Lo nuevo nos atrae y nos fascina, al tiempo que nos desconcierta. En su lado positivo su sola mención nos reconforta y pareciera que nos anima a tratar de cambiar y mejorar. Algo así sucede con ese magnetismo un tanto irracional y esotérico que ejerce la llegada del Año Nuevo en casi todos nosotros, ese corto espacio de tiempo de cambio entre lo viejo y caduco que dejamos atrás y el porvenir azaroso cuando añadimos un solo dígito al calendario.
En esa moda laica de desterrar el miedo y empujar la bienaventuranza de lo nuevo y de un tiempo acá casi todos los políticos que son o aspiran a serlo en nuestro firmamento más cercano se han sumado a la costumbre y se sienten obligados a investirse de sacerdotes laicos. Desde improvisados púlpitos utilizan estas fechas de tránsito para tratar de acercarse a nosotros, de hacerse humanos, pero, curiosamente, casi siempre sus palabras resultan huecas, llenas de lugares comunes, emocionales por fuera pero vacías por dentro, tanto que se olvidan tan pronto son pronunciadas. ¿Alguien recuerda algún discurso relevante de un político por estas fechas? Son como otro abalorio más que añadir al ruido ambiente.
También, de alguna manera, la llegada del Año Nuevo es una suerte de promesa aplazada de todo aquello que quisimos ser y no fuimos en el tiempo que dejamos atrás, de todo aquello que quisimos hacer en el tiempo viejo y no llegamos a realizar, bien porque las circunstancias no se dieron o porque seguramente hay promesas que están ahí solo para ser renovadas y repetidas, una y otra vez. Promesas destinadas solo a emerger como fugaces colas de cometas de sutiles deseos de cambio cuando el calendario se agosta y el nuevo tiempo asoma su latido. Es otro de los sinos de estas fechas.
Aunque cambien los días y las fechas —de hecho cambian continuamente— todas las religiones lo han hecho suyo y el poder civil lo ha acogido a modo de solsticios como parte de esa cosmogonía que trata de explicar lo inexplicable, de poner orden en el desorden, sosiego en el desasosiego. Todo eso es un poco así en estos días de cambio y renovación, como lo es también que estamos tan absortos creyendo que el mundo gira alrededor nuestro que preferimos desconocer que hay otros soles. A menudo olvidamos que el concreto calendario gregoriano en el que nos llenamos de paz y buenos deseos, esa convención que moviliza este engranaje de comercial ilusionismo, promesas y felicidad obligada, el calendario que organiza nuestro tiempo y da forma a nuestros modernos e infinitos deseos de viajar, de movernos, el que da paso al Año Nuevo, es solo un hecho que está vigente desde 1582 y por designios de un papa, Gregorio XIII.
Pero que sea esta fecha y no otra la que nos anima a dejar atrás lo viejo y recibir lo nuevo con fiestas y fuegos de artificio, apegados a fetiches culinarios, es solo una convención, una más de esas tantas convenciones que hemos aceptado como si fuera lo-más-importante. La realidad es que hay decenas de formas de medir el tiempo, civiles y religiosas, vigentes y sepultados por la historia, seguidas por otros credos y por cientos de millones de personas.
Ahí están los calendarios chino, islámico, hebrero, hindú, etíope, sumerio, juliano, maya y tantos otros como contraparte y testigos de que la urgencia de lo nuevo que sentimos estos días es tan relativa como lo viejo que dejamos atrás. Solo una manera más de clasificar el tiempo y la vida, nuestra propia vida y nuestro propio tiempo. Seguramente otra forma mágica, como cualquier otra, que nos permite alejarnos por unas horas de la pesadez y pesadumbre de los días y las horas que vivimos al mirar fuera, ese mundo revuelto donde el tiempo parece querer volver atrás para traernos viejas amenazas. Esas mismas que otros años pensamos habíamos dejado definitivamente atrás.
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Igualdad y democracia sin sectarismo excluyente creo que necesitamos para azuzar nuestra humanidad innata impulso de acciones como las del símbolo ejemplar a quien llamaron Jesús de Nazaret, revolucionario máximo, pregonero del «perdona al enemigo» sinónimo del respeto a quien piensa y opina diferente a mis convicciones éticas y morales. Respeto creo que es la acción CRUCIAL… Respeto a todas (ellas primero por educación y cortesía humana) y respeto a todos pues casi todo lo demás es palabrería hipócrita…
Feliz Año Nuevo 🥳