Durante siglos, la mayoría de la gente no sabía en qué año vivía, ni qué mes o qué día era. Reconocían el mediodía del domingo cuando sonaba la campana —la “María”, o como se llamara en cada pueblo—, pero eso no los hacía ignorantes. Conocían las estaciones, el campo, las crecidas del río, el tiempo de la siembra y de la cosecha; sabían leer el cielo para prever la lluvia, el viento o el calor. Eran más sabios que nosotros. El fin de año, tal como lo celebramos hoy, está ligado a la tradición cristiana: coincide con el día en que, según los evangelios, Jesús fue circuncidado, siguiendo el rito judío. Siete días después de nacer —de madre judía— tocaba cumplir la ley. Y de ahí nace una curiosa historia: el célebre “Santo Prepucio”. Iglesias como las de París, Toulouse, Amberes, Compostela o Bolonia aseguraron poseerlo. Decían que la Virgen lo conservó y lo entregó a María Magdalena, junto con el cordón umbilical. Era, según el relato, lo único del cuerpo de Jesús que no ascendió a los cielos. Finalmente, el culto fue considerado una “curiosidad irrespetuosa” y prohibido en 1900, bajo amenaza de excomunión. Bonita historia.
En la Alta Edad Media, los sabios intentaron “tecnificar” el calendario… a su manera. Basta ver que septiembre —el “séptimo”— es en realidad el noveno mes, y que la incoherencia continúa con octubre, noviembre y diciembre. Los nombres del calendario juliano sobrevivieron y la Iglesia —tan deudora del mundo romano— apenas se atrevió a tocarlos. Adoptó el domingo como “día del Señor”, pero dejó intactos los nombres paganos de los días dedicados a la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus o Saturno. Cosas de la historia. Los franceses, en cambio, sí se atrevieron durante su revolucionaria —y “cortacuellica”— aventura: bautizaron los meses con nombres ligados a la naturaleza y al trabajo agrícola. Otoño: Vendimiario, Brumario, Frimario. Invierno: Nivoso, Pluvioso, Ventoso. Primavera: Germinal, Floreal, Pradial. Verano: Mesidor, Termidor, Fructidor. C’est très joli, mon ami (Es muy bonito, amigo mío). Los musulmanes, por su parte, organizaron su tiempo siguiendo un calendario lunar: Muharram, Safar, Rabi’ al-Awwal, Rabi’ al-Thani, Jumada al-Awwal, Jumada al-Thani, Rajab, Sha’ban, Ramadán, Shawwal, Dhu al-Qadah y Dhu al-Hijjah. Otra forma de poner orden en el tiempo.
Y luego están los días perdidos. Para ajustar el calendario al curso real del Sol, en 1582 se decidió suprimir de golpe los días comprendidos entre el 5 y el 14 de octubre. No fue una desaparición del tiempo, sino un reajuste monumental: pasar del viejo calendario juliano al nuevo calendario gregoriano. ¿Por qué?
- Error juliano. El calendario juliano acumulaba un desfase de unos 11 minutos al año. Con los siglos, el error ya era de 10 días respecto al año solar.
- Reforma gregoriana. El papa Gregorio XIII ordenó corregir el problema.
- El salto. La solución fue tajante: después del 4 de octubre, llegó directamente el 15. La gente se acostó un día… y se despertó diez días más adelante.
Consecuencias curiosas: quienes habrían nacido en esos días “inexistentes” no tuvieron cumpleaños aquel año; y episodios como el entierro de santa Teresa de Jesús quedaron registrados el 15 de octubre… aunque en realidad había muerto el “día anterior”.
Todo esto muestra que el calendario no es solo una herramienta práctica: también es poder y control. Y mientras pensamos que aquellos hombres y mujeres eran “atrasados”, olvidamos que poseían la sabiduría y tenían claro su papel en su mundo. Hoy, en cambio, delegamos el conocimiento en las máquinas sin saber bien cómo lo usarán. Confundimos el momento de mayor indefensión de la humanidad con una época de orgullo desmedido por la ciencia. Y lo hacemos en un mundo tensionado que busca valores y carece de líderes con más de dos neuronas. Haciendo amigos.
Posdata
¡Feliz año! Existe un libro, medio olvidado, que explica cómo se han organizado cronologías, tiempos y fiestas: Cronologia, cronografia e calendario perpetuo, de Adriano Cappelli. Además, introduce a la paleografía medieval, con sus abreviaturas y claves. Por si alguien quiere hacer algo que —todavía— no pueden hacer las máquinas.













Compartiendo historia, que es lo que tiene que hacer un historiador. ¡Feliz año!
Feliz año Sr