Opinión

“Quico”, el niño especial

Fotografía: Annie Spratt (Fuente: Unsplash).

Érase una vez. Casi todos los cuentos empiezan así y este relato-cuento-real también:

Érase una vez, un niño que nació en una pequeña y destartalada casita en el campo en la provincia de Alicante, lejos de todo y de todos, sin ningún tipo de asistencia parturienta, ni menos aún médica, en unos tiempos de desolación, hambruna, guerras y demás desdichas que pueden atacar a un país.

Era un tiempo en el que cada cual iba a lo suyo en las grandes ciudades, intentando procurarse el sustento necesario y diario para sobrevivir, ya que entre tantas guerras como habían pasado, primera y segunda guerra mundial, guerra civil española, posguerra, etc., la situación económica estaba marcada por la falta de casi todo lo necesario, como decía antes, para la supervivencia; por eso las relaciones entre las personas eran las mínimas. Eso pasaba en las grandes ciudades, pero en los términos rurales la cuestión empeoraba al no tener más medios para vivir que lo poco que podían recoger en los campos que de mala manera podían cultivar.

En uno de esos campos, en aquella casita de piedra y adobe que el propio padre había construido con sus propias manos con apenas espacio para convivir dos o tres personas apretadas y sin ninguna comodidad, nació hace ya bastantes años este niño pobre, que llegaría después a ser rico para volver a morir de mayor de nuevo pobre, pero casi santificado por los demás, debido a sus actos de ayuda a todo el que lo necesitaba.

Fotografía: Ali Yilmaz (Fuente: Unsplash).

Pero vamos a la historia. Nació casi solo, su padre estaba fuera en el campo trabajando las poco fértiles tierras, de las que sacaba también un poco de cosecha para ir subsistiendo, y su madre, cuando le llegó la hora del parto, se encontraba sola sin nadie que le ayudara.

Así llegó a este mundo nuestro niño pobre. Su madre se las arregló como buenamente pudo para hacerse cargo de la criatura ella sola, de cortar el cordón umbilical y de acurrucarlo en su pecho hasta que llegara el padre de la criatura por la noche, pues al estar las tierras de cultivo algo alejadas de la casita se llevaba algo de comer y no volvía en todo el día. Cuando el padre llegó, se encontró este panorama que no se esperaba, con la madre del niño en un estado de salud rozando la mortalidad, cosa que ocurrió pocos días después, y con un niño recién nacido sin saber qué tenía que hacer.

Hay que imaginarse a ese padre con ese recién nacido, con la madre que fallece a los pocos días al no poder resistir los problemas del parto, sin saber qué hacer y sin poder dejar de asistir a su hijo y a sus quehaceres en el campo para poder comer. Además de no poder acudir a ningún familiar ni vecino por estar todos algo alejados unos de otros y porque los demás también estaban en unas situaciones bastante delicadas con sus problemas.

Después de enterrar a la madre, el buen hombre, en una espuerta de pleita, que era como un capazo hecho artesanalmente de un material que se llama esparto, le hizo al niño una especie de cuna con unas mantitas para que estuviera cómodo y taparlo a la vez. En esa especie de cuna ambulante se lo llevaba al campo para seguir realizando sus labores diarias. Al niño le alimentaba con leche de una cabra que tenía y por la noche, al llegar a la casa, le cambiaba los pañales, que eran de trapos viejos, y le aseaba lo mejor que podía. Era una labor exhaustiva, pero el buen hombre se las apañaba como podía para compaginar las labores de la agricultura con las de nuevo padre.

Fotografía: SeppH (Fuente: Pixabay).

Hay que aclarar que en aquellos tiempos y en el lugar que mencionamos, en aquellos parajes montañosos y desolados alicantinos no existía ni luz eléctrica ni agua corriente en las pocas casitas desperdigadas que existían allí. Por lo tanto, imaginamos al pobre padre del niño recién nacido, los sufrimientos que tendría que padecer para llevar adelante la ardua tarea de su trabajo y el cuidado del recién nacido.

Sería muy largo y muy penoso explicar esta situación de aquel pobre hombre y su pequeño hijo. Por lo que vamos a dejar a la imaginación de los lectores los padecimientos que sufrirían. Estoy seguro de que por mucha imaginación que les echen no llegarán nunca a entrar del todo en la realidad.

Por ello, nos vamos a remontar a la edad de cinco años del niño huérfano de madre. A esa edad ya andaba al lado de su padre como si fuera un niño mucho mayor, mientras su progenitor llevaba a cabo las tareas propias del campo, el niño cuidaba de la cabra que seguía siendo su principal sustento.

Pero si el padre era un luchador nato, el niño no le iba a la zaga, ya con esa edad demostraba lo que sería capaz de dar de sí según fueran pasando los años.

Por aquellos lugares, las pocas gentes que allí malvivían fueron emigrando a otros sitios más poblados y con más posibilidades de supervivencia. Nuestros protagonistas, al final, viendo que era imposible salir adelante tal como estaba la situación, optaron también por dejar aquellos campos y adentrarse en un pueblo cerca de allí donde intentar subsistir mejor que en aquel solitario campo.

Fotografía: Sabine Rasterlocke (Fuente: Pixabay).

El padre del niño, como gran trabajador que era, rápidamente encontró trabajo como peón de albañil. Y también encontró una casa donde alquilaban habitaciones y allí se instalaron.

Al niño, los primeros días de estancia en el pueblo, como no tenía con quien dejarlo, se lo llevaba al trabajo con él. Pero los propios compañeros y jefes le informaron de un lugar donde quizás podrían atenderlo mejor. Así logró colocarlo en una comunidad de sacerdotes que, viendo el penoso estado de estas dos personas, se apiadaron de ellos y se hicieron cargo del pequeño. Los fines de semana (bueno, solo el domingo) que el padre no trabajaba, iba a por su hijo para pasar con él al menos un día a la semana.

El niño, en aquella comunidad religiosa, estaba la mar de contento, imagínense de donde venía y cómo había vivido hasta entonces, por tanto aquel cambio para él fue como pasar de la noche al día.

Los religiosos empezaron a enseñarle a leer y escribir, incluso a hablar como las personas normales, pues cuando llegó se expresaba como estaba acostumbrado a tratar con la cabra y otros animales, en plan como se decía por allí: “cateto”. Para los religiosos fue casi como aquel cuento de “Marcelino pan y vino”.

El niño, al que su padre llamaba Quico, y así se le siguió llamando hasta el fin de sus días, era una “esponja”, atrapaba toda la sabiduría que podía digerir a pesar de sus pocos años. Los religiosos se quedaban asombrados de la forma tan rápida que asumía todas las cosas y cómo las almacenaba en su memoria a pesar de no haber conocido desde que nació nada más que aquel campo de soledad. Era como si las cosas con las que había vivido sus primeros años en la naturaleza le hubieran reforzado la mente con una inteligencia muy superior a su edad.

Fuente: Filmafinnity.

Le encantaba leer y escribir (una vez que hubo aprendido) maravillando no solo a los religiosos, también a todas las personas que lo conocieron y, más aún, a su buen padre. Era ese tipo de niño prodigio que, dada la situación de donde nació y cómo llegó a aquel lugar, nadie hubiera creído que tan pronto resaltaría en todo lo que se le ponía de frente. Los religiosos estaban verdaderamente orgullosos de él y su padre aún más al ver los progresos que había adquirido en tan poco tiempo.

Pero este niño no se conformaba con aquello, en cuanto pudo pidió permiso a los religiosos para recoger lo que a ellos les sobraba de ropa y comida y recorrer el pueblo buscando a los seres más necesitados para entregarles todo aquello que él recogía. Los religiosos, al ver esta dedicación para hacer el bien y ayudar a los demás, ya le daban tanto comida como ropa, pero no de sobras, sino de lo que tenían para ellos.

Esto se empezó a difundir por el pueblo y, al final, eran muchas otras personas vecinas de allí, las que le llevaban al niño-repartidor muchas viandas para que él las diera a otras personas más necesitadas.

Esto fue en aumento como también los años de crecimiento de Quico y llegó un momento en que los religiosos tuvieron que habituar un espacio tipo almacén para ir acumulando lo que traían para que lo repartiera.

El buen samaritano, obra de George Frederic Watts (1817–1904). Fuente: Wikimedia.

Pero él no se conformaba con esto, en los ratos que tenía libres (que ya no eran muchos) se dedicaba a ayudar a los que veía que les hacía falta en sus casas o en sus trabajos. También, como en aquellos tiempos no había tantas tiendas como ahora, se hizo amigo de unos labradores que vivían en las afueras del pueblo y les pidió prestado un burro cuando ellos no lo necesitaran, así con el jumento cargado de muchas cosas que recogía en el pueblo e incluso otras que compraba, se iba por los cortijos de los alrededores y vendía todo aquel material, que por otro lado a las personas que vivían fuera del pueblo les venía bien porque así no tenían que bajar a comprarlas al pueblo.

De este modo recogía unas pocas ganancias que repartía igualmente entre las familias que él veía que les hacía más falta. La fama de samaritano de Quico fue creciendo a la vez que crecía en edad y en sabiduría, pues con todo esto no dejaba de estudiar ni de ayudar también en sus tareas a los religiosos.

Así fueron pasando los años y la fama de buena persona y de entrega a los demás de Quico se incrementaba cada día más, según repartía su ayuda y su vida entre las personas que lo necesitaban. Ayudaba también en las asociaciones sin ánimo de lucro colaborando en cualquier necesidad que él pudiera echar una mano.

Pasaban los años y Quico decidió abrir un negocio dedicado a la ayuda a los demás, una especie de ONG, pero a nivel privado, pues decía que así el reparto de cualquier bien material o inmaterial lo hacía él directamente a los que lo necesitaban, sin intermediarios.

Sería muy largo de contar los detalles de esta nueva actividad, solo citaremos que este negocio cada vez se hacía mayor y se fue extendiendo por los pueblos de alrededor, llegando a obtener unos grandes beneficios que él volvía a invertir con lo que sobraba de sus repartos a los más pobres y así creció su negocio, su fama y su fortuna, aunque esto último él no lo tenía como suyo, al final lo repartía todo.

Fotografía: Elyse Chia (Fuente: Unsplash).

Así vivió nuestro personaje hasta el final de sus días, que también fue muy extenso, ya que falleció con más de 90 años. Y como decíamos al principio, nació pobre y, a pesar de haber sido rico, murió pobre por su amor y atención a los que más lo necesitaban, ya que todo lo que conseguía lo repartía, viviendo él con lo mínimo necesario.

Bien es verdad que por aquellos pueblos por donde Quico había estado y había establecido su negocio en favor de los demás era querido, reconocido y en algunos de esos lugares le habían erigido una estatua a la entrada del pueblo.

Esta es una historia real que yo pude recoger en uno de mis viajes y que aquí transcribo para conocimiento de todo el que quiera leerla.

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Francisco Carrión Galera

Paco Carrión (Galecar), nacido en El Daimuz (Oria-Almería), es ya un hombre maduro con intensas “cicatrices” en sus vivencias de todo tipo y a todos los niveles, pero es en esta madurez cuando se pone a escribir un poco más seriamente de cómo lo hacía en su juventud, desgranando en algunos de sus libros, su experiencia en la historia y la vida de España. Desde entonces ha publicado 12 libros de distintos temas, varias obras de teatro y múltiples relatos cortos y poemas, además de tener tres libros pendientes de ser publicados.
Personaje inquieto, aventurero, polifacético, investigador de vivencias, y un largo etcétera. Ello le llevó a trabajar en el cine, en teatro, televisión, salas de fiestas, compañías de revistas y en cualquier faceta que tuviese algo de innovador y bohemio, cultural, festivo o artístico a la vez.

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  • Es una historia preciosa
    Ojalá existieran muchos niños como Quico en el mundo, para paliar tanta miseria .

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