Cultura

De libros y sentimientos

Libro: Antología poética. Selección e introducción, José María Valverde
Autor: Miguel de Unamuno
Alianza Editorial. Libro de bolsillo,
Tercera edición.
Madrid, 2015.

No, estimado lector. No voy a hablarle de don Miguel de Unamuno. O mejor, no voy a atreverme a enjuiciarlo. Quién soy yo para eso. No alcanzarían mis palabras a expresar mi admiración ante quien representa el crisol del saber más ilustre. Don Miguel es para mí como una isla dentro de un mar embravecido de intelectuales preclaros que vivieron una época de contradicciones. Y es un intelectual de una obra inmensa y variada: casi mil artículos periodísticos, más de ochenta relatos, veintitantos volúmenes de ensayos, una decena de obras teatrales, numerosos discursos y conferencias y nueve libros de poesía. Pero dejémosle hablar a él mismo cuando en 1911 en Soliloquios y Conversaciones, nos dice: “Sí; tus obras mismas, a pesar de su aparente variedad, y que unas sean novelas, otras comentarios, otras ensayos sueltos, otras poesías, no son, si bien te fijas, más que un solo y mismo pensamiento fundamental que va desarrollándose en múltiples formas”. Y esto es absolutamente cierto, la personalidad de un escritor se refleja tanto en una como en otra esfera literaria a la que se enfrente, prosa o verso, ensayo o crítica. Y hasta en una obra de teatro.

A mí hay dos obras de don Miguel de Unamuno que me han servido mucho para no desnortarme en la vida: su Vida de don Quijote y Sancho, y su Del sentimiento trágico de la vida. Sí, podrán preguntarme, ¿no es un contrasentido? Y les contestaré que no, pues en uno y otro caso nos encontramos con la lucha entre la fe y la razón. Porque la fe y la razón son, como se ha dicho, “dos enemigos que no pueden sostenerse el uno sin el otro”.

Y nos dirá del eterno rector de la Universidad de Salamanca que murió el don Quijote en que se convirtió, “y bajó a los infiernos, y entró en ellos lanza en ristre, y libertó a los condenados todos, como a los galeotes, y cerró sus puertas y quitando de ellas el rótulo que allí viera Dante, puso uno que decía: “Viva la esperanza”, y escoltado por los libertados, que de él se reían, se fue al cielo. Y Dios se río paternalmente, y esta risa divina le llenó de felicidad eterna el alma. Y el otro don Quijote, se quedó aquí entre nosotros luchando a la desesperada ¿es que su lucha no arranca de la desesperación?…  y ¿cuál es, pues, la nueva misión de don Quijote hoy en este mundo? Clamar, clamar en el desierto. Pero el desierto oye, aunque no oigan los hombres, y un día se convertirá en selva sonora, y esa voz solitaria que va posando en el desierto como semilla dará un cedro gigantesco que con sus cien mil lenguas cantará un hosanna eterno al Señor de la vida y de la muerte”.

Miguel de Unamuno. Imagen: Agence Meurisse (Fuente: Wikimedia).

Don Miguel de Unamuno tuvo una vida muy agitada y contradictoria, movida por los tiempos en que le tocó vivir y también muy triste por la muerte de sus seres queridos. Se cebaron sobre él las incomprensiones y las tragedias familiares. Pero nos quedará su obra, y también su poesía, que como nos dice José María Valverde en su prólogo a la Antología poética de don Miguel de Unamuno: “Cada día somos más, seguramente, los que consideramos la poesía de Unamuno como lo mejor y más duradero de su obra”. Y es lo que también me pasa a mí, pero sin olvidarme del alcance quijotesco de su obra, pues yo me aprecio de ser cervantista y un entusiasta seguidor del hidalgo de la Mancha, y del bueno de su escudero Sancho Panza, caminando por las anchas llanuras de su España. Un inmenso caminar sobre una llanura que continuamente hay que volver a rellenar a base de una historia inmortal y eterna que se quiere desconocer y tergiversar cuando lo que “no puede ser, no puede ser y además es imposible”, como alguien dijera con sones taurinos.

¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?

En 1920, don Miguel de Unamuno escribe su poema. “El Cristo de Velázquez”. Y debió de tener o tuvo ante sí, una estampa, un grabado o una reproducción de un Cristo, para mi solemne en su muerte, muerto con la dignidad de quien sin duda era el Hijo de Dios Vivo.

Diego de Silva y Velázquez es, sin duda, el pintor español por excelencia. Y su Cristo crucificado supera a los anteriores. Es un Cristo en la serenidad.




Jesucristo crucificado, por Diego Velázquez. Colección Museo del Prado (Fuente: Wikimedia).
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra.

Memorable poema. Don Miguel de Unamuno se postra en corazón entero ante la majestad del paisaje de la cruz.

Señor, que cuando al fin vaya rendido
a salir de esta noche tenebrosa
en que soñando el corazón se acorcha,
me entre en el claro día que no acaba,
fijos mis ojos en el blanco cuerpo,
Hijo del Hombre, Humanidad completa,
en la increada luz que nunca muere,
¡mis ojos fijos en tus ojos, Cristo,
mi mirada anegada en Ti, Señor!

Solo este poema “El Cristo de Velázquez” serviría para colocar a don Miguel de Unamuno entre los grandes poetas españoles. Y también como ejemplo del sentimiento.

Valgan, pues, estas letras de homenaje al rector de la Universidad de Salamanca, con mi fervor y admiración a un hombre tan señero.

En Alicante, en el Día de la Santa Faz, del año del Señor de dos mil veintiuno.

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Julio Calvet Botella

Magistrado y escritor.

2 Comments

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  • Querido amigo Julio
    Te felicito por estes magnífico artículo sobre Unamuno.
    Efectivamente, él fue una isla de salvación donde poder agarrarse quien necesitaba un poco de serenidad y sosiego, en esos turbulentos tiempos en que vivió.
    Su poesía es excelente : todo sentimiento y hondura mística.
    Gracias por traerla a estas páginas!!

    • Muchas gracias Pilar Galán, por tu comentario. Es para mi un honor compartir contigo mi admiración por Don Miguel de Unamuno. Un cordial saludo. Julio Calvet.

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