. Fabuloso. Un abrazo.