Reportajes

Leyendas alicantinas: “Aly-Cantara y la cabeza del moro”

Castillo de Santa Bárbara sobre el monte Benacantil, Alicante (Fuente: Wikiloc, Rutes del món).

Tanto los alicantinos como los visitantes, siempre miramos y admiramos con gran satisfacción y asombro esa silueta de nuestro Castillo de Santa Bárbara, donde desde un punto de la playa del Postiguet, se puede apreciar a la perfección una cara de moro con su gorro incluido (fez o barret en la terminología que “ellos” y nosotros empleamos para denominar esa prenda). Lástima que le hayan “incluido” esos artilugios tan aberrantes de las antenas de comunicaciones.

Pero lo que casi ninguno de los admiradores de esta estupenda silueta sabe es la historia-leyenda que encierra en sus entrañas. Vamos a tratar de descifrarla, sin ánimo de entrar en la polémica de si realmente es historia o solo leyenda; el ánimo que a nosotros nos guía es dar a conocer al público, algo que en realidad puede palparse en el monumento más emblemático de Alicante, y que pasa desapercibido por la ignorancia popular del público en general, debido a la poca difusión que de esta “leyenda” cultural y propia de los alicantinos, se hace por parte de quien corresponda.

Alicante, como casi todas las regiones de España y del mundo entero, tiene y mantiene infinidad de “historias-leyendas”, unas más históricas y otras más mitológicas; pero la mayoría de singular belleza en su contenido, llenas casi siempre de gran romanticismo, como la que vamos a relatar en este libro. La pena, como decía antes, es que las personas responsables del gobierno y la cultura de cada zona, no se preocupan mucho de su difusión, que sería de gran ayuda para el conocimiento general y para el turismo de esta zona que eminentemente vive de él.

Volviendo a la leyenda empezamos así:

«Érase una vez un pueblecito de la costa levantina bañado por el Mare Nostrum, y rodeado por una cadena montañosa que le protegía de malos vientos, dándole el beneplácito de una climatología única en esta  zona ya entonces privilegiada, en el que vivían unos cientos de personas dedicadas la mayoría de ellas a la pesca y otras a la agricultura. En este pequeño pueblo todos se conocían y convivían hermanados, trabajando y luchando por su supervivencia y la de sus familias, arrancándole a la mar y a la tierra los frutos que generosamente ambos les daban, que en aquellos tiempos eran bastantes, al ser fructíferos los trabajos de aquéllas personas, por no estar esquilmados ni el mar ni la tierra como lo están ahora.

En el mar abundaban los peces de muy distintas especies, y se podían pescar nada más acercarse a la playa que rodeaba este coqueto pueblo. La tierra era sumamente fértil debido, entre otras cosas, a la cantidad de agua que llevaban sus caudalosos riachuelos, que los habitantes del pueblo habían conducido sabiamente a través de canalizaciones hasta sus huertas, por lo que siendo ya de por sí la propia tierra fértil al estar suficientemente regada, los frutos eran de cosechas muy generosas, bastando para alimentar a todo el pueblo.

Imagen: revista National Geographic, volumen 31 (Fuente: Wikimedia).

Habitantes moros

Este pueblo en aquel tiempo estaba habitado por musulmanes españoles, como una gran mayoría de zonas de la península ibérica, cada pueblo o comarca estaba regido por una especie de reyezuelo o califa, que era el equivalente a los alcaldes actuales. Vivían en paz con los pueblos de los alrededores y eran todos felices… Bueno… todos, todos quizás no; veamos la historia.

Realmente es una historia de amor, de esos amores de la antigüedad que por razones de clase y de prepotencia (hoy diríamos “razones de estado”), al final no llegan a ser lo felices que los enamorados hubiesen querido… vamos, una especie de Romeo y Julieta, los Amantes de Teruel y otros tantos casos que conocemos en la historia. En la nuestra esos amantes se llamaban CÁNTARA y ALY.

Cántara era la hija del Califa del pueblo, admirada  por todos por su gran belleza musulmana, de cara redonda, cabellos negros y rizados, mejillas blancas y rosadas con un pequeño lunar cual “gota de ámbar” que la hacía aún si cabe más atractiva, mirada lánguida, ojos grandes negros y algo saltones que cada vez que pestañeaba, los admiradores caían rendidos a sus pies; boca pequeña, pero con labios gordezuelos que parecían estar esperando el beso del enamorado; dientes blanquísimos como el nácar; caderas robustas que era como se llevaban en las mujeres guapas en esos tiempos; senos gruesos apretados y esperando poder amamantar a sus futuros hijos; manos finas con dedos ahuesados dignos de mujer elegante y dada a la pasión de la música. En fin, toda una belleza que cualquier muchacho de entonces (y de ahora, por supuesto), habría dado parte de su vida por tenerla como esposa.

Costume de fete. Cuadro de Nasreddine Dinet (Fuente: Wikimedia).

Indumentarias moras

Con este gran dechado de hermosura era motivo de deseo y disputa de todos los mozos casaderos del entorno. Pero también dada su condición de alto personaje de la sociedad de entonces, solo podían tener acceso a Cántara los hijos de los “grandes” de la zona, ¿os suena a la época actual? Entre estos posibles candidatos a acceder a la mano de Cántara, se encontraban dos moros jóvenes enamorados que pertenecían a las tropas del famoso Moro Muza, gran califa y gran guerrero que se hacía acompañar por los jóvenes más fuertes y bellos para nutrir su ejército.

Estos jóvenes eran los dos capitanes más bellos y famosos del ejército Muza, eran altos, morenos, pelo largo y rizado y… para no alargarlo más, el típico hombre que al igual que sucedía con Cántara, encandilaría a toda mujer, y eso es lo que en realidad pasaba. Si a ello añadimos que eran unos formidables guerreros, no en vano habían llegado a capitanes del famoso ejército donde militaban, pues debéis imaginaros el atractivo natural que emanaba de esos adonis morunos. Uno de estos valientes y guapos guerreros se llamaba Almanzor y el otro Aly.

Enterados de la ya famosa y singular belleza de Cántara, decidieron visitar el pueblo costero acompañándose de una compañía de su ejército. La entrada al pueblo de ese grupo fue apoteósica, imaginemos las pocas visitas de importancia que llegarían a una zona algo alejada de las demás; entonces no había tantas poblaciones como ahora, ni tan cerca unas de las otras. Tanto era así que los soldados visitantes eran más numerosos que la propia población costera. El califa y padre de Cántara los recibió con todos los honores, tratándose además del famoso ejército del Moro Muza, idolatrado por todo el pueblo musulmán de la época.

Se organizó la acampada de las tropas en los alrededores de la ciudad, suministrándoles todo lo necesario para comer y dormir, así como para sus caballos, cuestión esta del avituallamiento que no era problema en el pueblo, ya hemos mencionado la riqueza de que disponían sus habitantes; además de ofrecerles lo necesario con total alegría, dado que la visita era todo un acontecimiento para los nativos.

Los Monfies de las Alpujarras, por Manuel Fernández y González (Fuente: Wikimedia).

Los dos capitanes fueron alojados en la residencia del califa, como invitados de pro. Se organizaron grandes festejos en honor de los visitantes, llegando a tener una semana entera de fiestas y atracciones en las que participaron tanto los lugareños como los citados visitantes. Creándose un ambiente de convivencia que todos agradecieron, los primeros, por las pocas visitas tan extraordinarias como las que les habían llegado, y los segundos, por la falta de descanso que arrastraban después de tantas horas de guerrillas y acuartelamientos.

Llegando a término ya estos estupendos días pasados en el pueblo costero por las tropas visitantes, en los que los dos capitanes pudieron conocer  personalmente a Cántara, se quedaron tan prendados de ella, que su enamoramiento superó con creces al que ya traían, de solo las noticias que les habían comentado antes de llegar al pueblo. Por ello pidieron ambos hablar en privado con el califa para exponerle el verdadero motivo de su tan inesperada visita al poblado.

Los dos muchachos le hicieron saber al padre de Cántara el motivo real de la visita a su pueblo, le comunicaron oficialmente que estaban tan enamorados de su hija que le solicitaban su mano, y por tanto el padre debía decidir a cuál de los dos se la entregaba. El pobre hombre, que no se esperaba que el motivo de tan feliz visita fuera su hija, se quedó de piedra, y lo peor fue la decisión que le pedían tomara aquellos dos altos cargos del ejército, a lo que no podía negarse so pena de caer en desgracia con ellos y su caudillo. Fue un momento de gran incertidumbre y responsabilidad para el califa, que no sabía qué contestar en ese momento, por ello pidió un día de reflexión a los dos enamorados, para, según él, poder hablar con su familia y sobre todo con su hija, ya que era a quien le afectaba directamente el caso. Los dos muchachos le concedieron ese día de reflexión, quedando citados para el día siguiente a la misma hora y en la misma sala donde estaban los tres reunidos. 

El Moro Muza, estatua en su honor en Tudela. Fotografía: Arenillas (Fuente: Wikimedia).

Los enamorados pasaron la noche en vela esperando con ansiedad el nuevo día y la decisión del califa, pero este no lo pasó tampoco nada bien; primero reunió a la familia y les comentó la nueva noticia, tanto la madre de Cántara (que se llamaba Aisa), como la propia hija, la verdad es que no se sorprendieron mucho, pues como mujeres que eran, para ellas no pasó desapercibida la atracción que los dos jóvenes no trataron de disimular por la bella muchacha. Y por tanto se esperaban algo parecido, cuestión que al califa le agradó en sumo por la facilidad y la naturalidad con que se lo tomaron ambas mujeres, quitándole un gran peso de encima, en la primera de sus preocupaciones, que era la de ver si a su hija le agradaba el posible matrimonio con alguno de los dos capitanes. Al entender que tanto la madre como la hija aceptaban con agrado la posible unión, este primer punto quedaba resuelto a satisfacción de todos… pero… el otro punto ahora era el más peliagudo, la toma de decisión por uno de los dos candidatos. ¿Cómo  podía solucionarlo sin que ninguno de los dos se sintiera ofendido? Era harto difícil para este hombre que, aunque máximo mandatario de la ciudad, tampoco estaba acostumbrado a tener más problemas a solucionar que los normales entre vecinos sin más importancia que la rutina diaria. Por ello, cuando llegó el alba del día estaba como un flan, sopesando varias de las respuestas que durante la noche había estado pensando, para enfrentarse a los capitanes satisfactoriamente y que estos no se dieran por ofendidos.

Entre todas estas respuestas optó por una en forma de prueba que deberían superar los amantes, así el que la superara sería el que se quedaría con su hija, y el otro debería gallardamente retirarse acatando la decisión. La prueba en sí era la siguiente: deberían realizar una gran proeza que se conociera en toda la comarca como la más grande e importante realizada hasta la fecha, que entonces tampoco eran muchas las que se llevaban a cabo, bastante tenían los habitantes de cada territorio con aguantar las escaramuzas guerreras de uno y otro bando (moros y cristianos), como para pensar en realizar grandes hazañas. Por tanto el califa pensó que no sería muy difícil llevar a cabo una gran acción por estos dos grandes guerreros tan acostumbrados a realizar grandes batallas y salir con éxito de ellas.

Efectivamente cuando reunió a los dos jóvenes en la sala y les comunicó su decisión, ellos no lo tomaron a mal, lo aceptaron de buen grado y con todo respeto se comprometieron a cumplir la decisión y realización de la prueba que el califa les propuso.

Variedad de especias. Fotografía: Luis Figueroa (Fuente: Wikimedia).

Almanzor, que era algo mayor que Aly, fue el primero en reaccionar; y queriendo realizar la mayor proeza, fletó el mejor barco que había en la zona, lo cargó con víveres para un largo viaje, contrató los hombres adecuados para ello, y sabiendo que al Califa le encantaban las especias (como a todo buen agareno que se precie) pensó que sería un punto a su favor si le regalaba un cargamento de ese preciado producto traído directamente desde un lugar tan lejano como la India.

Se embarcó rumbo a Oriente, que era según se sabía donde en esos tiempos estaban las mejores especias de todo el mundo. No en vano había creada ya una ruta llamada precisamente “La ruta de las especias”, que recorría medio mundo desde África hasta la India, para transportar esa preciada mercancía que se pagaba a precio de oro, y muchas veces la mayoría, con este tipo de monedas de oro.

Era una ruta muy extensa en la que a veces los hombres que la realizaban pagaban con sus propias vidas, bien porque contraían alguna de las múltiples enfermedades que se propagaban en los  países que recorrían, por el cansancio de tan largos y penosos viajes, porque eran asaltados por bandidos para robarles la mercancía, que como digo era tan valiosa, por ataque de alimañas o por cualquier otra causa, como digo al recorrer tantos kilómetros desde la India hasta África pasando por todos los territorios intermedios. Lo que no sabía el bueno de Almanzor, era que muy cerca de la ciudad donde vivía su amada, había tan buenas especias como las que él pretendía traer desde la India.

Concretamente nos referimos a la zona que hoy llamamos Novelda, que entonces estaba bañada por un caudaloso río llamado Vinalopó. En aquellos tiempos se cultivaban las mejores especias de toda la península ibérica. Cuestión esta que, por no haber tan buenas comunicaciones como hay ahora, no era lamentablemente información muy extendida lejos de este territorio.

Rutas de comercio; la de las especias en azul (Fuente: https://wikisabio.com/).

Claro que Aly, aún siendo un poco más joven que su compañero, era si cabe algo más listo y perspicaz, por ello, haciendo averiguaciones se enteró que en este pueblo de la zona (entonces bastante lejos de la capital para las distancias que ellos acostumbraban a recorrer), tenían fama los cultivos y elaboración de las especias, sin necesidad de irse tan lejos a buscarlas y de una calidad tan buena como las de la India (aún hoy se sigue cultivando esta mata especiera, aunque con métodos más modernos).

De ese modo pensó que, al tener las especias relativamente cerca, en cualquier momento podría traerle al Califa un cargamento. Así mientras Almanzor se iba tan lejos a buscarlas, él aprovecharía para llevar a cabo otra proeza importante y poder ganar la mano de Cántara, llevando a cabo dos pruebas importantes en vez de una sola. A la vez que no se alejaba mucho de su adorada.

Empezó a indagar para informarse de las necesidades más perentorias para el pueblo costero donde vivían el Califa y su familia; y entendió que una de las cosas que más necesitaba este pueblo era el agua potable, que hasta ahora sacaban de pozos excavados en la ladera de la montaña y en la cercana colindante vega, pero por la cercanía del mar el agua salía algo salobre, debido a ello para el consumo humano no era muy agradable, aunque al no tener otra la bebían.

Habló con el Califa sobre un plan para traer al pueblo agua buena y potable, a este le pareció una idea estupenda, pero lo previno de la dificultad de llevarla a cabo, ya que por los alrededores no se conocía ningún manantial que reuniera las condiciones deseadas de potabilidad.

Flor de Azafrán. Fotografía: Ada (Fuente: Wikimedia).

Esto no desanimó al joven y valiente enamorado, al contrarió, le dio ánimos para intentar realizar la hazaña y con ello superar a su amigo y ahora rival en el amor.

Montó en su caballo haciéndose acompañar por unos pocos soldados de entre sus más fieles, y se dedicó a recorrer los alrededores en busca de la preciada agua potable. No fue tarea fácil, en muchas millas en derredor todos los pozos que encontraban el agua tenía ese pequeño sabor salobre igual al que los que había en el pueblo. Pero el joven no se desanimaba, continuó inspeccionando lugares hasta llegar al pie del monte que cerraba el valle del pueblo califal; era una gran montaña con un enorme paso o desfiladero que enlazaba con otra montaña justo enfrente, y como digo eran las que cerraban y a la vez resguardaban el pueblecito costero y sus alrededores, convirtiéndolo en un lugar casi paradisiaco, al contener estas dos montañas los rigores de los vientos helados del invierno, y traer aire fresco en la época veraniega.

Nuestro viajero-buscador de agua, pronto quedó prendado al divisar este espacio montañoso cubierto de frondosos árboles, poco poblado, pero con una riqueza agrícola que estos pocos pobladores montañeses se encargaban de mimar con su trabajo, para sacar unas buenas cosechas.

Por lógica, Aly comprendió al momento que allí debería encontrarse el tesoro tan preciado que él buscaba; el agua pura y anhelada por los habitantes del pueblo costero.

Efectivamente, habló con las gentes del lugar, que en principio lo acogieron con un poco de recelo al no estar acostumbrados a recibir visitas por esos lares, y menos de unos caballeros armados y al parecer de una ejército real. Después de presentarse ya ese primitivo recelo desapareció y los lugareños les brindaron sus sencillas casas, que por otro lado tenían todo lo necesario como para no pasar dificultades de comida y de ruda comodidad.

Aly y sus soldados pasaron unas jornadas en aquellos lugares recabando información sobre lo que les interesaba, el agua. Los lugareños no solo les informaron, también les enseñaron los manantiales que había por doquier, la excelencia de las aguas, y la gran cantidad que manaba a cielo abierto sin necesidad de excavar pozos; era una bendición de la naturaleza, de la que se sentían muy orgullosos.

Se ofrecieron sin ningún problema para donar parte de ese líquido elemento, en beneficio de los habitantes costeros que tan necesitados del agua estaban. Aly quedó muy agradecido por la buena acogida y la buena voluntad de los campesinos, prometiendo volver en unas pocas jornadas para poner en marcha la posible canalización de las aguas desde la montaña hasta el pueblo de la costa.

Cascada natural del pantano de Tibi. (Fuente: Wikimedia).

Marcharon para darle la buena noticia al Califa, el cual quedó muy satisfecho por las gestiones del joven soldado, pero de nuevo le expuso los inconvenientes que habría que sortear para traer el agua desde tan lejos, solo con los pocos medios que tenían de herramientas, más bien habría que hacerlo todo manualmente, que es cómo funcionaban las cosas en esos tiempos.

Aly inició su epopeya con gran ímpetu, contrató hombres para la tarea, animales de carga, las pocas herramientas que pudo recopilar, y se los llevó hasta las faldas de las montañas donde se encontraban los manantiales, empezando la labor de canalización de las aguas.

Pero el impetuoso muchacho no contaba con las enormes dificultades que esta loable empresa conllevaba. La primera, como hemos dicho, era la gran distancia desde los manantiales a la costa, a ello se unía el trabajo tan pesado para aquellos rudimentarios agricultores, el estar fuera de sus familias y el abandono de sus propias cosechas, las penurias de tener que vivir de mala manera en chozas al lado del tajo… total que las gentes se fueron desanimando, y minaron también la voluntad del emprendedor joven; influyendo también que al estar tan enamorado de Cántara le gustaba más estar cerca de su amada, que revisando las obras, por lo que al final estas se abandonaron al poco tempo de comenzadas.

El joven dedicaba casi todo su tiempo a cortejar a su amada, le componía versos y le cantaba su amor poéticamente, cuestión esta que los árabes de entonces eran muy versados y prolíficos. Tanto era el entusiasmo que Aly ponía en los requiebros a Cántara, que ésta al final se enamoró perdidamente de él, olvidando ambos por completo el tema de la traída del agua, y olvidando también el acuerdo que habían pactado con Califa sobre quién se llevaría la mano de su hija.   

En ese idílico estado se encontraban los dos jóvenes, cuando ocurrió lo que era de esperar: volvió Almanzor con varios barcos cargados de las más finas especias traídas directamente de la India. Lo recibió todo el pueblo con gran entusiasmo como si se tratara de un gran héroe, pues al fin y al cabo era una gran heroicidad lo que el joven consiguió con los pocos medios que poseían.

Galeón Andalucía. Fotografía: Jean-Pierre Bazard (Fuente: Wikimedia).

Se organizó una gran fiesta para celebrar la llegada de Almanzor y su cargamento, y en el transcurso de esta fiesta el califa no tuvo más remedio que cumplir su palabra, de entregar a su hija al joven que realizara la proeza más grande; y estaba claro que este había sido Almanzor.

El califa, aun enterado del enamoramiento de los dos jóvenes, Aly y Cántara, no pudo hacer otra cosa que cumplir con su palabra. Y ahí empezó el drama.

Los dos jóvenes enamorados se sumieron en la desesperación, no podían concebir la separación y menos aún el casamiento que el califa se veía obligado a otorgar. Pensaron en huir pero había dos problemas para hacerlo, primero que no podrían ir muy lejos, ya que el otro joven y el propio Califa les buscarían y les castigarían severamente, incluso con la muerte, pues en esos tiempos no se podían incumplir las órdenes o compromisos adquiridos por los mayores, ya que se dependía totalmente del patriarcado existente, máxime en la ley y religión mahometana.

Difícil lo tenían nuestros protagonistas; como comentaba al principio se puede decir que fueron los precursores de tantas historias que conocemos algo más modernas, como Romeo y Julieta, los Amantes de Teruel y  otros no tan famosos.

Tampoco tenían tiempo como para tomar una decisión satisfactoria, pues la decisión en sí ya estaba tomada por la palabra dada por el califa y no había posibilidad de marcha atrás. Estaba en juego el honor tanto de este como de Almanzor, y eso los jóvenes lo sabían perfectamente, máxime cuando Aly no podía ponerse en contra de su compañero de armas, por ese mismo honor que prevalecía ante las cuestiones personales de la época.

Aly, como hombre de honor que era, tomó su decisión, se despidió de su amada y sin que nadie más lo supiera, marchó hasta donde se habían paralizado las obras de canalización de las aguas, y se despeñó desde lo más alto de la colina donde se iniciaba la citada canalización.

Cuenta la leyenda, que se formó allí una gran depresión y que debido a ello y a la buena situación del terreno, sería donde después se decidió construir el famoso pantano de Tibi, que es el más antiguo de Europa.

Pantano de Tibi (Fuente: Alicante Vivo).

Cántara al enterarse de la muerte de su amado y para no tener que casarse con Almanzor, respetando el amor del primero, no lo pensó dos veces, y se tiró al mar desde el “Risco de San Julián”, que desde entonces se dio en llamar “El salto de la Reina Mora”. Hay que recordar que entonces el mar llegaba hasta la misma falda de la montaña donde se asentaba la alcazaba.

Almanzor desesperado por haber perdido a su amada y a su amigo, decidió regresar con sus tropas a su punto de destino, para tratar de olvidar aquel amor tan desafortunado que había acabado con dos vidas jóvenes, llenando de tristeza tanto a la población costera como a él mismo.

Pero, ¿qué pasó con el Califa? Cuenta la leyenda que al comprobar la gran desgracia que había caído sobre su familia, con la muerte de su hija querida y la de su amante, se sumió en tal desesperación que al final decidió seguir la misma suerte que los dos amantes, y una mañana de primavera de despeñó también por la parte más saliente del risco donde se asentaba la fortaleza árabe.

Pero aquí viene la salvedad de esta fábula. El califa no llegó a caer al mar, parece ser que su cuerpo quedó enganchado en el saliente de este peñón que predominaba (y predomina) en la montaña; y con el tiempo se fundió con la misma roca, creándose la silueta de su cara tal como hoy en día podemos observarla. Esa cara del moro con su gorro incluido que tan perfectamente se puede ver desde varios puntos de la ciudad, pero sobre todo desde el principio de la playa del Postiguet.

Según los vecinos de aquel primitivo pueblo, sirvió de escarnio y de duelo para todos, el fundido en piedra de la cara de su Califa, por no haber accedido a satisfacer el amor de su hija».

Esta es una de las leyendas que se cuenta sobre la efigie de la cara del moro del castillo de Santa Bárbara, ahora los lectores pueden hacer sus cábalas sobre historia o realidad.   

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Francisco Carrión Galera

Paco Carrión (Galecar), nacido en El Daimuz (Oria-Almería), es ya un hombre maduro con intensas “cicatrices” en sus vivencias de todo tipo y a todos los niveles, pero es en esta madurez cuando se pone a escribir un poco más seriamente de cómo lo hacía en su juventud, desgranando en algunos de sus libros, su experiencia en la historia y la vida de España. Desde entonces ha publicado 12 libros de distintos temas, varias obras de teatro y múltiples relatos cortos y poemas, además de tener tres libros pendientes de ser publicados.
Personaje inquieto, aventurero, polifacético, investigador de vivencias, y un largo etcétera. Ello le llevó a trabajar en el cine, en teatro, televisión, salas de fiestas, compañías de revistas y en cualquier faceta que tuviese algo de innovador y bohemio, cultural, festivo o artístico a la vez.

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